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domingo, 17 de enero de 2016

David Bowie: La rareza espacial caminó entre nosotros.


Empezamos el año 2.016 desayunándonos con una de las pérdidas más sensibles del panorama actual: el fallecimiento de David Bowie. Hay gentes cuya defunción será material de papel cuché, pero que en realidad no echaremos de menos, como por ejemplo Isabel II de Inglaterra con sus 89 años a cuestas, en los cuales no nos regaló ninguna obra artística para la posteridad, o ningún gran descubrimiento científico, o... nada, en realidad. O gentes que sí le dieron cosas buenas a nuestra vida, pero de quienes ya se espera que suceda en cualquier minuto porque bordean el centenario, como Kirk Douglas, Olivia de Havilland, o Nicanor Parra. Y luego están esas otras gentes que no eran tan mayores, pero cuya presencia seguía alegrándonos la vida, como David Bowie o Alan Rickman, otro que también partió en estos días. Y que además se tienen más que merecido el calificativo de genio, cual era el caso del señor Bowie.



No cabe duda de que Davdi Bowie fue una de las personalidades más acusadas y prominentes de la cultura de la segunda mitad del siglo XX. Es también uno de los pocos que se merece sin paliativos el calificativo de genio, dentro de ese gigantesco ámbito de la música popular que es el continuum integrado por el pop a un lado y el rock y aún el metal por el otro. Nadie duda de que The Beatles, por ejemplo, es una de las bandas más influyentes de todos los tiempos, como que todo el pop hipster de los últimos cincuenta años es casi una nota a pie de página de su legado musical, pero ellos eran cuatro cabezas pensando; cuando se pelearon y decidieron seguir cada uno por su cuenta, y con la posible excepción de George Harrison a ratos, ninguno alcanzó el mismo nivel de genio. The Rolling Stones es por su parte una de las bandas más seminales del Rock, pero después de su primera década, empezaron a repetirse de manera lastimosa. Björk ha sido una de las personalidades más carismáticas de la música electrónica, pero salvo su período de estallido en la cultura popular durante la segunda mitad de la década de 1.990, en realidad no ha tenido gran llegada más allá de la cultura hipster. Y acá en la Guillermocracia ya hemos discutido que gentes como Michael Jackson o Gustavo Cerati, siendo músicos muy competentes, no eran tampoco los genios que sus fanáticos quieren que sean.



El caso de David Bowie es muy distinto. Mientras que otros creadores se sienten felices, pasados unos años, de encasillarse en determinadas fórmulas y seguirlas explotando con mayor o menor éxito, Bowie siempre tuvo la voluntad de empujar los límites más allá. Cuesta verlo desde hoy en día, considerando que podemos escuchar todas sus canciones en un compilado de grandes éxitos y vemos su sello omnipresente en todas, pero su paso desde el Glam Rock hasta la Trilogía de Berlín fue en su día un movimiento extraordinariamente revolucionario, y si bien no podemos decir lo mismo de su etapa New Wave, no es menos revelador que tuvo un enorme éxito reinventándose por completo a sí mismo. Desde la década de 1.990, su estrella se fue apagando un poco, pero no realmente por falta de creatividad, sino más bien por ese afán de ir siempre a su bola, que lo llevó a desaparecer un resto de la cultura popular. Pero esto no es un demérito; como sabemos, si los que entienden de Música fueran en definitiva quienes entregan el éxito a los artistas, entonces Lady Gaga estaría sirviendo nuggets de pollo en un local de comida rápida.

La muestra del genio de Bowie está en haberse deslizado por tantísimos estilos musicales distintos, y aún así habérselas arreglado para crear canciones sólidas como una casa en todos ellos. Porque más allá del sello peculiar de Bowie al fondo, no pueden ser más distintos un tema de Rock Psicodélico como Space Oddity, una balada Glam Rock como Starman, un himno Post Punk como Heroes, un temazo New Wave como Let's Dance, una rendición Techno como Real Cool World, un infierno industrial como The Hearts Filthy Lesson, o el oscurísimo híbrido de electrónica y Jazz Rock que es Blackstar. Más allá de pertenecer a estilos distintos, todos ellos tienen en común el no aceptar la fórmula: lo que Bowie hizo en cada uno, es tomar lo más esencial del estilo, y trabajarlo hasta hacerlo encajar con su propia personalidad, a diferencia de otros artistas que buscan desesperadamente encajar en el estilo de moda hasta el punto de olvidar su propio yo.



