domingo, 4 de junio de 2017

Cannes vs. Netflix: La batalla de las películas.


La vida es cambio, la vida es mutación. Nadie se baña dos veces en el mismo río, decía Heráclito, aunque si fuera el río en que se baña Kelly Brook, yo iba y hacía mis abluciones todos los días y las veces que me prescribiera el médico y con precisión islámica. Pero en fin, si el viejo loco de Heráclito viviera en el mundo moderno, seguro lo expresaría así: "Nadie ve dos veces la misma película". O alternativamente, para ponerse en onda hipster o Cool Cultureta Corporativo: "Nadie ve dos veces la misma serie de televisión". Por supuesto, la película y la serie de televisión siguen siendo lo mismo, pero nosotros por otra parte hemos cambiado, lo procesamos diferente, lo filtramos por la nostalgia, etcétera. La misma nostalgia que nos sigue invitando a las salas de cine, una y otra vez, a pesar del riesgo de soportar a los espectadores insufribles del cine, o de que muy en el fondo, eso lo sabemos, el nivel ha ido bajando luego de que el cine ha sido secuestrado por los blockbusters, por los Summer Bomb Busters, por las franquicias, etcétera.

En estos procesos de cambio y ajuste, el arte audiovisual, sea cine o televisión, ha seguido experimentando transformaciones y mutaciones. Ahora, en los últimos años, es la arremetida de Internet, y muy en particular, de los servicios de streaming. Hace cincuenta años atrás, lo cool era ir a meterse en un cine foro a ver películas de la Nouvelle Vague, con muchas actrices francesas o suecas luciendo biología en rigurosa fotografía blanco y negro. Ahora, lo cool es tener una pantalla panorámica que se come las dos terceras partes de la pared del minimalista salón de tu casa o departamento, con conexión a Netflix para ver la última genialidad del cine indie. Y el Festival de Cannes, que nació en la época de los cine foros con películas de la Nouvelle Vague con muchas actrices francesas o suecas luciendo biología en rigurosa fotografía blanco y negro, ahora tiene que adaptarse a la era en que lo cool es tener una pantalla panorámica que se come las dos terceras partes de... ya me entienden.

En Mayo de 2.017, el muy veterano Festival de Cannes celebró su aniversario 70. Porque es tan viejo, que en sus inicios se tomaba fotos en bikini una Brigitte Bardot que apenas había pasado a la mayoría de edad. En Cannes se han llevado la Palma de Oro en su día (o el Gran Premio, a según el año) películas que hoy por hoy son consideradas clásicos del cine: El tercer hombre en 1.949, El salario del miedo en 1.953, El mundo silencioso en 1.956, Orfeo negro en 1.959, Los paraguas de Cherburgo en 1.964, La conversación en 1.974, Taxi Driver en 1.976, Apocalypse Now en 1.979, La misión en 1.986, Sexo, mentiras y video en 1.989, Corazón salvaje en 1.990, Pulp Fiction en 1.994, Bailarina en la oscuridad en 2.000, etcétera. Sólo por mencionar algunas. Da la idea de que esta gente, algo saben de cine.

Pero en 2.017, Cannes hizo noticia en el mundo cinéfilo por la pequeña tormenta que desató la irrupción de un nuevo e impensado productor: Netflix. Recordemos, Netflix fue una empresa que en sus inicios, su giro era enviar cintas de VHS y DVDs por correo, haciéndole competencia a la hoy por hoy casi por completo fenecida Blockbuster, que se mantenía en el arriendo de cintas a domicilio. Eso, hasta que Netflix se subió a un nuevo caballito de batalla que era el streaming, luego se puso a crear material original como House of Cards u Orange is the New Black, hasta transformarse en el juggernaut audiovisual que es a mediados de la década de 2.010. Por supuesto, el negocio de Netflix está en el streaming a televisores inteligentes y computadores, por lo que su material no está destinado a ser estrenado en cines, en principio por lo menos. Así, técnicamente, los largometrajes de Netflix vendrían siendo telefilmes, o compufilmes si se me permite el neologismo o barbarismo, así como las cadenas televisivas han producido películas para consumo en sus propios canales en vez de estrenarlas en salas de cine, en las últimas siete décadas. Y los telefilmes no suelen llegar hasta Cannes, ¿verdad? Yo no he oído de ninguno por lo menos, y si ustedes saben de alguno, favor de comentar, por aquello de complementar la información.

