miércoles, 15 de febrero de 2017

Marbod el Bárbaro: Imago Dei - Episodio 3.


En el intertanto, Dragonópterix había llegado ya hasta el Monte Olimpo, hogar y residencia de los dioses. Los cuales, en los milenios anteriores, habían vivido aventuras entremezclándose con los hombres, luchando con monstruos, engendrando descendencia con desprevenidas y núbiles doncellas, etcétera. Pero en el último tiempo, se habían vuelto muy flojos y patanes, y casi no se dejaban ver.

En consecuencia, Dragonópterix estaba yendo de palacio en palacio, del Panteón al Trono de Zeus y de ahí a Pieria, y de vuelta al Panteón, sin que nadie le hiciera el mayor caso. Hasta que de pronto, escuchó a sus espaldas que alguien preguntaba: “¿Dragonópterix?”.

Al voltearse, Dragonópterix vio la figura de Hermes, el mensajero de las almas, y el dios de gente tramposa como los tahúres, los mercaderes, los ladrones y los economistas. Que este dios fuera también el encargado de las reencarnaciones y del pensamiento ocultista, algo debería decir acerca de la condición humana y del misticismo.

– ¡Oh, poderoso Hermes! – dijo Dragonópterix, recordando habérselo encontrado en una aventura anterior. – ¡Os vengo como humilde suplicante, porque hay un amigo en grande desgracia, y…!

– ¡Bah! ¡No fastidies, dragonzuelo de porquería! – estalló Hermes con irritación, pero moviendo la cabeza para mirar en todas direcciones, asegurándose de que lo estuvieran viendo muy enojado. Luego añadió, en voz más baja, casi inaudible: – No fastidies si no tienes… ya sabes… dinero…

Como dios de los mercaderes y ladrones, Hermes era también dios de los sobornos. Y juez de las almas en sus ratos libres, también, porque todas esas profesiones van conectadas unas con otras.

– Dinero no tengo, ¡oh, poderoso Hermes! Mas… bueno… creo que os quedaría debiendo un favor…

– Oh, bien. Veré que puedo hacer, para que consigáis una audiencia con Zeus y ayudéis a tu amigo.

– ¡Grande benefactor sois, oh, Hermes! – dijo Dragonópterix, conmovido.

Todo esto, mientras Calígula arribaba a Pompeya, la ciudad en que se escondía Marbod el Bárbaro, el hombre condenado a muerte porque Calígula estaba emperrado en considerar que Marbod el Bárbaro se creía más dios que él.

Este episodio se titula: “La bahía de Bayas”.

Entró Calígula en Pompeya con grande boato, montado en un carro de combate con delicada madera pintada de blanco, tirada por cuatro caballos también blancos e inmaculados, y escoltado por sus pretorianos con armaduras relucientes. Detrás de Calígula venía una litera de velos traslúcidos que dejaban adivinar la presencia de una dama. Todos ellos, escoltados a su vez por un importante contingente de legionarios.

Todo ello, frente a la enorme muchedumbre que, por supuesto, se había congregado para el espectáculo. No todos los días, un Emperador se dignaba de visitar la ciudad.

En la cumbre del Monte Vesubio, aparecieron unas fumarolas ciertamente de mal agüero.

– ¡Cesad, vosotras! – gritó Calígula a las fumarolas, de manera teatral.

Las fumarolas cesaron su actividad y desaparecieron. Hasta los volcanes parecían temer a Calígula.

Calígula se instaló en el trono ubicado en un podio colocado de manera previa para recibirlo. A su lado había otro trono, que fue ocupado por la dama de la litera; al bajarse de ella se reveló una mujer de formas voluptuosas, ataviada en un apretado bustier de cuero negro y la parte inferior de un bikini también de cuero negro, todo ello cubierto por una enorme túnica traslúcida de gasa roja, que la cubría desde el cuello hasta los pies. Con gracia y dignidad, y una sonrisa algo malévola, la dama se instaló al lado de Calígula, quien la recibió con un beso en la boca.

– ¿Acaso ésa, a la que le da un beso, no es Drusila, su hermana? – preguntó una voz en la multitud.

– ¡Calla! ¡No queréis que os ejecute por lesa majestad! – soltó otra voz cercana.

