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martes, 2 de mayo de 2017

Los 12 personajes de mayor impacto en la Historia Universal (3 de 3).


Y hemos recorrido la Historia Universal para dar con ocho de los doce personajes históricos que, a nuestro juicio, han sido los más influyentes de todos los tiempos. Comenzando por la Antigüedad, y siguiendo por la Edad Media y la temprana Modernidad. Ahora toca el turno de seguir adelante con esta última entrega. Una con la cual alcanzamos el siglo XX. Pero, ¡momento! ¿Acaso no es demasiado prematuro afirmar que un personaje del siglo XX revolucionó al mundo en la misma medida que un Alejandro Magno o un Enrique el Navegante, cuya obra tenemos la seguridad de que ha influido siglos después de su muerte? Tratándose de este personaje en particular... creo que no. Pero no dejemos a los lectores en el suspenso, y vamos en derechura a los últimos cuatro personajes que consideramos como los doce más importantes de la Historia Universal.

9.- Isaac Newton.

Sin lugar a dudas, el fenómeno histórico más importante del último milenio es la irrupción de la ciencia moderna sobre el mapa. Gracias a ella, hoy en día ustedes me están leyendo aquí en la Guillermocracia, vía Internet; de hecho, es altamente probable que ustedes estén vivos gracias a la ciencia moderna, y su poderío demoledor a la hora de combatir las enfermedades infantiles que en otra época se hubieran cebado sobre un porcentaje de ustedes. Elegir a un científico, sólo a uno, es una tarea demoledora, pero decantándonos por alguno, quizás debiéramos darle el lugar a Isaac Newton. El sentido epitafio que le dedicó el poeta inglés Alexander Pope lo expresó en versos bellísimos en el original inglés, que por desgracia pierden su fuerza, pero no su veracidad, traducidos al castellano: "La naturaleza y sus leyes yacían en lo profundo de la noche / Dios dijo ¡Sea Newton! y todo fue luz". ("Nature and Nature's laws lay hid in night / God said, "Let Newton be!" and all was light". En el original Klingon inglés suena como esculpido en mármol, ¿verdad?). Noventa y nueve años antes del nacimiento de Newton, en 1.543, un astrónomo polaco llamado Nicolás Copérnico había postulado el Heliocentrismo, y con ello, sacudió para siempre las concepciones occidentales acerca de nuestro lugar en el universo. Ahondando en la obra de Copérnico avanzaron insignes prohombres como Tycho Brahe, Johannes Kepler o Galileo Galilei. Pero faltaba el hombre que tomara todo ese amasijo de datos, leyes y ecuaciones que venían desarrollándose, y lo convirtiera en un bloque único de conocimientos. En otros términos: existía el conocimiento sobre la maquinaria del cosmos, pero faltaba el manual de uso de la misma.

En 1.687, Newton publicó su libro Principios matemáticos de Filosofía Natural, conocido a lo amigo simplemente como los Principios, o los Principios matemáticos. Con dicho libro, revolucionó la ciencia para siempre. En el mismo, Newton explicó avances tan capitales como las leyes del movimiento de los cuerpos, o el funcionamiento de la fuerza de gravedad. Para que todo eso funcionara a nivel matemático, se dio el lujo además de crear toda una nueva rama de las Matemáticas, el cálculo infinitesimal. Pero reducir el impacto del libro a estos tópicos, por muy importantes y basales que sean para la ciencia moderna, es no hacerle justicia. De manera quizás un tanto inadvertida, Newton estaba proponiendo dos conceptos filosóficos absolutamente revolucionarios para la época. Uno de ellos era que el universo entero podía ser entendido con un único juego de leyes válido para todos los tiempos y todos los lugares, y que las mismas leyes que explican la caída de las manzanas en la Tierra también explican la órbita de la Luna alrededor de nuestro planeta; esta idea destruía para siempre el concepto de que la mecánica celeste funcionaba de manera distinta a las cosas aquí en la pedestre Tierra. La segunda idea, es que es factible describir el universo entero en términos matemáticos y racionales, desterrando así en definitiva de la ciencia el concepto de que un Dios o alguna otra clase de fuerza sobrenatural esté moviendo el mundo según se le antoje el capricho de mandarse un milagrito hoy o mañana.