Esto también entrega un sello peculiar a sus presentaciones en vivo. Bowie estaba constantemente trabajando sus temas antiguos, de manera que en conciertos más recientes, los mismos no siempre sonaban como en el disco de origen. Lo que por supuesto es un valor: para escuchar una copia al calco del tema original, mejor escuchar el disco de estudio y ahorrarse el material en vivo, que por lo general tiene un sonido mucho más anárquico y por lo mismo más proclive a mostrar los problemas y errores. Compárese por ejemplo la versión original de The Man Who Sold the World de 1.975, un tema de Glam Rock puro y duro, con su versión en vivo para MTV Europa en 1.995, que se decanta más bien por la electrónica propia de la época, y lo hace además con todo estilo y elegancia.



Parte importante de la fuerza motriz tras la música de Bowie era, irónicamente, su actividad no musical. Bowie era ante todo un tipo que gustaba de las perfomances, como queda muy en evidencia en sus presentaciones en vivo. Pero la perfomance en Bowie no era un reemplazo de una música que sin esa grandilocuencia hubiera pasado como algo mucho más simple y menos interesante, como es el caso de Michael Jackson, sino que era todo parte de un mismo espectáculo. En cierta medida, puede apreciarse un cierto parecido entre David Bowie y Richard Wagner, el compositor de óperas del siglo XIX, en el sentido de que ambos no veían lo suyo simplemente como música, sino como una combinación de éstas y otras artes, hasta llegar a producir lo que Wagner llamaba una Gesamtkunstwerke, una obra de arte total. Wagner planificó de esta manera su obra cumbre, El Anillo de los Nibelungos, y en una perspectiva wagneriana, escucharla sólo por la música es tener un acceso muy pobre a ese material. Con Bowie pasa algo similar: la música es parte de un todo más grande que está conformado por la imaginería bowiana. Algo que fue llevado al paroxismo con su disco 1. Outside, una verdadera ópera electrónica que, según anunció Bowie, iba a ser el primer disco de una trilogía, pero que después, por una razón u otra, decidió no seguir adelante, un poco como si Wagner hubiera decidido estrenar El oro del Rhin y prometer otras tres óperas en su saga de los Nibelungos, y después dedicarse a componer otras cosas.

Esto hace que el tránsito de Bowie por el cine sea mucho más natural que el de otros artistas intentando desesperadamente copar más de un mercado. Ahí tenemos como ejemplos, los estruendosos fracasos que han cosechado Britney Spears o Madonna, exceptuada Evita de esta última. En cierta medida, podemos decir que Bowie tampoco fue exitoso en el cine... pero es que tampoco quería ni le interesaba serlo, o al menos, no según los cánones habituales que miden el éxito por la recaudación o el número de Oscares sobre la repisa. Bowie era la primera opción para Max Zorin, el villano Bond de En la mira de los asesinos, pero no le gustó el guión, de manera que rechazó un rol por el cual otros actores hubieran dado una mano y un pie por haber interpretado. O pudo haber trabajado bajo las órdenes de Steven Spielberg, pero no le interesó interpretar al Capitán Hook en Hook, precisamente. Se lo llegó a considerar muy en serio para el rol del Guasón en el Batman de Tim Burton, papel que como sabemos, acabó en las manos de Jack Nicholson; a mí no me cabe ninguna duda de que, de haber aceptado, el Guasón de Bowie hubiera sido algo extrañísimo, y desde luego muy interesante de ver.



Y en vez de eso, ¿en qué quiso aparecer? Como amante de una vampira bisexual en El ansia, la primera película del malogrado director Tony Scott. O como el Rey Goblin de Laberinto, película tan rara para su época que resultó un fracaso. O un cameo tan serio como el mismísimo Batman, en Zoolander. Y eso por no hablar de su inquietante rol en El gran truco de Christopher Nolan, un rol pequeño pero memorable como Nikola Tesla porque es el momento de la película en donde lo que ha partido como un thriller de suspenso se transforma definitivamente en una extrañísima película de Ciencia Ficción... con Bowie metafóricamente abriendo el portal hacia ese otro lado que se nos revela a los espectadores. Y todo eso por no hablar de su rol de alienígena en El hombre que cayó a la Tierra. Sería exagerado afirmar que David Bowie era un gran actor, porque probablemente no lo era; lo que hacía memorable cada personaje de Bowie en el cine, era su avasalladora personalidad, el aura de extrañeza que conseguía conferirle a cada personaje, incluso a los más mundanos o banales.