Poniendo protectores sobre las escaleras, para evitar que los derrames de champaña las dañen.
Eso, hasta 2.017. Por primera vez en la Historia, Cannes le dio espacio en la competición a dos películas que vienen del mundo del streaming, las dos de Netflix por cierto. Las películas son Okja, una producción coreana, y The Meyerowitz Stories. Pese a ser técnicamente telefilmes, como lo decíamos, no son películas sin ambiciones. Okja es una coproducción entre Estados Unidos y Corea del Sur que presenta a Tilda Swinton, Paul Dano y Jake Gyllenhaal, tres nombres de cierto peso en el mundo del cine. La segunda presenta a Adam Sandler, Ben Stiller, Emma Thompson y Dustin Hoffman. Son elencos que esperaríamos encontrarlos en las pantallas de cine, no necesariamente en películas de alto perfil, pero sí en cines, y no en telefilmes... pero ahí están. Recordemos también que en Cannes se exhiben películas dentro y fuera de competición, y apuntemos que las dos películas de marras están dentro de la competición. Y fueron estrenadas en Cannes, no en una pantalla pequeña; por si se lo preguntan, su estreno en Netflix está programado para finales de Junio de 2.017. Es un movimiento audaz, si se considera que los Oscares, por ejemplo, tienen como exigencia que la película haya sido estrenada en el año anterior al de la ceremonia de premiación, en algún cine de Los Angeles, lo que descarta por completo a los telefilmes... aunque alguna vez se han colado mañosamente telefilmes a los Oscares por el expediente de darles un estreno limitado en cines. Hecha la ley, hecha la trampa.

Y esta decisión abrió la caja de las furias. Porque de inmediato, las distribuidoras francesas reaccionaron. El punto en cuestión es que, por supuesto, las dos películas de Netflix serán estrenadas en streaming, y por lo tanto, no serán explotadas en salas. La gente tras Cannes reculó, y anunció urbi et orbi que desde 2.018 en adelante, no se aceptarían películas que sólo fueran a ser estrenadas en streaming.

Ni qué decir, estalló la polémica. Pedro Almodóvar defendió la decisión de Cannes, argumentando que esa clase de películas estaban rodadas y diseñadas para ser estrenadas y disfrutadas en una gran pantalla, y por lo tanto, los telefilmes no tendrían cabida en un festival de cine. Por supuesto, debemos mencionar que Almodóvar es el Presidente del Jurado de Cannes en su versión 2.017, por lo que algún peso tiene lo que diga el manchego al respecto. De inmediato Will Smith retrucó que cine es cine, un largometraje es un largometraje, y da un poco lo mismo en donde se estrene o exhiba, y que de hecho el streaming posibilita que propuestas cinematográficas arriesgadas o poco convencionales, lleguen a lugares ahí en donde ninguna sala de cine se va a arriesgar a exhibirlas. Por supuesto, debemos mencionar que Will Smith es uno de los miembros del Jurado presidido por Almodóvar... y que en este mismo 2.017 verá el estreno de Bright, una película fantástica (del género fantástico, no que sea fantástica, esto último no lo sé todavía) de Netflix que, a pesar de ser técnicamente un telefilme, cuenta con un presupuesto de 90 millones de dólares, lo que es una cifra más cercana a los estándares de Hollywood que a los de un telefilme de sobremesa.

Por supuesto, esta batallita no va a cambiar el destino del mundo. No es como que la decisión de estrenar películas de Netflix en Cannes para 2.018 va a influir en la guerra crónica del Medio Oriente, la hambruna mundial o el calentamiento global. Pero sí merece un poco de análisis porque la misma es otra grieta a través de la cual podemos vislumbrar un poco la dirección en la que apunta el cambio tecnológico. A estas alturas es una obviedad afirmar que Internet ha cambiado las vidas de todo el mundo, pero creo que a pesar de que hemos vivido casi un cuarto de siglo en la era de la masificación de ésta, desde sus humildes y heroicos orígenes, todavía no terminamos de vislumbrar los verdaderos alcances de ese cambio, cómo afecta a nuestras relaciones sociales, y también, por qué no, cómo está cambiando el cableado de nuestros cerebros para interactuar con este nuevo mundo digital. Por eso es que incidentes como éstos son valiosos: porque son pequeños laboratorios en donde podemos ver la transformación social sucediendo aquí y ahora, en tiempo real.

Amigos hasta que Netflix nos separe.
Un punto clave aquí, es que vivimos, o pretendemos vivir a lo menos, en una sociedad democrática, y eso importa ciertos valores de libertad. No una libertad absoluta e irrestricta, por supuesto, pero sí una en que tengamos todo el espacio de maniobra que queramos, en cuanto ese espacio de maniobra no pase a vulnerar los derechos del vecino. O de cómo el derecho a mover mi puño en el aire acaba allí en donde comienza tu nariz, porque es de presumir que te dolería mucho que mi puño hiciera astillas tus cartílagos nasales. Y a la inversa vale lo mismo, por supuesto, porque mis propios cartílagos nasales son un poco susceptibles en lo que a puños ajenos se refieren. Debemos recordar que todos los entes involucrados en el asunto son privados, y por lo tanto, aunque deben tener un grado de responsabilidad social por el mero hecho de vivir en sociedad con todo el resto de nosotros, eso no implica los mismos niveles de restricción que esperaríamos de un ente público.