Estas dos ideas condensan prácticamente todo lo que significa la ciencia moderna, y hasta el minuto no eran universalmente aceptadas en la comunidad científica; Newton fue el primero que ofreció pruebas extensivas en ese sentido. Esta noción de que la naturaleza es única y puede ser entendida con un único juego de reglas que son posibles de ser descifradas por medios racionales y lógicos, impregna toda la ciencia hasta el día de hoy, en campos incluso muy alejados de la Física y la Astronomía, que fueron los tópicos abordados por Newton. Piensen en las ciencias de la vida, por ejemplo. En el siglo XIX, todavía había quienes entendían la vida en términos vitalistas, como una especie de fuerza misteriosa más allá de la naturaleza mecánica e inerte. Hoy en día entendemos la vida como una serie de fenómenos químicos y físicos a nivel molecular o atómico, y por lo tanto, en términos que no son esencialmente diferentes a los necesarios para entender cómo cae una manzana, cómo hierve el agua, o cómo si quemas carbón obtienes monóxido de carbono. Incluso las ciencias sociales se han beneficiado de este enfoque matemático, y hoy en día, las disciplinas que englobamos bajo el nombre genérico de Humanismo, y que tradicionalmente era el campo de los tipos que les gustaba... fumar, digámoslo así, se han visto invadidas por cálculos matemáticos, análisis estadísticos de poblaciones, etcétera. No siempre bien utilizados, pero la intención está, y es muy probable que hayan todavía más progresos en dicha dirección, en el futuro. Es decir, Newton puede ser considerado como la gran bisagra en la historia científica, el hombre que le dio forma definitiva a la ciencia moderna, tal y como la conocemos.

10.- Johann Sebastian Bach.

Siempre es arriesgado postular como modelo supremo de artista, a uno que pertenece a una civilización determinada. Hay una cierta tentación en alabar y endiosar a los grandes artistas de nuestra propia tradición cultural, y despreciar o arrojar al olvido a aquellos artistas o tradiciones que pertenecen a civilizaciones diversas. Para nosotros muchas veces hay algo que se nos escapa de otras tradiciones musicales aunque las imitemos, en parte porque mientras nosotros solemos meter una docena de notas en el espacio de una octava musical, músicos de otras culturas meten menos y a veces incluso más, por lo que tales cosas suenan casi como alienígenas a los oídos occidentales. Y es difícil valorar en su justo peso, aquello que no podemos entender o aquilatar de manera debida. Pero por supuesto, hoy en día la música a nivel mundial se ha transformado más o menos en la tradición occidental, sea bastándose a sí misma, o sea en simbiosis con tradiciones culturales que se han venido en llamar folclor, o bien world music, a según qué tan exquisitos queramos ponernos. Por lo tanto, el gran codificador de la música occidental termina siendo por defecto el hombre más influyente en toda la Historia de la Música a secas. Muchos argumentarían que dicho honor debería corresponderle a Wolfgang Amadeus Mozart, uno de los grandes genios musicales de todos los tiempos, cuya obra es quizás el pináculo de todo lo que se puede conseguir metiendo una docena de notas dentro de una octava musical... pero Mozart a su vez trabajó sobre los hombros de un gigante anterior: Johann Sebastian Bach.