– La hermana del Emperador se llama igual que yo – suspiró Drusila, junto a Marbod, en medio de la muchedumbre.

Calígula extendió el brazo, elevando ligeramente el mentón, todo ello con calculada teatralidad. Luego, con voz altisonante, habló:

– Venid… Venid… Vuestro Emperador tendrá la gracia de impartir justicia. ¡Venid!

Un tipo se acercó, y se arrojó de bruces al suelo en señal de respeto, gesto que Calígula aprobó con un movimiento afirmativo de cabeza. El peticionario era un pobre desgraciado de ropas deshechas y aspecto muy pobre.

– ¡Mi Emperador Calígula, Mi Dios, Mi Sol!

– ¡Mi Sol, me llamáis! – dijo Calígula, y el peticionario se echó ligeramente para atrás, sin saber si había enojado al Emperador. Calígula notó esto, y dejó pasar un par de segundos antes de seguir hablando. – Mi sol. Mi sol… me gusta. Sí, buen hombre, me gusta. Mi sol. Suena bien, ¿no, mi querida y bienamada hermana Drusila?

Drusila, por toda respuesta, sonrió y le dio un suave beso a Calígula en los labios.

– Pero… ¡hablad, hombre, hablad! ¡No me hagáis perder el tiempo!

– ¡Mi señor, mi Sol…! Sucede que soy un pobre jornalero, trabajo construyendo una casa, y la persona que me ha hecho el encargo, ya me debe varios pagos, y yo entretanto no tengo con qué comprar harina para que mi mujer haga pan, y…

– ¡Ah, mira lo que decís! – dijo Calígula, exagerando sus gestos. – Miren a este pobre hombre… ¿Y vuestro deudor, es muy rico?

– Bueno… tiene cinco o seis casas ya… creo que no le faltarán dineros para ponerse al día.

– Sí, buen hombre – dijo Calígula. – Ese es un mal hombre. No paga sus deudas. Ya he tomado mi decisión. ¡Arrestadle, cortadle las orejas, la lengua y las manos, y luego matadle! Y por supuesto… – dijo Calígula, y añadió con voz más baja y una risilla siniestra: – Confiscadle sus cinco o seis casas, confiscadle todo.

– ¡Pero, mi sol…! ¡Tened clemencia! Yo solo quiero lo que es justo, que se me pague. Eso es todo. Si acaso no queréis pensar en él, al menos pensad en su mujer e hijas, que quedarán en el desamparo…

– ¡Lo sé, lo sé, buen hombre, y tendréis vuestro pago, eso os lo garantizo! Pero no puedo permitir malos ciudadanos, en particular que sean ricos, y muy en particular que sean malos ciudadanos y sigan siendo ricos en vez de ofrecerme sus dádivas y negando así que yo soy un dios. Así es que, en pie queda mi edicto. ¡Id a por ese hombre, y haced como he dicho con él! Y… bien pensado, buen hombre, bien pensado en la mujer e hijas de ese desgraciado. ¡Id también a por ellas, reducidlas a esclavitud, y si son de buen ver, dadles alojamiento en el lenocinio de mi palacio! Serán consagradas a mi placer, y yo, siendo un dios, con el placer de ellas perdonaré los pecados de su pater familias.

Poco después, un hombre de clara posición social era paseado y arrastrado por un par de soldados, mientras chillaba. Detrás de él iba una mujer de edad regular, más unas damas de edad núbil, todas ellas a medias desnudadas, y arrastradas por los soldados.

