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jueves, 13 de abril de 2017

Infra Terra: Entronización - Episodio 5.


Aunque eran apenas un puñado de soldados, los expedicionarios de la OTAN tenían todavía el factor sorpresa de su lado. Además, habían volado las barracas con fusiles de teranergio, y con eso, habían conseguido sembrar el caos entre las tropas del Palacio y de Kriegsburg. El Brigadier Catroux, líder de la expedición, estaba apostándolo a un arriesgado gambito: lo primero que harían los soldados de Kriegsburg es organizarse para proteger al Kaiser Lama en contra de un eventual golpe de estado, y esto haría más fácil la fuga.

De pronto, uno de los soldados, que llevaba un equipo de comunicaciones en la espalda y un par de auriculares en los oídos, se dirigió al Brigadier Catroux.

– ¡Señor, tiene que escuchar esto!

El soldado pasó sus auriculares al Brigadier, quien se los puso.

Se trataba de Fronzoni y Xylouris, dos soldados bajo su mando cuya misión era dar con Vignard y Marshall, y extraerlos; en esto habían fallado, pero a cambio, reportaron haber dado con un intento de asesinato en contra de Kriegsweltz III. Y como la orden era evitar incidentes con el Kaiser Lama mismo a toda costa, habían aprovechado el elemento sorpresa y habían masacrado al grupo de conspiradores; luego se habían llevado a Kriegsweltz III con su gente, poniéndolo a salvo.

El Brigadier Catroux meditó la situación por un instante. Aquello lo cambiaba todo. Si el Príncipe Kriegsweltz de verdad había movido sus fichas para derrocar a su padre y había fracasado, entonces todavía podía quedar una opción de salvar la situación, incluso de conseguir el ansiado tratado. Imposibilitados de comunicarse y actuando por su cuenta, Fronzoni y Xylouris lo habían puesto sin querer en una excelente posición diplomática. Todo dependía de que Kriegsweltz III saliera con vida del trance. Si lograban presentar al Príncipe Kriegsweltz como un golpista, y a ellos mismos como salvadores de la situación, podía haber un futuro para la expedición de la OTAN.

– Fronzoni, mantenga la posición a toda costa y hasta el último hombre. Denos su posición exacta, vamos de regreso a apoyarlos – ordenó el Brigadier Catroux. Fronzoni y Xylouris así lo hicieron, y luego cortaron la comunicación. El Brigadier se dirigió entonces al resto: – ¡Muy bien, señores! ¡Cambio de planes! Volveremos al Palacio y defenderemos al Kaiser Lama en contra de un golpe de estado. Teniente Ibáñez… Si todo esto sale mal, necesitaremos gente que vaya hacia el mundo exterior y reporte sobre todo lo que ha ocurrido acá abajo. Llévese a cuatro hombres con usted, y escolte a Spengler y a… la chica… fuera de Kriegsburg, y de regreso a la superficie terrestre. ¡Becker! Usted viene conmigo. Ahora más que nunca voy a necesitar de un traductor.

Wolfgang Spengler avanzó hacia Reinhard Becker y le estiró la mano; ambos se la estrecharon con respeto y amistad, pero no hubo tiempo para más, porque el Brigadier Catroux dio la orden de marcha. Ambos hombres, antiguamente maestro y discípulo, unidos por la Lingüística, y ahora hermanados por el fuego, se miraron por última vez sin saber si volverían a verse algún día.

– ¡Santana! ¡Velásquez! ¡Lepe! ¡Oyarzo! ¡Ustedes conmigo! – vociferó el Teniente Ibáñez. Luego, señalando en la dirección a las calles de Kriegsburg, añadió: – Spengler, Darma, en marcha.

Este episodio se titula: “Avance por las calles de Kriegsburg”.

Mientras el grupo de expedicionarios se separaba, Volnia había conseguido hacerse un torniquete en el brazo, más o menos deteniendo el sangrado. Se sentía muy débil por la sangre perdida, pero siguió adelante. De manera que alcanzó un intercomunicador, y abrió contacto con el Príncipe Kriegsweltz.

