jueves, 16 de marzo de 2017

Infra Terra: Entronización - Episodio 4.


Reinhard Becker, el Brigadier Catroux y el Teniente Ibáñez, los tres se miraron un gesto que no invitaba a la confianza. El Brigadier Catroux sacó su cajetilla, encendió un cigarrillo, y con ello demostró su preocupación, ya que varados en Kriegsburg y prisioneros en su Palacio por orden del Kaiser Lama Kriegswelt III, el líder de la expedición al mundo subterráneo se había hecho el propósito de economizar el tabaco. El Brigadier Catroux se tomó su tiempo en el ritual de encender el cigarrillo, echó el humo ligeramente hacia abajo sin darse cuenta, y luego habló.

– Resumiendo… El Príncipe Kriegsweltz está intrigando para derrocar a su padre y entronizarse en Freilande, y está viendo qué hacer con nosotros. Según te lo dijo Darma, por supuesto. Wolfgang… ¿Qué tanta confianza se merece esa Darma?

– Yo… Creo que es sincera – dijo Wolfgang Spengler.

– Crees que es sincera. Pero no estás seguro – dijo Reinhard Becker. En su voz había legítima preocupación por el bienestar de Wolfgang Spengler, que después de todo era su asistente, a quién él mismo había reclutado en la expedición, siendo por tanto el responsable de la situación actual de éste.

– Lo que quiere decir Reinhard… – dijo el Brigadier Catroux. – Wolfgang, no sólo podría ser que el Príncipe Kriegsweltz creara un incidente de bandera falsa, haciendo parecer que nosotros queremos derrocar a Kriegsweltz III y deshaciéndose tanto de él como de nosotros. Además, podría ser que tú fueras el incidente de bandera falsa. Sea la princesa Yaliana o sea el príncipe Kriegsweltz, alguno de los dos puede haber enviado a Darma para convencerte de hacer algo estúpido que proporcione justamente el pretexto para el incidente de bandera falsa, ¿me entiendes?

Wolfgang Spengler se quedó congelado en su sitio. Claramente no había considerado la posibilidad.

– Estamos jugando el juego de ellos, lo queramos o no – dijo el Brigadier Catroux. – La única posibilidad es que… lo que voy a pedirte es algo inusual, pero… Wolfgang, vas a tener que asegurarte de que Darma está de nuestro lado. Y la única manera de conseguirlo es… vas a tener que seducirla. Pero tienes que hacerlo con la cabeza bien fría, porque si es al revés y tú caes en sus manos, entonces eso puede ser la sentencia de muerte para todos nosotros los expedicionarios. ¿Lo entiendes?

Wolfgang Spengler asintió con la cabeza, mientras internamente repasaba una y mil veces su conversación con Darma, intentando buscar indicios que le dijeran si ella había sido sincera o no.

Una vez que Reinhard Becker y Wolfgang Spengler se habían retirado, el Brigadier Catroux se dirigió al Teniente Ibáñez.

– ¿Y bien? ¿Qué piensa, Teniente?

– Pienso que la situación ha llegado a un límite, señor – respondió el aludido. – Esta misión ha resultado un completo fracaso, y deberíamos ir pensando en un plan de evacuación.

– Muy cierto – dijo el Brigadier Catroux. – No aceptan un tratado porque no le ven la conveniencia, no nos dejan ir porque temen que llevemos las noticias al mundo exterior, y no quieren deshacerse de nosotros, sea por política interna del mundo subterráneo, sea porque tienen miedo de que resistamos con tanta fuerza que, en efecto, acabemos por derrocar al régimen.

El Brigadier Catroux le dio una pitada más a su cigarrillo.

– Nuestra mejor opción es dar un golpe sorpresa, apoderarnos de Kriegsweltz III, y sembrar el caos a una escala tal, que anulemos su capacidad de responder. Pero somos demasiado pocos para funcionar como fuerza de ocupación, así es que tendríamos que aprovechar para huir. Y el caos político que dejaríamos atrás, podría ser incluso contraproducente en el largo plazo. Así, pues… nuestra única opción es lisa y llanamente huir. Teniente Ibáñez… prepare a sus hombres. Vamos a diseñar un plan de evacuación para nuestros expedicionarios.