Es por todo eso que David Bowie ha sido la desesperación de todos quienes han querido imitarlo. Marilyn Manson se puso un lente de contacto blanco para homenajearlo, y trató de mezclar Rock Industrial con Glam Rock al estilo de Bowie, y los resultados no han envejecido exactamente bien. No pocos rockeros han intentado por su parte revivir el sonido glam de Bowie, y no consiguen verse más que como tristes imitaciones. Lo que les falta a las bandas influidas por el sonido de Bowie, es la voluntad de ser camaleónicas, el no entender que lo especial de Bowie no era su fórmula, sino todo lo contrario, su falta de fórmula, su afán de romper con lo preestablecido para probar cosas siempre nuevas. En definitiva, lo que estos fanáticos no entienden... es que un verdadero imitador de David Bowie terminaría por no parecerse a David Bowie en lo absoluto.



Por supuesto, esta voluntad de ir experimentando y cambiando, en cierta medida, le pasó la cuenta. David Bowie sacó casi una treintena de discos de estudio, sin contar el material en vivo, las compilaciones y rarezas, etcétera. Pero escucharlos entero de corrido puede ser una experiencia algo plúmbea. Los discos de Bowie no siempre son tan brillantes como sus canciones. Es el precio a pagar por la voluntad experimental: algunos experimentos resultan bien, y otros no tanto. Si me apuran, con un criterio estrictamente personal, y a falta de haber escuchado su literalmente último trabajo que es Blackstar, diría que los discos más redondos de Bowie son The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, o Ziggy Stardust para sus amigos, que en 1.972 se transformó en casi el manual de referencia sobre cómo hacer Glam Rock, Scary Monsters (and Super Creeps) que en 1.980 y después de su muy experimental Trilogía de Berlín hace una especie de síntesis entre ésta y su material más popero, y 1. Outside, su incursión en las aguas de la electrónica industrial que, por lo mismo, no ha recibido toda la valoración que debería. Los otros discos de David Bowie tienen sus más y sus menos; lo ya dicho, las mejores canciones son realmente brillantes, mientras que el resto del material no siempre sabe estar a la altura. Aún así, esto es mejor que las bandas adocenadas de acuerdo a un sonido, cuyo catálogo entero es más o menos agradable de escuchar, pero que por lo mismo, se neutralizan hasta el punto de no sacar ninguna canción de la que podamos decir realmente que es una obra maestra.

Todo lo anterior hace un poquito triste el hecho de que David Bowie, en su lecho de enfermo y ya casi encomendando el alma a quienquiera sea el dios de los rockeros, haya decidido despedirse todavía con un último disco, Blackstar, el primero en tres años y el segundo en más de una década, en otra muestra del enorme afecto que sentía Bowie por su público, y más aún, de la devoción casi religiosa que tenía por su propio arte.



3 comentarios:

Elwin Álvarez Fuentes dijo...

Pues he leído con mucho entusiasmo tu texto dedicado al gran Bowie, que también le sobrevivo con pesar por su partida. Al leerte me doy cuenta de que eres un fino experto en materia de rock (que en todo caso ya lo sabía por tus anteriores posteos al respecto). Te cuento que también hice mi homenaje a este gran artista, si bien me decanté por otros aspectos de su genialidad, siendo mi repaso algo más bien personal, que de carácter especialista como el tuyo.

Lore dijo...

La reina Isabel II perdió la mitad del imperio británico. Yo no se tanto de historia, pero apuesto que la pone entre las monarcas más perdedoras de todos los tiempos.

Respecto a Bowie, un maestro, aunque espero que no se vuelva una moda necrofila poser como le suele suceder a los artistas.

Guillermo Ríos dijo...

@Elwin_Alvarez_Fuentes, se agradece la valoración, y... bueno, espero en un rato más, o en el fin de semana, meterme al Cubil del Cíclope para ponerme al día. Saludos.

@Lore, a Isabel II de Inglaterra no la pongo entre las grandes perdedoras de todos los tiempos porque a la Corona británica casi no le queda poder efectivo, y si sigue ahí, es casi por respeto a la tradición, más que por otra razón. El verdadero desplome del Imperio Británico empezó cuando a consecuencias de la Primera Guerra Mundial, hubo una fuga brutal de capitales desde Londres hasta Nueva York, por el temor de que Inglaterra pudiera caer en manos alemanas, o al menos verse obligada a firmar una paz que la condenara a ser una potencia de segundo orden. Después de 1.918, la destrucción del Imperio Británico en realidad era la crónica de una muerte anunciada, e Isabel II que llegó tres décadas y media después al trono, no tuvo nada que ver en el entuerto.

En cuanto a Bowie, parece que en el par de meses desde su muerte, lo suyo ha ido quedando en segundo plano. Una lástima porque su legado se merecía más, aunque también un alivio de que no se haya vuelto carne de poser. Por el minuto, a lo menos.

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