– Señor… la operación falló. Cambio.

– ¡Estúpida! ¡Si el viejo sobrevive, es el fin para todos! ¡Reune más gente, y anda y termina con él!

– Sí, señor – dijo Volnia, y cerró las comunicaciones.

Mientras tanto esto ocurría en el Palacio de Kriegsburg, en sus calles se vivía otro espectáculo. Al escucharse la explosión, la gente había acudido a averiguar qué ocurría. Pero luego, al ver corriendo a los soldados de la ciudad, en particular metiendo a las personas en las casas de muy malos modos en el mejor de los casos, o tiroteándolas en el peor, el grueso de la gente había desaparecido.

Además, desde la explosión de las barracas habían saltado varios fragmentos incendiarios, que habían ido a caer sobre varias casas de Kriegsburg. Las paredes de éstas tendían a ser ignífugas, construidas con barro, adobe o piedra, pero muchos techos eran de paja ligera, material muy adecuado para una caverna subterránea en la cual, cuando mucho, podía formarse niebla con la humedad del ambiente, pero casi nunca lluvia. Y a través de esa paja ligera, el fuego comenzaba a propagarse.

El Teniente Ibáñez descubrió que uno de estos incendios estaba escapándose de control, y se encontraba más o menos en su ruta hacia los monorrieles.

– Nos vamos a desviar un poco del camino – dijo. – Iremos por esas calles de ahí, el incendio cubrirá nuestro flanco derecho, y tendremos una pequeña ventaja.

Los siete hombres avanzaron rápidamente por las calles, turnándose para apuntar a las casas, calles y techos para cubrirse mientras el resto corría. El Teniente Ibáñez por su parte sacaba afiebrados cálculos mentales, recordando que la estación de monorrieles se encontraba más allá de la gran explanada que servía como plaza; justamente quería evitar dicha plaza, para no ser pasto de francotiradores.

En ese minuto, algunos rayos de teranergio cruzaron el aire. El grupo entero se cubrió, tratando de descubrir la dirección exacta de los disparos. Al descubrirlos, el Teniente Ibáñez vociferó:

– ¡Lepe! ¡Granadas! ¡Maldición, Lepe, le estoy habland…!

El cuerpo de Lepe estaba tirado, parapetado a medias, con el ojo cauterizado por un rayo de teranergio que le había cruzado el cráneo de parte a parte.

– Maldición – dijo el Teniente Ibáñez, al darse cuenta de la irreparable situación de Lepe. Luego habló a los suyos que estaban vivos: – Están allá arriba. Oyarzo, granadas. Santana, Velásquez, traten de avanzar allá y desalójenlos. Desde allá arriba podremos ver mejor la situación.

Oyarzo sacó una granada, y la arrojó. Por las ventanas del segundo piso de la construcción desde la cual estaban disparando los enemigos, el brillo de la detonación de la granada salió de improviso con un ruido ensordecedor. Velásquez y Santana corrieron a toda prisa, mientras el Teniente Ibáñez los cubría con uno de los fusiles de teranergio que se había robado desde la barraca de Palacio, antes de hacerla volar. Los fusiles de teranergio eran una maravilla: mismo poder de fuego e incluso más que un fusil o una metrallera convencional, casi sin necesidad de recarga.

Velásquez y Santana entraron al edificio y se abrieron paso a través del humo creado por la explosión. Encontraron las escaleras y se aprestaron a subir, cuando de pronto varios disparos de teranergio los recibieron. Velásquez, de reflejos certeros, se hizo a un lado a tiempo, pero Santana fue alcanzado por uno en la pierna, cayó, no se pudo mover, y ahí mismo fue acribillado sin piedad. Su cuerpo humeante por las quemaduras de carne cauterizada, quedó tirado inerte al pie de la escalera. Desesperado, y contra toda lógica, Velásquez sacó una granada y, exponiéndose brevemente, la arrojó arriba, rogando porque la misma no rebotara, se devolviera escalera abajo, y lo lanzara al Reino Celestial.