Este episodio se titula: “Situación desesperada en el Palacio de Kriegsburg”.

En la Biblioteca del Palacio de Kriegsweltz, Wolfgang Spengler tenía delante el libro abierto, sin estar realmente leyendo, con la mirada perdida y la cabeza hundida en sus propias reflexiones. En esta situación, es que lo sorprendió Darma.

– Se os ve como si estuviérais en… ¿cómo es que decís en la superficie? ¿En otro planeta?

– En otro planeta – confirmó Wolfgang Spengler. – Sólo estaba… pensando.

– Quería disculparme con vos, quizás el otro día fui muy ruda y…

– No tenéis que disculparos por nada, mi señora. Vos sois una aristócrata y yo un plebeyo, sois vos quien tiene el privilegio, y yo la obligación – dijo Wolfgang Spengler, distante.

Darma asintió, tratando de mantener el rostro compuesto, aunque un destello de tristeza cruzó por sus ojos. Hubo un pesado silencio entre ambos, que finalmente ella rompió.

– ¿Creéis vos que… si la situación fuera diferente…?

– No lo es, ni lo será – dijo Wolfgang Spengler.

– ¿Ni siquiera en la superficie…?

Wolfgang Spengler apretó los labios. Una vez más aparecía el tema de la fuga. ¿Estaba ella de verdad proponiéndole una nueva vida en la superficie, llena de romanticismo y amor? ¿O por el contrario, era un empujón más hacia una trampa tendida por el Príncipe Kriegsweltz en las sombras…?

– Por favor, no juguéis con mis sentimientos así – dijo Wolfgang Spengler. – Os lo pido.

– Y yo os pido que me aceptéis a vuestro servicio – dijo Darma.

– Vos… estáis al servicio de la Princesa Yaliana.

– Sólo como dama de compañía, y con mi corazón de amiga. A vos, os pido que me aceptéis con mi corazón de mujer.

Wolfgang Spengler ya no pudo contenerse más, y de modo muy imprudente, se levantó y tomó a Darma por los brazos, y teniéndola firmemente sujeta de esta manera, la besó.

– ¡Ahí lo tenéis, Alteza! – salió entonces Enhurtz desde algún rincón de la Biblioteca.

Al oir su voz, Darma y Wolfgang Spengler se separaron, y miraron en su dirección. Ahí estaba Enhurtz, el oficial del Ejército de Freilande que en su día había escoltado a los expedicionarios en ruta a Kriegsburg. Detrás suyo, apareció el Príncipe Kriegsweltz. Y todavía más atrás, apareció la princesa Yaliana. Los músculos del rostro del Príncipe Kriegsweltz estaban contraídos en una mueca de frialdad casi inhumana, pero la mandíbula apretada y los ojos tormentosos traicionaban sus sentimientos; el rostro de la princesa Yaliana por su parte se contrajo en una mueca fugaz que la hizo parecer una arpía, pero se controló de inmediato, adoptando una gélida máscara de desdeñosa serenidad.

– Vengan de inmediato – dijo Enhurtz por un intercomunicador, apartándose del paso del príncipe y la princesa. En los corredores se escucharon los pasos de los soldados del Palacio, que aparecieron de inmediato y rodearon al grupo.

– Mi señora… perdón… – dijo Darma, con los ojos llorosos.

La princesa Yaliana adoptó ojos de intensa furia que perforaron a Darma, pero luego adoptó de inmediato su postura hierática anterior.

– De manera que era cierto lo que yo pensaba – dijo el Príncipe Kriegsweltz en voz baja y arrastrada de ira, y luego, alzando el tono, habló: – Vosotros los de la superficie no venís a buscar ningún tratado de paz. Lo que buscáis es soliviantaros contra el régimen de mi padre. Y vos habéis querido seducir a la dama de compañía de mi prometida, para espiar en beneficio de vuestra expedición.

– ¡No es verdad! – soltó Wolfgang Spengler, de manera irreflexiva.

Por toda respuesta, el Príncipe Kriegsweltz soltó un puñetazo contra la mandíbula de Wolfgang Spengler, con la reciedumbre suficiente como para desmentir cualquier idea sobre la posible debilidad derivada de su físico más bien delgado y poco atlético.