Siempre se cita a este señor como Johann Sebastian para distinguirlo de la cerca de veintena de hijos que tuvo, no todos los cuales le sobrevivieron por aquello de la mortalidad infantil en esos años; varios de esos hijos también fueron compositores y músicos, así como también más de algún descendiente más allá. Un chiste musical clásico es que los Bach hubieran podido armar su propia orquesta sin necesidad de contratar a gente extraña a la sangre familiar. El caso es que en la época de Johann Sebastian Bach, por no haber, no existía ni siquiera acuerdo unánime sobre lo más básico de la teoría musical. Una de las obras más clásicas de Bach es El clavecín bien temperado, serio candidato a tratado musical más influyente de todos los tiempos. Este es el título de una colección de piezas musicales para clavecín, perdóneseme la obviedad... pero no para cualquier clavecín, sino para uno bien temperado. Esto puede parecer una redundancia porque hoy en día todos los instrumentos, desde los de orquesta clásica hasta los de una banda rock, están bien temperados, e incluso cuando se los desafina o se los usa para producir disonancias, es una desafinación o una disonancia hecha como una subversión deliberada de lo ya establecido como bien temperado. El clavecín bien temperado es una colección de piezas musicales en todos los tonos mayores y menores posibles según la teoría musical occidental, y he aquí lo innovador... que eran posibles de tocar con una única afinación para todos los tonos. Hoy en día se ha definido la nota la central como aquella cuya onda sónica vibra a 440 hercios, pero en la época de Bach, ni siquiera esa definición primaria existía, y del caos que significaba afinar varios instrumentos para una sola orquesta ya ni hablemos. Bach no fue el primero en escribir un manual de este tipo; esfuerzos en esa misma dirección ya existían en el siglo XVI, a lo menos siglo y medio antes de esta obra, pero fue Bach quien lo hizo de manera tan brillante, que se transformó en el modelo a seguir. Esencialmente, Bach codificó algo tan básico para la Música, como lo es la manera correcta de construir una escala musical. Y además de eso, Bach dejó tras de si un catálogo musical de dimensiones monstruosas, en el cual exploró casi todo lo que la tonalidad musical occidental puede dar de sí. Es cierto que su trabajo como compositor de cámara le exigía sacar adelante una pieza musical nueva cada pocos días, y lo prolífico de su trabajo tiene así una dimensión laboral y remuneratoria, digámoslo así, por no hablar de su tendencia a reciclar piezas musicales, pero de todos modos, componer a esa velocidad brutal y además hacerlo a nivel de genio, es una proeza digna de admiración para los siglos venideros.

Bach tenía una mente analítica que lo hizo explorar en sus composiciones, todas las posibilidades de crear armonías y contrapuntos, hasta el punto que le dio forma definitiva a toda nuestra teoría musical, que recién a inicios del siglo XX encontró la manera de darle la vuelta al trabajo de Bach y encontrar nuevas formas sonoras. Las cuales, todo sea dicho, no son excesivamente populares. Cosas como la Música Vanguardista en el mundo selecto, o como el Rock Progresivo en el mundo popular, son más bien gustos de minorías, para que nos entendamos. Un ejemplo de cómo Bach definió a macha martillo nuestras concepciones musicales es su obra póstuma, El arte de la fuga, una colección de dieciocho piezas musicales estructuradas en torno a un tema único, repetido dieciocho veces, pero utilizado en cada pieza de un modo diferente; la partitura no presenta indicación acerca de en qué instrumento debía ejecutarse, de manera que hay quienes piensan que no fue escrita para ser interpretada en público, sino para ser leída y estudiada por los músicos en privado. La obra de Bach es tan analítica, de hecho, que ha sido objeto de estudio por parte de matemáticos que han intentado describirla en términos de ecuaciones algebraicas. Porque muchos genios vinieron después que explotaron la teoría musical hasta construir obras de enorme genio creativo... pero Bach construyó obras de igual genio creativo teniendo que desarrollar y a veces inventarse teorías musicales que ni siquiera estaban por completo asentadas en su propia época. Por algo, el episodio de Celebrity Deathmatch en que se enfrentaron Beck contra Björk, terminó de la manera en que terminó: con Bach, el verdadero Músico The B con una sola sílaba, demoliéndolos a ambos.

11.- Charles Darwin.

Muchas veces, las ideas más revolucionarias no son las más complicadas ni elaboradas. Bien examinados, algunos conceptos revolucionarios son de una sencillez tremenda. ¿Por qué nadie los había visto entonces? Precisamente por su sencillez: todo el mundo espera encontrar la siguiente respuesta complicando más lo que ya existe, en vez de retroceder a lo básico para buscar ahí los patrones correctos. Siguiendo esta línea de pensamiento, el concepto de selección natural planteado por Charles Darwin es increíblemente simple de concebir y entender... y el propio Darwin estaba tan dudoso del mismo, que se tardó dos décadas en publicarlo, y lo hizo sólo bajo la presión de que, en el intertanto, otro pensador llamado Charles Russell Wallace estaba desarrollando los mismos conceptos de manera completamente independiente. Contra la idea popular de que Darwin inventó la Teoría de la Evolución, el concepto de que las criaturas evolucionan era algo postulado incluso antes de que el mismísimo Darwin naciera en 1.809; su propio abuelo Erasmus Darwin había publicado una obra sobre Evolucionismo, aunque nadie lo había tomado en serio porque se trataba de un poema cosmogónico en vez de un tratado científico. El problema de todas las teorías evolucionistas anteriores a Darwin, es que ninguna daba con un mecanismo simple, elegante y preciso que diera cuenta real acerca de cómo funcionaba en verdad la evolución.