La granada reventó. El suelo mismo del segundo piso crujió, y una parte del mismo se desplomó. En medio del caos, Velásquez pudo subir corriendo los peldaños, y gritando por la adrenalina bombeando con furia en su sangre, disparó durante una cantidad de tiempo que podía haber sido segundos o siglos.

Poco después, el Teniente Ibáñez, seguido de Oyarzo, Darma y Wolfgang Spengler, subían escalera arriba, hasta las ruinas del segundo piso. Lo que quedaba del piquete enemigo era una pila de unos cuatro, cinco o siete soldados; era difícil calcularlo con exactitud a partir de los cuerpos calcinados, muñones sangrantes, miembros mutilados y huesos astillados. Velásquez estaba tirado a un lado, quieto y jadeando pesadamente. El Teniente Ibáñez sacó un par de binoculares, y contempló la situación.

– Tenemos que avanzar en esa dirección. Miren esas bodegas, es posible que no haya tantas ventanas en donde pueda haber francotiradores – dijo el Teniente Ibáñez. Y luego, viendo a Velásquez sentado en el suelo y con la mirada perdida, le dijo con tono firme, pero sin reproche: – Levántese, soldado.

Velásquez miró al Teniente Ibáñez, medio embobado, mientras éste y los suyos empezaban a caminar. Tardó todavía algunos segundos en volver a la realidad, se levantó con pesadez, y retomó el ritmo.

Los cinco supervivientes siguieron moviéndose por las calles, con cierta celeridad a pesar de estar todo el tiempo vigilando y apuntando. En un minuto apareció otro piquete de soldados enemigos patrullando las calles, pero consiguieron atisbarlos antes, se pusieron a cubierto, y no fueron advertidos. Una vez que el piquete se hubo marchado, el grupo del Teniente Ibáñez se puso en movimiento otra vez.

El grupo finalmente alcanzó las bodegas. Al costado de ellas había una callejuela lateral que llevaba directamente a la estación de monorrieles, pero al frente de éstas había una hilera de edificios de dos y tres pisos que aparentemente servían como habitaciones miserables a algunos pobres desgraciados que formaran parte del proletariado de Kriegsburg. Y en ellos había ventanas. Muchas ventanas.

El Teniente Ibáñez le hizo una señal a Velásquez, para que se moviera a la entrada de las bodegas, y atisbara en su interior. Obedeciendo la orden, éste hizo el reconocimiento, y luego dijo:

– Despejado.

El Teniente Ibáñez, seguido por los otros tres, se movió a la entrada de la bodega. En su interior había una enorme cantidad de maquinaria, y en un cuarto sellado, un símbolo que señalaba claramente la presencia de baterías de teranergio. Y al otro lado, una puerta. De manera que podían cruzar la bodega, a cubierto de disparos enemigos, y emerger por el otro lado, directamente en la estación de monorrieles.

Empezaron a moverse con celeridad a través de la bodega, la cual estaba absolutamente desierta. Consiguieron llegar al otro lado. Sólo para descubrir en la calle, entre la puerta de la bodega y la estación de monorrieles, un piquete de soldados en alerta. Y a la cabeza de ellos, Enhurtz.

El Teniente Ibáñez examinó la pared trasera de la bodega. Se veía delgada. Un vehículo lanzado a toda  velocidad quizás pudiera atravesarla, aunque era una gran interrogante el qué tan operativo quedaría el vehículo después del impacto. Entre la maquinaria había en efecto lo que sería equivalente a un camión en el mundo subterráneo, y ordenó a Oyarzo y Velásquez inspeccionarlo. El resultado fue positivo.

– Muy bien, chicos – dijo el Teniente Ibáñez. – Velásquez, al volante. Vamos a cruzar esa pared con todo lo que tenemos, vamos a llevar el vehículo tan cerca de la estación como podamos, y todo eso disparando como condenados. Spengler, Darma, apenas el vehículo se detenga, ustedes se bajan y entran a la estación de monorrieles, y se atrincheran ahí. ¿Alguna pregunta?