En ese sentido, Netflix tiene el derecho de financiar, rodar y estrenar las películas que se le antoje. Y estrenarlas por los canales que estime más convenientes. Las películas de Netflix no son menos cine porque se estrenen por streaming en vez de una sala de cine convencional. Los telefilmes en general tienen mala fama y han sido tradicionalmente el pariente pobre de la cinematografía por sus valores espartanos de producción, elencos de segunda fila, guiones sacados de un tarro enlatado, y material de consumo facilón. Pero no porque sean en sí mismo una forma de arte inferior. Cuando la gente tras un telefilme se pone por la labor, lo que puede salir es un verdadero clásico del cine que nada tiene que envidiarle a las producciones hechas para la grandes salas. Se me ocurre por ejemplo, así a vuelo de pluma, El día después, el clásico antinuclear de 1.983. No suele ser lo habitual, pero por otra parte, tampoco es habitual que un porcentaje importante de películas estrenadas en cine lleguen a ser lo que el cliché llama clásicos del Séptimo Arte. En ese sentido, la posibilidad de recibir un estreno en Cannes suma como una medalla adicional para Netflix, por supuesto, por el sello de garantía que otorgan los premios, en particular uno serio como éste, pero si no entra a concurso por razones técnicas, eso no lo hace menos cine.

Pero por el otro lado, Cannes es un festival de cine. La publicidad siempre trata de promover la idea de que los festivales de cine premian lo mejor del cine, son un sello de garantía para las películas, etcétera, porque de lo contrario, quién les prestaría atención. Todos hemos visto los afiches de las películas: "nominada a siete Premios Oscar, ganadora de la Palma de Oro de Cannes, del León de Oro de Venecia, del Oso de Berlín"... Sin embargo, esto no es necesariamente así. En los festivales de cine no se premia en realidad el buen o el mal cine, conceptos ambos que al final están cargados de una cierta cuota de subjetividad. No estoy de acuerdo con la idea de que al final todo es subjetivo y opinable, porque hay ciertas nociones básicas acerca de lo que es artístico y lo que no, que han funcionado a lo largo de siglos, pero tampoco creo en la existencia de un canon rígido, inmutable y fosilizado para las edades. Los cánones vienen determinados por la elección de los jurados, y los festivales de cine en esto no son distintos. En los festivales de cine se premia, en definitiva, no el mejor cine sino el que más le gusta al jurado. Por supuesto, si el jurado está compuesto por gente que sabe, tiene cultura y además la cabeza bien amueblada, las probabilidades de que lo premiado sea algo bueno mejoran. Es por eso que la Palma de Oro tiene más prestigio en cuanto premio que los otorgados por MTV, por ejemplo. Y esto se extiende a las películas que entran a concurso. ¿Cannes decide que los telefilmes de Netflix no deberían entrar a concurso porque eso no es verdadero cine? Están en todo su derecho, y nadie puede decirles que no. ¿Su decisión podría estar motivada por un deseo de apaciguar a las distribuidoras francesas en vez de un verdadero respeto y amor por el verdadero cine? Asunto de ellos. Es el festival de la gente de Cannes, ellos ponen las reglas, y al que no le guste, mala suerte. Es el error del resto, considerar que eso le hace algún daño al verdadero cine, definamos verdadero cine de la manera en que los definamos.

Will Smith vs Pedro Almodóvar, Round 1 - FIGHT!!!
Y al final de la cadena... estamos nosotros, por supuesto. Nosotros también somos libres para ver o no ver las películas que queramos. Si nos parece que una película es película sin que importe el medio, y un largometraje de Netflix es tan cine como una película estrenada en salas, está bien. Si nos parece que los telefilmes, sean los clásicos o sean del streaming de Netflix, son cine de segunda y sólo vale lo que va a las salas, está igualmente bien. Es mi dinero y mi tiempo, y en principio, me lo gasto como quiero. En ese sentido, lo que Cannes o cualquier otro festival, o cualquier otro ayatola de la cultura entronizado en lo alto de su minarete decida lo que es cine o no, no va a cambiar un mínimo mi opinión al respecto. ¿Cuántos de ustedes ven una película diciéndose a sí mismos: "debe ser buena, recibió la Palma de Oro en Cannes"? Yo no, eso por descontado, y tengo la impresión de que no soy el único. En lo personal, si una película recibió la Palma de Oro lo considero como un pequeñísimo plus, si recibió el Oscar me da lo mismo, y si recibió el Premio Donatello en Italia huyo de ella como de la peste, porque los pocos Donatello que he visto, son aburridos dramones pequeñoburgueses acerca de la vacuidad de la vida moderna, etcétera. Habrá alguna película interesante que haya recibido el Donatello, no digo que no, pero si es el caso, no ha llegado hasta mis retinas todavía.