Lo revolucionario en El origen de las especies de Charles Darwin, el libro publicado en 1.859 que ofreció su propia versión de la Teoría de la Evolución, fue proponer un mecanismo sencillo y lógico para explicar cómo es que las criaturas podían evolucionar. En términos muy resumidos, Darwin estaba familiarizado con la obra de un economista llamado Thomas Malthus, quien postulaba que los recursos crecían de manera aritmética (1, 2, 3, 4, 5...) y la progenie de manera geométrica (1, 2, 4, 8, 16...), por lo que pronto no habría alimentos para todo el mundo. Darwin aceptaba esta tesis, pero luego se preguntó por qué las especies animales no se morían de hambre en la naturaleza. Su respuesta fue muy lógica: porque no todas las criaturas que nacen en la naturaleza (¡e incluso en la sociedad, recordemos lo que era la mortalidad infantil en esa época!) crecen hasta la edad reproductiva, y engendran descendencia. A partir de eso, concluyó Darwin, debía existir algún mecanismo de selección por el cual algunas criaturas llegaban a la edad reproductiva y engendraban descendencia, y otras criaturas morían prematuramente y no engendraban descendencia. Y ese mecanismo debía estribar por fuerza en el medio ambiente: las criaturas mejor ajustadas a ese medio ambiente, las mejor adaptadas, tendrían mejores oportunidades de sobrevivir, y las menos adaptadas terminarían por extinguirse. Con esto, Charles Darwin pudo explicar de un solo plumazo cómo es que existe tanta variedad de criaturas animales y vegetales en la naturaleza: si les damos el tiempo suficiente, todas ellas pueden evolucionar a partir de alguna clase de ancestro común.

Hoy en día, los conceptos darwinianos son claves para entender la práctica totalidad de los fenómenos biológicos. Y no debemos olvidarnos: nosotros como seres humanos, también somos un fenómeno biológico. Los detractores del Evolucionismo, en particular los creacionistas, y más genéricamente los creyentes que rechazan todo lo que huela a científico por contradecir a la Biblia, se dan un festín cada vez que un nuevo descubrimiento científico le enmienda la plana a Darwin, convencidos de que es el principio del fin para el Evolucionismo. Y esto no es cierto. Lo que sucede es que andando el tiempo, algunos planteamientos de Darwin han sido corregidos, ampliados o enmendados por investigaciones científicas posteriores; esto es lo normal, porque la clave de la superioridad de la ciencia como método para conocer el mundo, radica en su negativa a anclarse en verdades dogmáticas, y en su capacidad para corregirse a sí misma, a medida que nuevos datos arriban para confirmar o refutar las teorías preexistentes. Darwin ha recibido enmiendas, la más importante de las cuales es por supuesto el concepto de mutación genética desarrollado en el siglo XX, y que no contradice sino que complementa su tesis de la selección natural. El esqueleto básico de su teoría, la idea de que la selección natural es el motor principal de la evolución de las especies, ha resultado clave para entender toda la existencia de la vida sobre la Tierra. Incluso ha resultado una herramienta clave para entender el funcionamiento de la Historia, la Economía y la sociedad como un todo hoy en día, porque no cabe duda de que las sociedades, civilizaciones e imperios también de cierta manera evolucionan, aunque no lo hagan de acuerdo a patrones estrictamente darwinianos. Hoy en día ya no hablamos de la caída de los imperios por la tesis de la decadencia moral o la senilidad de la civilización, sino más bien por el impacto de dichos imperios y sus institucionalidades en sus respectivos ecosistemas, por ejemplo, que a su vez vienen condicionados por seres humanos más o menos programados para actuar de tal o cual manera por cuatro mil millones de años de evolución biológica previa. Por eso, hoy en día resulta simplemente imposible entender el lugar y rol del ser humano en el universo, si no es a través del prisma de la selección natural como mecanismo de la evolución de las especies.

12.- Alan Turing.