Como no hubiera ninguna, procedieron. Velásquez en el volante, hizo retroceder el vehículo lo que pudo, contando con tener una línea recta hasta la pared trasera de la bodega. Luego lo hizo arrancar, y lo aceleró al máximo posible. Como el Teniente Ibáñez esperaba, la pared era delgada y cedió, aunque fragmentos de la misma se clavaron en partes de la maquinaria del vehículo; éste desaceleró con brusquedad, y Velásquez perdió el control del mismo. Con todo, se las arregló para embestir a parte del pelotón de soldados, pillados por sorpresa, arrollando a dos o tres de ellos; el grupo oyó el seco sonido de huesos crujiendo. Finalmente, el vehículo volcó.

– ¡Disparen, idiotas, disparen! – gritó Enhurtz, mientras se arrastraba tras un parapeto para ponerse a cubierto, luego de lo cual extendió el brazo para recoger su fusil de teranergio, que se le había caído.

Aprovechando la sorpresa, Darma y Wolfgang Spengler se bajaron a toda prisa, mientras que Oyarzo intentaba arrastrarse fuera del vehículo, y el Teniente Ibáñez se dedicaba a disparar. Desde su posición, Oyarzo vio como, un par de calles a lo lejos, otro piquete de soldados avanzaba hacia la estación de monorrieles, seguramente atraído por el ruido.

– Al diablo – dijo Oyarzo, pálido, y emprendió la carrera por cualquier calle lateral a la mano.

Oyarzo corrió y corrió, sin saber bien en qué dirección lo estaba haciendo, considerando perdida la situación, cuando de pronto, deteniéndose por un segundo en una esquina para decidir la dirección a seguir, recibió el golpe de algo seco en la parte trasera de la cabeza, quizás un ladrillo o algo similar, trastabilló, perdió el equilibrio, y terminó en el suelo. Cuando levantó la cabeza, se encontró con una horda de gente claramente humilde, que venía gritando y ululando. Intentó ponerse en pie y correr, pero la motricidad de sus piernas, probablemente afectada por el golpe y la caída, le falló. Se mareó, tropezó, y la horda de proletarios le cayó encima. Llovieron las patadas y los golpes, y lo que algunos minutos antes había sido Oyarzo, acabó siendo un guiñapo informe y ensangrentando, arrastrado por las calles con gritos de júbilo por parte de una multitud ignorante de a quién y por qué habían matado.

El Teniente Ibáñez, por su parte, al descubrir la llegada del nuevo piquete de soldados, disparó hacia Enhurtz, el último enemigo que quedaba en pie. No lo pudo alcanzar debido al parapeto, pero lo obligó a mantenerse agachado, y con ello consiguió meterse de nuevo a la bodega. Enhurtz, enfurecido, levantó la cabeza, y luego emprendió la carrera. Pero se detuvo cuando vio a Velásquez tratando de arrastrarse fuera del vehículo, obviamente malherido. Avanzó hacia él.

– Por favor – dijo Velásquez, cubierto entero de su propia sangre, y en castellano. – Por favor… – repitió, y consciente de su situación, sintió que las lágrimas saltaban a sus ojos.

Enhurtz levantó su fusil, y enceguecido de ira, disparó un tiro a la pierna, otro a la otra pierna, luego tres o cuatro al abdomen, y al último, cuando Velásquez estaba retorciéndose por el dolor de los disparos, apuntó a la cabeza. Velásquez movió la cabeza negativamente, gimoteando. Enhurtz disparó tres veces, sediento de venganza por sus hombres, y le atravesó el cráneo con los tres disparos.

En el intertanto, el piquete llegó. Enhurtz reportó que quedaba uno en la bodega, y encabezando al grupo, entró en la misma. El piquete de soldados empezó a mirar en todas direcciones.