– Guardias… arréstenlos a ambos – dijo el Príncipe Kriegsweltz.

– ¿A ambos? – rugió la princesa Yaliana, hirviendo de ira. – ¡Kriegsweltz, Darma es mi dama de compañía! ¡Yo me haré cargo de ella!

– ¡Vuestra dama de compañía es culpable de alta traición! – gritó el Príncipe Kriegsweltz, perdiendo toda compostura. – ¡A una celda con sus huesos!

– ¡Alto ahí! – gritó otra voz por detrás de todos, en un freilandés muy mal pronunciado. Todos se dieron vuelta para ver quién había hablado: se trataba del Teniente Ibáñez, del Ejército de Chile, quien apuntaba a los hombres de Freilande con sus propias armas.

– Espero que os déis cuenta de que estáis sublevándoos en contra de la corona de Freilande – dijo el Príncipe Kriegsweltz, con los músculos de su rostro temblando por la ira, masticando cada palabra para hacer más temible su amenaza. – Espero que os déis cuenta de que os encontráis atrapados en el corazón de nuestro imperio. Espero que os déis cuenta que os superamos en hombres y recursos, y que no hay manera alguna de salir vivos de ésta. Si deponéis las armas ahora, os aseguramos que os mataremos rápido y sin mayor trámite. Si nos obligáis a luchar, en cambio, os reduciremos, os echaremos a unas celdas, os torturaremos, os mutilaremos, y luego de todo eso, cuando tengáis la garganta seca de tanto haber suplicado por vuestra muerte, os arrojaremos a que supliquéis limosna en la calle como mendigos deformes, vida que llevaréis hasta que la encontréis tan insoportable, que admitáis vuestro completo y absoluto fracaso a través del suicidio. ¡Wolfgang Spengler, haz algo útil y tradúcele a ese inútil todo lo que he dicho!

– El… dice… – empezó a traducir Wolfgang Spengler, temblando como una hoja. – Dice que ustedes no valen lo que un buen soldado del mundo subterráneo.

– Chico, ya cumpliste con tu parte – le dijo el Teniente Ibáñez a Wolfgang Spengler. – Camina lentamente para acá. Nosotros te cubrimos.

Wolfgang Spengler miró a Darma con ojos de intensa tristeza, y empezó a caminar lentamente hacia el Teniente Ibáñez. Tres o cuatro pasos después, sintió que alguien se aferraba con fuerza a su brazo; era Darma, quien había saltado a su lado. Wolfgang Spengler empezó a caminar lentamente de nuevo, y Darma siguió sus pasos. Wolfgang Spengler miró al Príncipe Kriegsweltz y a la princesa Yaliana de reojo; la ira de ambos les impedía intentar siquiera el adoptar aires aristocráticos para disimular.

Un rato después, el Teniente Ibáñez y los suyos iban a la carrera por los corredores del Palacio de Kriegsburg.

– Así es que la dama al final no nos estaba tendiendo una trampa – dijo el Teniente Ibáñez, mirando como Darma iba a la siga de Wolfgang Spengler.

– Darma… ahora te van a perseguir, a lo mejor no salimos vivos de ésta – dijo Wolfgang Spengler.

– Wolfgang… ¿Qué crees que me hubiera pasado si me hubiera quedado?

En ese minuto, se escuchó una gigantesca explosión a un costado del Palacio. Wolfgang Spengler miró al Teniente Ibáñez, y ya iba a pedirle una explicación, cuando éste gritó:

– ¡Es la señal! ¡Vamos hacia donde la explosión!

Y mientras corrían, el Teniente Ibáñez le dijo a Wolfgang Spengler.

– Un grupo de los nuestros voló las barracas con fusiles de teranergio. Eso nos va a ganar algo de tiempo. Tenemos que irnos de aquí y llegar hasta la estación de Freilande. Intentaremos tomar un monorriel y escapar de regreso a la superficie.

Wolfgang Spengler tradujo para Darma, porque él le había enseñado a ella y los suyos el idioma inglés, y el Teniente Ibáñez había hablado en castellano. Al oir esto, Darma abrió los ojos, asustada.