La idea de una máquina que pueda procesar información, lo que la Ciencia Ficción clásica llamaba con cierto encanto como cerebros artificiales, en realidad es casi tan antigua como la civilización. Un ábaco, por ejemplo, es en sí mismo una máquina de éstas: recibe información por parte del ser humano vía introducir fichas en sus barritas, procesa esa información vía determinados procedimientos estandarizados que maneja el operador del ábaco, y a partir de ello entrega una respuesta. Es en esencia lo mismo que hace una computadora, sólo que el ábaco requiere de la fuerza humana en vez de electricidad, y los procedimientos estandarizados (el nombre técnico es algoritmo) no están programados en la máquina, la que carece de memoria, sino que debe aplicarlos el cerebro humano, vía la mano humana, sobre fichas en principio inertes. Y nadie osaría vender hoy en día un ábaco en una feria de novedades tecnológicas para geeks, ¿no? Pero a partir del siglo XIX, la ciencia avanzó lo suficiente como para que la mano humana e incluso el pensamiento humano pudieran ser reemplazados por tuercas y engranajes primero, y por circuitos impresos después; surgió así entonces la pregunta de si era verdaderamente posible construir una máquina que procesara información de manera análoga a un cerebro humano, y si esto era posible, entonces qué estructura tendría dicha máquina para funcionar. En ese entonces, todavía la mente humana estaba dotada de un cierto misticismo, porque la Neurología era una ciencia en pañales, y muchos mecanismos acerca de cómo funciona nuestra mente y cómo operamos con ella, en ese entonces eran desconocidos. Una máquina de ésas, en la época, habría sido concebida casi como una especie de máquina mística, o algo así. Hoy en día es otro cuento, por supuesto, pero ¿qué cambió en el camino? Y sobre todo, lo que nos importa para nuestra relación... ¿quién?

El diablillo que metió la cola en este berenjenal, fue Alan Turing. Este científico inglés publicó un paper en 1.936 llamado On Computable Numbers, que definió y sentó las bases teóricas del problema. De paso le dio el nombre moderno a los computadores, llamados hasta entonces como máquinas analíticas o denominaciones similares. Lo que hizo Turing en On Computable Numbers, fue esencialmente definir qué requisitos debe cumplir una de estas máquinas, así como proporcionar un modelo matemático para el procesamiento de información. Es decir, Turing inventó el concepto mismo de programa computacional, o bien software, como se lo conoce hoy en día. Así, Turing ayudó sobremanera a definir lo que es un computador antes de que éstos siquiera existieran, o al menos que existieran en su forma moderna, por vía de crear un modelo matemático que explicaba los límites posibles para su potencia de cálculo. Al hacer esto, Turing probó matemáticamente que una máquina de éstas sí que era posible de ser construida, en teoría a lo menos, y definió las formas lógicas que debe adoptar un programa computacional para entregar respuestas significativas, explicando lo que un programa puede y no puede hacer. Gracias a Turing, los potenciales cerebros artificiales dejaron de ser algo místico, para pasar a ser otra potencial herramienta a ser construida, domesticada y utilizada por el ser humano. Siempre que no sigan el curso de Skynet o Bender, por supuesto, en cuyo caso... Gracias a Turing, cerebrito.

¿Necesito de verdad ahondar en lo que significan las computadoras para nuestro mundo, hoy en día? Porque creo que todos sabemos el rol fundamental que tienen las mismas para nuestra Economía, nuestras finanzas, nuestra vida cotidiana y nuestra civilización. Los computadores nos conectan, nos permiten mover dinero a distancia y en tiempo real, operan nuestras centrales energéticas, nos permiten enviar seres humanos al espacio, y se han transformado en las bibliotecas que almacenan prácticamente todo el conocimiento de la Humanidad. De hecho, ustedes están leyendo estas palabras en un sitio llamado la Guillermocracia, que opera en Internet, a través de una herramienta llamada computador u ordenador, a según de qué lado del charco hablemos, sea un laptop o un PC de escritorio, o sea un tablet o smartphone portátil, porque en estos tiempos que corren, no creo que alguien esté imprimiendo estas líneas (aunque si son inteligentes, entonces deberían. Por si acaso). Y todo eso arranca del trabajo que Turing publicó en 1.936. O dicho de otra manera, el trabajo de 1.936 engendró literalmente nuestro mundo moderno, tal y como lo conocemos.