El siguiente peticionario reclamó porque era un campesino pobre y un vecino le había matado al gato, que era la gran defensa que tenía contra las ratas que invadían el granero. Calígula condenó al vecino felinocida a la pena capital, y a la confiscación de sus bienes. El tercer peticionario quería que se resolviera una cuestión de herencias; todos los otros herederos fueron condenados a muerte, y sus respectivas porciones de herencia, así como todos los otros bienes, fueron confiscados. Vino un cuarto peticionario que se quejó porque se negaban a pagarle la apuesta por un juego de gladiadores; el que se negaba a pagar fue condenado a muerte, y a la confiscación de sus bienes. Otro se quejó de su esposa porque ella quemaba el pan; Calígula hizo un comentario despectivo acerca de que la esposa seguramente no tenía bienes propios, y se limitó a condenarla a diez latigazos. Otro que era cojo y atendía un puesto de frutas, se quejó de unos pilluelos que se la pasaban robándole; Calígula meditó un instante, y luego ordenó reducirlos a la esclavitud y venderlos para sacar algún dinerillo, y además de eso, la medida servía de castigo. Así, en una tarde, el tesoro de Calígula aumentó unas cuantas veces, y además de eso, se impartió algo más o menos parecido a lo que de manera muy lejana podría llegar a llamarse como justicia. No el concepto de justicia aristotélica, por supuesto, pero algo es algo.

Mientras Calígula se dedicaba a mejorar los equilibrios fiscales, e impartir justicia de paso, sus gentes trabajaban de manera diligente en la bahía. Finalmente, un legionario apareció ante Calígula, y saludando con el brazo derecho extendido y la palma de la mano abierta, dijo:

– ¡Ave César! ¡Los trabajos en la bahía han culminado!

– ¡Ah, qué bien! Qué bien – dijo Calígula, levantándose con ímpetu y ampulosidad. – ¡Ven, ven, mi adorada Drusila! ¡Ahora veréis lo que valía ese astrólogo que decía que era más fácil cruzar a caballo sobre la Bahía de Bayas, que yo llegara a ser Emperador.

Sobre la Bahía de Bayas, una flota entera de naves había sido puesta de manera alineada, de manera tal que se había conseguido clavar tablones entre nave y nave. De esta manera, la flota entera de naves conformaba una especie de puente flotante de madera que iba de una punta a otra de la bahía.

Calígula se montó en un caballo inmaculado, y dirigiéndose a la población de Pompeya, les dijo:

– ¡Mirad! ¡Mirad el cumplimiento de la profecía! ¡Porque… YO… SOY… CALÍGULA!!!

– Huh… ¿Botita? ¿En serio? – preguntó alguien entre la multitud. Los legionarios miraron enseguida entre la gente para buscar al insolente, pero ninguno llegó a descubrir quien era. Un leve gesto de fastidio ensombreció el semblante de Calígula, pero luego recuperó el manejo escénico, y levantando su brazo derecho extendido a manera de saludo, emprendió el trote con su caballo, subiendo al primer tablón y comenzando así el cruce por su pintoresco puente.

Marbod el Bárbaro, quien había contemplado el espectáculo junto con Drusila, su esposa Drusila y no Drusila la hermana de Calígula por supuesto, habló en voz baja mientras llevaba su mano a su espada.

– Calígula se ha puesto a sí mismo en un lugar sin escapatoria, y en donde no caben muchos soldados que puedan defenderlo. Drusila… ha llegado el momento de vengar a tu padre.

Y luego de darle un suave beso de despedida a su esposa, Marbod el Bárbaro emprendió una caminata implacable en dirección hacia los barcos. Los legionarios, al verle decidido, intentaron interceptarlo. Pobres diablos. La palabra “quebrado” describe lo que sucedió con ellos: brazos quebrados, piernas quebradas, cuellos quebrados, miembros viriles quebrados… ¿Y por qué es esto posible? Porque él es… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!!

Finalmente, Marbod el Bárbaro estaba encima del puente. Y con voz estentórea, gritó:

– ¡¡¡CALÍGULA!!! ¡¡¡LLEGADA ES TU HORA!!!

Calígula, oyendo esto, dio vuelta a su caballo para mirar al insolente. Y entonces vio como Marbod el Bárbaro se acercaba a toda carrera en su contra. Calígula palideció. Una cosa es estar parapetado detrás de un montón de legionarios como guardaespaldas, y otra muy distinta que los legionarios y pretorianos disponibles tengan algunos pequeños problemas traumatológicos por culpa de un guerrero bárbaro de fortaleza monumental que tiene una cuenta pendiente y que se avecina ahora a toda carrera para cobrársela.

De manera que Calígula juzgó más seguro emprender la cabalgata, y espoleó a su caballo. El mismo empezó a correr a toda prisa, pero se frenó a sí mismo un resto porque el miedo de caer al agua nubló la conciencia del pobre equino. Marbod el Bárbaro alcanzó así a Calígula.