– ¡Diles que no pueden! ¡Los monorrieles cuentan con un sistema de control centralizado! ¡Lo primero que van a hacer es apagarlos!

Pálido al escuchar las nuevas, Wolfgang Spengler le dijo esto al Teniente Ibáñez.

– Ya hemos contado con eso – dijo el Teniente Ibáñez. – Otro grupo de los nuestros se apoderó del centro de comando en el Palacio. Habrán monorrieles disponibles, no te preocupes.

El grupo llegó hasta el lugar de la explosión. Allí se había trabado una violenta batalla entre varios efectivos de la expedición de la OTAN por un lado, y soldados de Freilande por el otro. Ver la situación y ladrar un par de órdenes fue todo uno para el Teniente Ibáñez, y su rápida intervención le dio a los expedicionarios una ventaja decisiva: los hombres de Freilande fueron rápidamente barridos.

Aparecieron entonces el Brigadier Catroux y Reinhard Becker. El segundo llamó la atención de Wolfgang Spengler: nunca había visto a su viejo profesor de Lingüística en la Universidad, portando un arma, y menos un fusil de teranergio como ahora. Entonces recordó: en su juventud, Reinhard Becker había sido reclutado en su día, y había colaborado como lingüista para las tropas de la OTAN en misiones militares en Africa. Puede que no fuera un soldado profesional, pero Reinhard Becker tenía el entrenamiento básico para portar un arma. De hecho, además de su talento como lingüista, ése era quizás el motivo suplementario por el cual lo habían reclutado en la expedición.

– ¿Vignard y Marshall? – preguntó el Brigadier Catroux, refiriéndose a los científicos de la expedición.

– Los soldados encargados de traerlos no han regresado – dijo uno de sus subordinados.

– No podemos esperarlos – dijo el Brigadier Catroux ominosamente. – Vámonos.

Mientras tanto, en las dependencias superiores del Palacio de Kriegsburg, el Kaiser Lama Kriegsweltz III caminaba a toda prisa, escoltado por Volnia. La explosión había cambiado el panorama, desde un tenso incidente con disparos, hasta una guerra abierta por el control del Palacio, y Kriegsweltz III quería imponerse de manera directa respecto de toda la situación.

– ¿Los príncipes? – preguntó Kriegsweltz III.

– Están todos bien. De hecho… – dijo Volnia, la oficial del Ejército de Freilande, con un brillo maligno en sus ojos, y acompañando sus palabras con un cuchillo que sacó de inmediato de entre su ropa de combate, añadió al tiempo que enterraba éste en un costado de Kriegsweltz III: – El príncipe heredero está de lo mejor.

Kriegsweltz III retrocedió llevándose una mano al costado y mirando a los soldados, con los ojos desorbitados al descubrir que el resto de éstos secundaba a Volnia, levantando sus fusiles de teranergio para rematarlo…

…cuando de pronto volaron disparos. Volnia recibió un tiro en el brazo, y se arrastró hacia un costado, mientras veía como dos, tres, o cuatro, o quién sabe cuántos soldados de la OTAN, abrían fuego en contra de ellos. Kriegsweltz III, salvado de milagro, se arrastró sangrando.

Al final eran dos soldados apenas, que armados del elemento sorpresa, habían conseguido acabar con los golpistas, salvo con Volnia, que se quedó agazapada y escondida en un rincón, apoyando un pedazo de tela contra la herida del brazo para ralentizar el sangrado. Así, Volnia vio como los soldados de la OTAN se llevaban al herido Kaiser Lama consigo, quién sabe con qué destino.

Próximo episodio: “Avance por las calles de Kriegsburg”.

1 comentario:

murinus2009 dijo...

Este capitulo tuvo de todo: intriga, traicion, acción, incluso romance y todo a muy buen ritmo, eso si, queda la duda de como hicieron los soldados de la OTAN para organizarse para escapar si ya eran prisioneros, definitivamente este capitulo puede imaginarse (al menos yo), como una historieta "pulp", en México se les llama "Cuentos".

Creo Buen suspenso el hecho de que Kriegsburg III haya sobrevivido al atentado y se lo hayan llevado como...¿rehen, prisionero, rescatado, escudo humano?.

A esperar a Abril de 2017.

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