Y éstos son, creo yo, los doce llamados a la fama. Los doce que configuraron el mundo tal y como lo conocemos, los doce sin los cuales el mundo actual sería increíblemente distinto. Sin la obra acumulada de ellos, supuesto de que nadie hubiera tomado su lugar, viviríamos en un mundo sin religiones judeocristianas, sin ciencia, sin computadores, sin realismo pictórico, y quizás sin un miserable minuet para consolarse. Piénsenlo por un instante, y siéntanse abrumados.

3 comentarios:

murinus2009 dijo...

Isaac Newton
Curiosamente Isaac Asimov, afirmaba lo mismo, que si tuviera que escoger al científico mas importante de la historia ese sería Newton, definitivamente la Ciencia, el Pensamiento Científico, es el Sistema de Pensamiento mas poderoso que ha creado la humanidad, ningún otro logró tanto en tan poco tiempo.

Johan Sebastian Bach.
El Padre de la Música, uno de mis maestros asegura que: "aunque nunca hayan escuchado a Bach, todos han escuchado a Bach, ya que por ejemplo la música de los Beatles esta inspirada, si no directamente plagiada, de Bach".

Charles Darwin.
En ningún lado mas que en la Guillermocracia había yo escuchado que Darwin se inspirara en las teorías de Malthus para su propia obra, definitivamente su teoría tendrá influencia en campos, que aun ni sabemos que existen (o van a existir) con todo y que millones (principalmente religiosos) quieren que su Teoría sean desmentida sin razón valida, (No es tan necesaria esa Teoría para comportarse con decencia y tratar al prójimo como quisiéramos que el prójimo nos tratará), que preservar "conocimiento" o "revelaciones" de libros de hace miles de años.

Alan Turing.
Ya que mencionas el ábaco Guillermo, hay un cuento de Arthur C. Clarke, en que una nave espacial se queda sin supercomputadora y a un tripulante se le ocurre sustituirla construyendo varios ábacos, cuento muy ilustrativo y divertido.
Quizá estoy equivocado pero creo que alguien mencionaba que junto a Alan Turing hubo un montón de Personajes entre ingenieros, técnicos, aficionados haciendo trabajo colaborativo (Wiki se le llama hoy) para dar forma a la Moderna Informática, como sea gracias a Turing puedo comunicar esta posible historia.

Hubiera apostado a que en la lista estarían:
Tesla.
Einstein.
Y hasta Hitler.
Pero esta lista es muy completa y si, es difícil imaginar un mundo, sin los cambios promovidos por estos 12 Grandes.

Genial Trabajo Guillermo, Hasta pronto.

Lore dijo...

Super buen articulo, puedo sugerir uno similar que incluya mujeres influyentes, asi como para cumplir la meta de genero de la guillermocracia.

Guillermo Ríos dijo...

@murinus2009, en efecto, Turing fue la punta del témpano. Ya en su tiempo empieza a darse el paso de la ciencia desde el científico heroico en su laboratorio, hasta la colaboración entre múltiples eminencias desparramadas a lo largo y ancho del mundo. Hoy en día no son pocos los papers que vienen firmados por decenas de personas simplemente porque todos ellos aportaron un poquito de esto o aquello al resultado final...

Tesla no resultó tan influyente, a mi gusto. Genio, sí, pero influencia, lo que se dice influencia, no dejó mucho. Culpa de los piques con Edison, probablemente. Einstein, creo que indirectamente construyó sobre Newton, aunque es posible que hubiera quedado en un Top 20 en vez de un Top 12. En cuanto a Hitler, aparte de algunos personajes sueltos aquí y allá, en realidad dejó lo que podemos llamar una influencia negativa, o sea, casi nadie quiere parecerse a él. No sé si eso cuente como influencia...

@Lore, la Guillermocracia no se mueve por metas de género. Había algunas mujeres en la lista corta, pero acabé descartándolas por un motivo u otro. La que más cerca estuvieron, fueron Madame Curie, la Reina Victoria, y Hedy Lamarr. Sí, la actriz famosa por escandalizar a media platea desnudándose en una película de 1.933, pero que también es una de las inventoras más importantes de todos los tiempos.

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