Marbod el Bárbaro tiró de la capa de Calígula. Este rodó contra la cubierta de un barco. El mismo había sido despejado, en prevención de que algún asesino pudiera infiltrarse, de manera que no había nadie que defendiera al Emperador. Marbod el Bárbaro levantó su espada y la clavó con fiereza, hundiéndola casi hasta la empuñadura en el maderamen de la nave. Pero Calígula esquivó el golpe rodando sobre sí mismo, aprovechando el movimiento para levantarse.

– ¿Crees que vivirás, Marbod? ¿Crees que no morirás, y que tu esposa no será violada por una legión entera de legionarios? – gritó Calígula. – ¡¡¡YO SOY EL EMPERADOR!!! ¡¡¡YO SOY UN DIOS!!!

Marbod el Bárbaro desenterró su espada y, ciego de rabia, cargó contra Calígula. Este volvió a esquivarlo, mientras sacaba su espada. Calígula adivinó que contaba con un punto de ventaja: Marbod el Bárbaro podía ser más fuerte, pero estaba enceguecido por la ira. De manera que Calígula, con un movimiento de espada, rasgó un pedazo de vela y se hizo una capa con ella. Marbod el Bárbaro cargó, y Calígula lo toreó de manera diestra. Marbod el Bárbaro se detuvo, mirando a Calígula con ira, mientras resoplaba con ambas fosas nasales, decoradas por venas muy hinchadas.

– Marbod el Bárbaro… Nuestra nueva celebridad – se burló Calígula.

Pero ahora Marbod el Bárbaro, siempre con los ojos inyectados en sangre, se movió de manera lenta e implacable hacia Calígula. El terror se aposentó en los ojos del Emperador. Marbod el Bárbaro levantó su espada. Calígula, desesperado, arrojó su capa, tratando de enredar a Marbod. Ambos movimientos se mezclaron de manera maligna, y los dos contendientes terminaron enredados en la capa, rodaron por la cubierta, salieron por un tablado, y cayeron al agua.

El peso de la armadura arrastraba a Calígula de manera inexorable hacia el fondo de las aguas, pero el Emperador, espoleado por el instinto, se aferraba a la pierna de Marbod el Bárbaro, arrastrándolo consigo. Pero… vamos. Es Marbod el Bárbaro. El protagonista de esta historia. No es como que se va a morir, ¿verdad? Por supuesto, Marbod el Bárbaro se zafará y volverá a la superficie, mientras que Calígula seguirá hundiéndose y morirá ahogado, pagando por sus mald…

No. Calígula se hunde demasiado rápido y está demasiado aferrado a Marbod el Bárbaro, y éste, para zafarse, debería doblarse sobre sí mismo, lo que no puede hacer por la velocidad con la cual se hunde en el agua. Además, ya lo decíamos en el episodio anterior, Marbod el Bárbaro no sabe nadar. ¡Pero no importa! ¡Miren! ¡Ahí viene el delfín a quien Marbod el Bárbaro devolvió al agua en el capítulo anterior! Seguramente yo, su Cronista, incluí al delfín bajo la apariencia de estar contando una gracieta, pero en realidad el objetivo era sorprender al lector con este rescate de última hora, y así, todos dijeran con un “¡guau!” de exclamación, lo bueno que soy creando suspenso…

Tampoco. Porque el delfín, acordándose del puñetazo con el cual Marbod el Bárbaro lo sacó del agua en primer lugar, se acercó a éste, pero para pegarle un fiero aletazo, y después reirse en la cara de él, haciendo “hyi-hyi-hyi-kikrikrikirikirí” como hacen los delfines, lo que en su idioma significa algo así como: “¿Te gusta, desgraciado? ¿Ah? ¿Te gusta? ¡Jajajá! ¡Me río de ti mientras te ahogas, bastardo!”.