El Teniente Ibáñez había aprendido que una batería de teranergio no revienta como el combustible de una bomba molotov, pero sí que puede explotar sobrecargándola con una corriente eléctrica de altísima intensidad. La de un motor generador como los presentes en la bodega, por ejemplo. Y dentro de la bodega existía el cuarto lleno de baterías de teranergio. Cuando Enhurtz y su piquete sorprendió al Teniente Ibáñez cerca de la puerta, abrió los ojos vivamente, mientras el Teniente Ibáñez esbozaba una sonrisa salvaje.

– Viva Chile, mierda – dijo el Teniente Ibáñez, y activó el interruptor del circuito que había armado.

– ¡Hijo de…! – gritó Enhurtz, en su idioma, pero no alcanzó a terminar la frase: la bodega entera saltó por los aires, con el Teniente Ibáñez, Enhurtz y los soldados de Freilande encerrados en su interior.

En la estación, Wolfgang Spengler y Darma descubrieron que estaban operando sólo con la energía de reserva: las luces estaban bajas, y en las pantallas no se veía movimiento de monorrieles.

– Se suponía que un grupo de soldados iba a apoderarse de los mandos de los monorrieles – dijo Wolfgang Spengler, temiendo lo peor. E inspeccionando los controles de la oficina principal, descubrió que, en efecto, el sistema seguía operativo, pero sólo en calidad de emergencia. – Estamos varados.

– No – dijo Darma, buscando entre los archivos hasta descubrir un manual de operaciones. – El sistema está programado para ser desconectado desde el Palacio, pero eso… no funciona de manera íntegra. No puede, porque el sistema sigue teniendo un soporte descentralizado. Sirve para que si alguien hace justo lo que acabamos de hacer, aún así los leales al Kaiser Lama puedan operar las estaciones para traer tropas a Kriegsburg. Acá en el manual debe decir cómo.

Y efectivamente decía cómo. Un operario debía activar un circuito especial desde la oficina principal, y eso servía para echar a andar el monorriel.

Wolfgang Spengler y Darma se miraron mutuamente, entendiendo con claridad la situación. Si alguien debía operar el circuito desde la oficina principal de la estación para echar a andar el monorriel, entonces alguien debía quedarse atrás, sin subir al mismo. Y sólo quedaban ellos dos para operarlo.

– No tenemos alternativa – dijo Darma, con voz queda. – Debeis iros. Yo me quedo.

Próximo episodio, y último de Infra Terra: Entronización: “El ascenso de Kriegsweltz IV”.

2 comentarios:

murinus2009 dijo...

Sigue siendo un misterio como escaparon los soldados de la OTAN, si eran prisioneros y ¿como consiguieron las granadas?, pero así son las historias.

Este capitulo parece inspirado en cintas bélicas tipo: Salvando al Soldado Ryan, hay suspenso, buenas y cortas batallas con mucha violencia y algo de Gore.

Casi accidental la muerte de Oyarzo, la muerte de Velasquez es de lástima, en la mayoría de historias de este estilo, los personajes tienden a ser mas agresivos en sus momentos finales, no suplicantes, más como el teniente Ibañez, lo de Velasquez es nuevo, no recuerdo algo parecido, quizá el soldado judío apuñalado por el alemán, en la susodicha el soldado Ryan.

Aunque se menciona que pasó con Kriegsweltz III, al principio, no aparece en toda la historia.

Buenas escenas de despedida la de Spengler y Becker y al final la de Spengler y Darma, no conozco la historia posterior, pero creo que son despedidas Definitivas, no parece que se vuelvan a ver, al menos Spengler a Becker y Darma.

Creo que solo que dan 2 capitulos, a esperar a Mayo de 2017.



Guillermo Ríos dijo...

La versión original era más larga y algo más detallada en algunos aspectos, pero quería un texto corto que cupiera en seis episodios, así es que recorté aquí y allá.

Efectivamente, las batallas tiendo a tratarlas así, desde el ángulo más crudo, porque no me creo que los personajes mantengan todos el temple y sean unos enormes héroes cuando están literalmente arriesgando el cuello, y que una mala perdida se los cargue.

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