Más aún. Si a nosotros no nos gustan los premios de Cannes, o de la Academia, o los Goya, o el Pudú de Oro... somos perfectamente libres para montarnos nuestros propios premios. El día en que acá en la Guillermocracia nos aburramos con los festivales de cine, inventaremos el nuestro propio, por qué no. De hecho, ya hicimos algo que puede considerarse en esa línea, cuando nuestros lectores opinaron acerca del cine de 2.016; iniciativa que, estamos en ello, pretendemos repetir ahora en 2.017. Y ustedes pueden hacer lo mismo. Conseguir que tengan la misma proyección que los premios internacionales va a ser difícil, pero por otra parte, ya hemos visto que esa proyección tiende a ser más limitada de lo que se piensa. Los medios de comunicación tratan de venderlos porque se les va el dinero en ello: tienen que convencernos que esos premios son importantes porque con ello consiguen titulares, ventas y clickbaits, pero eso no los hace más importantes por sí mismos. Así, si ustedes quieren montarse sus propios premios, no es que la competencia allá afuera esté tan difícil. Y se pueden montar los premios más extraños del mundo. Ahí están las categorías de los Premios MTV, que premian los aspectos más peregrinos de las películas... pero que en sí mismas no son criticables porque a lo mejor, hay personas que prefieren ver una película que obtuvo el Premio al Mejor Beso en vez de una que obtuvo el Premio a los Mejores Efectos de Sonido, y... no le veo lo censurable a ello. Así es que si ustedes se montan su propio festival de premios de cine y crean categorías como el Premio al Mejor Pastel de Bodas en una Película, o el Premio al Mejor Baile del Robot, o el Premio al Mejor Texting por Smartphone... por mí perfecto.

En definitiva, la batalla de Cannes versus Netflix demuestra algunas cosas. En primer lugar, la dificultad de las instituciones antiguas para adaptarse a lo nuevo que viene. Adaptarse siempre cuesta, y lo nuevo no siempre es mejor, pero tampoco es posible pretender que la Historia se quede clavada en su punto. En segunda, que en una sociedad democrática, el arte y la valuación del arte nos corresponde a nosotros, a todos nosotros, y no es patrimonio de unas mentes pontificando desde lo alto acerca de lo que es canónico o no, aunque una mente culta y preparada seguramente va a producir mejor arte y mejor crítica artística que una mente tonta y baturra. Y en tercera, que todo este mundillo del cine al final es una mezcla de sórdido negocio monetario con algo de ego narcisista, por mucho que traten de vendernos el concepto idealista del ars gratia artis, el arte por el amor al arte, que muy en el fondo a todos los que creamos arte nos gustaría creer aunque no sea cierto al ciento por ciento.

¿Soy yo, o el espectro de los arquitectos de Mussolini planea sobre Cannes...?

3 comentarios:

Pascual Medina dijo...

Internet cambio la percepción que se tiene del critico de cine. Cualquiera puede tener su opinión y escribirla en un sitio de internet, en algún blogs, o simplemente decirlo en algún vídeo para que lo vean en vimeo o youtube.
Creo que la gente ya no le da importancia al jurado de cannes se siente un desvinculada con el publico. si me divierto con un film, no voy recomendarlo por que gano un premio. Voy a exponer una razón o una argumentación que sea concreto.

Pascual Medina dijo...

Una persona va a decidir si esa razón o argumento es valido o no y va ver o no la película que disfruté.. Y puede que no le guste. Los gustos tienen múltiples variedades.

Sofía Ibarra Trejo dijo...

Por fin me pongo al día en la Guillermocracia y me encuentro este artículo con el que sin duda estoy bastante de acuerdo.
Yo a estos señores de Cannes les perdí el respeto desde que en el 2012, cuando competían La caza, La Gran Belleza y El azul es el color más cálido, premiaron a El azul es el color más cálido, siendo la peor de la terna antes mencionada y probablemente lo peor de todo el festival. Desde entonces no me molesto en absoluto en estar al pendiente de los premios de cine.
Y respecto a Neftlix y los telefilmes, como bien mencionas, no por ser telefilm una obra ha de ser despreciada: me viene a la mente Beasts of no Nation, sin duda una buena película y que además fue estrenada en Nextflix.

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