Pero todavía quedan los dioses. Para ellos nada es imposible, ¿no? Y Dragonópterix está intercediendo por Marbod el Bárbaro, ¿no? ¡Sí! ¡Los dioses lo salvarán! ¡Hurra por Marb…! Eh… no. Porque mientras tanto, en el Monte Olimpo, Dragonópterix está esperando su audiencia, mientras de fondo suena una versión lounge de Spanish Flea como música de espera. Y de los dioses germanos ni hablar, ellos están más lejos todavía, y ni siquiera se han enterado de todo este lío.

Diablos. Ahora ni siquiera los dioses podrían salvar a Marbod el Bárbaro. ¿Es que acaso ha llegado el final de sus aventuras? ¿Perecerá nuestro héroe de una manera tan miserable? ¿Habrá triunfado Calígula, que morirá ahogado, por supuesto, pero al menos habiéndose cargado a nuestro héroe…? La respuesta a esta y otras interrogantes…

Discúlpenme hasta el próximo episodio. Necesito ir al supermercado y comprarme una buena botella de licor. Mañana voy a amanecer con una resaca de Olimpo y Asgard mío, pero con un poco de suerte, hasta se me ocurre cómo sacar a Marbod el Bárbaro de este atolladero…

Próximo episodio: “Diálogos de los dioses”.

2 comentarios:

murinus2009 dijo...

Este capitulo deja un buen e insoluble "Cliffhanger".
Tomando en cuenta que en la historia habla de y hay dioses, creo que la salida mas probable es un "Deus ex machina" de toda la vida, ¿Poseidon será el salvador?

Otras opciones:
-Drusila saltando para salvar a su amado (me refiero a la esposa de Marbod la otra Drusila ¿quien sabe si haría algo heroico?)
-Marbod y Caligula mueren, van al Hades y ahi se decidirá quien es digno de ser un dios, mediante pruebas tipo "Trabajos de Hercules".
Siendo Marbod capaz de todo, aprenderá a sobrevivir bajo el agua, salvara a -Caligula, (para matarlo el mismo), pero los pretorianos lo impedirán en el ultimo momento.
-Al estilo "Sea Quest" (¿alguién mas aparte de mi recordará esa serie y de lo que voy a hablar?), en donde tras un Cliffhanger en el que
El Sea Quest viaja (es llevado) a otro planeta, a combatir una Tiranía.
Entra en "Batalla Decisiva" (hasta arma sus misiles nucleares).
Es hundido (hasta se ve el boquete que le hacen en proa).
Solo quedan 2 sobrevivientes: en una balsa, sin recursos, sin aliados y en un planeta acuatico que no es el suyo...

¿Como resuelven ese Cliffhanger?

No lo resuelven.

En la siguiente temporada, han pasado 19 o 20 años en la Tierra y todos aparecen (son regresados) sin daño alguno (ni siquiera envejecierón) incluso el Sea Quest (ni rastro de su boquete en proa).
Se cambia de protagonista principal (capitan del Sea Quest) antes era Roy Scheider y ahora es Michael Ironside.
De la "Batalla Decisiva" de la temporada anterior... nadie habla, ni hay flash backs, o recuerdos, si acaso Roy Scheider llega a decir que "Fue un milagro salir de "Aquello"...".

No se como se le llama a este recurso:
"Barrer bajo la alfombra".
"Variante de "Deus ex machina".
Yo lo llamo "La Salida Estilo Sea quest".

¿Que usará el cronista de Marbod luego de el alcohol que piensa consumir?, lo sabremos en el siguiente capitulo en Marzo de 2017.

Guillermo Ríos dijo...

Irónicamente, creo haberlo comentado en otra parte, (spoiler) la opción de Calígula y Marbod el Bárbaro enfrentándose en el Hades era el final planificado en el primer boceto de la historia, pero después lo cambié por uno que es mucho más acorde a la premisa de la historia, creo yo.

Si hay algo que odio, es que una historia deje cabos sueltos en el aire, uno se pregunta qué pasó después, y a vuelta de comerciales, resulta que todo se arregló fuera de cámara. Eso es bellaquería pura y dura. Una de las primeras cosas que aprendí en el negocio de escribir: nunca arrojar a los personajes de cabeza en una situación X, sin tener una idea más o menos clara de cómo va a rematar esa situación X. Es fácil para uno como escritor, pero el lector se siente trampeado, y con razón.

Related Posts with Thumbnails