domingo, 22 de noviembre de 2015

El nacimiento de la épica occidental: Siete puntos claves para entender a Homero.

Busto de Homero de la época helenística (siglos IV a I a.C.).
Si bien siempre es discutible el tema de qué escritor es el mejor en esto o aquello, pocas mentes eruditas dudarían en ubicar a Homero entre los diez más grandes autores de todos los tiempos. Las dos obras que hemos conservado de él, la Ilíada y la Odisea, son sendos monumentos de muchas cosas: de cómo se debe escribir una historia con aliento épico y personajes vivos, de cómo engarzar múltiples elementos narrativos en un todo cohesionado sin que la historia se caiga a pedazos, y de cómo dotar a toda esta arquitectura de una profunda filosofía de vida. Cada vez que alguien me dice que material shonen como Dragon Ball Z o Bleach no son meras historias de combate, sino que en el fondo se trata de historias con valores, sé que tengo adelante a un ignorante que jamás ha tenido a Homero entre las manos. Porque la Ilíada es el shonen definitivo, tanto por argumento como por profundidad espiritual, mientras que la Odisea es la narración de viajes definitiva; las dos obras prácticamente mataron al género en embrión, imponiéndose como modelos tan egregios que cualquier otra cosa posterior se siente como apenas una simple nota a pie de página.

Pero no es menos cierto que Homero es difícil de abordar para el lector moderno. Precisamente porque parece un shonen. Una lectura desatenta puede llevar al lector a preguntarse por qué tomarse la molestia, en vez de sentarse a ver Caballeros del Zodíaco. Lo que es un profundo error, por supuesto. Y es que los casi tres milenios que han pasado desde que se escribieron las obras claves de Homero, no pasan en vano. Homero escribía para una sociedad diferente a la nuestra, estructurada de manera distinta, con otra escala de valores, y con referentes culturales también diversos. Leer a Homero implica también hacer un esfuerzo mental por ponerse en la mente de aquellos primeros escuchas de los versos homéricos, que pensaban y veían el mundo de manera distinta a la nuestra. Y sin embargo, es un esfuerzo que trae aparejada una riquísima recompensa. Es por eso que acá en la Guillermocracia haremos un esfuerzo por explicar los aspectos claves para entender a Homero. Porque en definitiva, aunque algunos de sus rasgos literarios puedan ser casi alienígenas para nosotros, Homero habla de temas que en definitiva siguen siendo los nuestros: el honor, la amistad, la pasión, la esperanza, etcétera. Así es que, a continuación acá en la Guillermocracia, una breve introducción a Homero. Para que aprendan a darle a los maestros el respeto que se merecen.

1.- La ética de Homero es diferente a la ética cristiana.

Esto es una obviedad porque Homero escribió casi un milenio antes del origen del Cristianismo, y sin embargo, es sorprendente lo poco que se repara en esto. Aunque seamos cristianos a nuestra manera, agnósticos o ateos, la verdad es que seguimos muy influidos por las coordenadas éticas implantadas por el Cristianismo: así, cada vez que afrontamos una ficción, tendemos a identificarnos con el héroe y aborrecer al villano. Conceptos como sacrificio o redención, son medulares a nuestra ficción. Pero no para Homero. Porque él trabaja sobre la base de una ética distinta: la de la areté. Esto crea un efecto extraño en nosotros, ya que los personajes que son los oponentes del protagonista resultan a veces muy simpáticos, mientras que el propio protagonista a veces se comporta de una manera rampantemente odiosa, incluso maligna, para nuestros estándares actuales. Pero dentro de otras coordenadas éticas, las suyas propias, la manera que encuentra Homero para crear el drama es muy meritoria.

La apoteosis de Homero, pintura por Jean Auguste Dominique Ingres (1.827).
El concepto de areté (ἀρετή) puede traducirse de manera muy liberal como excelencia, y era el nervio principal de la mentalidad griega. Un hombre griego debía ser excelente en todo: como guerrero, como hombre de familia, como intelectual, y sí, también, como gimnasta. El filósofo Tales de Mileto, que vivió dos o tres siglos después de Homero, lo sistematizó de manera suprema: "τίς εὐδαίμων, "ὁ τὸ μὲν σῶμα ὑγιής, τὴν δὲ ψυχὴν εὔπορος, τὴν δὲ φύσιν εὐπαίδευτος" ("¿Qué hombre es feliz? El que posee un cuerpo saludable, una mente cultivada y una naturaleza dócil"). Esto contrasta con la virtud cristiana, que es puramente espiritual, y que además hace de la humildad y no la búsqueda de la gloria, el norte moral de las personas. Así, el conflicto en los héroes homéricos no radica en hacer el bien según los términos cristianos, sino en encontrar, defender y practicar la areté. Esto es lo que desata el conflicto de la Ilíada: la disputa por el botín de guerra entre Agamenón y Aquiles puede parecer mezquina, y los motivos de Aquiles para retirarse de la lucha mientras sus compañeros perecen en la batalla pueden parecer egoístas, pero de lo que se trata es de defender la propia areté. No es la renuncia de Aquiles a batallar sino su empecinamiento posterior frente al ruego de sus amigos de que regrese, lo que desata la tragedia: cuando el propio Agamenón le ruega volver a la batalla, Aquiles se niega, y esto es lo que lleva al encadenamiento de tragedias que es la muerte de Patroclo, la de Héctor, y el rescate de Príamo, que servirá para que Aquiles vuelva por fin en sí. A la vez, ni aqueos ni troyanos son buenos o malos bajo ningún concepto: son simplemente dos bandos enfrentados, ambos con sus respectivos héroes y su nobleza, y también cada uno con sus cobardes. Es decir, todo lo contrario a fantasías épicas de inspiración cristiana en donde hay un bando de héroes bien individualizados, frente a malvados puestos ahí sólo para ser carne de cañón, como El Señor de los Anillos por ejemplo. El concepto de areté es algo menos visible en la Odisea, en donde Odiseo lucha no contra hombres sino contra los elementos, pero aún así, la eterna devoción de Odiseo hacia su esposa (que no le impide tener sus aventuras sentimentales, eso sí), así como la conciencia de su responsabilidad como rey, ambos combustibles de su empeño para volver a Itaca, son el motor de la narrativa completa.

2.- Homero y la metáfora poética.

Hoy en día tendemos a leer a Homero en prosa. Y leído así, resulta un poco pastoso. Veamos el comienzo de la Ilíada: "Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves—cumplíase la voluntad de Zeus—desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles". Suena como engrudo, ¿verdad? El lector moderno puede preguntarse por qué no parte simplemente diciendo que Aquiles se enojó con Agamenón (el Atrida) por voluntad de Zeus, y esto dejó una hilera de cadáveres por el camino. Pero el punto es que Homero no escribía en prosa sino en verso, y en una forma muy particular: el llamado hexámetro dactílico, un tipo de verso de seis sílabas. En la época de Homero apenas había una tradición literaria escrita, e incluso es poco probable que el mismísimo Homero haya puesto los versos por escrito. Hasta donde podemos suponer, o lo dice la tradición, Homero era un aedo, o sea, un poeta que iba de ciudad en ciudad recitando sus versos. El lenguaje estirado era una necesidad: ayudaba a hechizar a la audiencia más o menos como los efectos especiales de las películas de hoy en día, además de favorecer la memoria, esto último esencial para alguien que recitaba sin leer.

Embajadores enviados por Agamenón para urgir a Aquiles a luchar, por Jean Auguste Dominique Ingres (1.801).
Sobre lo mismo incide una de las características más llamativas de la manera de escribir de Homero: los epítetos. Homero no se conforma con mencionar que está amaneciendo, sino que habla de la Aurora "de rosados dedos". O cuando se refiere a Héctor, no olvida mencionar que él es el "domador de caballos". Y así sucesivamente. En una novela moderna, escribir de esa manera es someterse casi al ridículo, pero considerando que la obra homérica era para ser recitada de viva voz y no leída, se explica. El epíteto cumple una doble finalidad: por un lado, ayuda a darle un perfil nítido a los personajes y situaciones, a caracterizarlos de una manera rápida y eficiente de manera que se muestren vivos en la mente, y en segundo término, la reiteración del epíteto permite a quien escucha el poema, incrustarse de mejor manera los personajes en el cerebro.

3.- El carácter primitivo de la sociedad que describe.

Uno de los pasajes más llamativos de la Odisea es el encuentro de Odiseo con Nausicaa (como pueden ver, Hayao Miyazaki no inventó el nombre femenino). Nausicaa es la hija de un rey, o sea una princesa, pero en su primera aparición está con sus amigas doncellas, lavando ropa en un río. ¿Cómo es posible que la mismísima hija de un rey esté rebajada a labores serviles? Simplemente porque el mundo de Homero es en general un mundo pobre. Incluso hasta la ciudad de Troya, considerada como opulenta dentro del universo homérico, es descrita como una ciudad bastante espartana. Esa es la razón también por la que los propios reyes van a la batalla incluso peleando a espadazo limpio en primera línea, en vez de operar como generales en la retaguardia: porque sus mentados ejércitos eran apenas hordas de soldados luchando unos contra otros. El universo homérico no es uno de lujo y esplendor versallesco, sino uno en donde apenas hay comercio o industria, y por tanto, casi no existe riqueza. Esto se ha visto confirmado por los testimonios arqueológicos. En general, la Grecia Clásica alcanzó estándares de riqueza mercantil recién más o menos en los siglos VII o VI a.C., o sea, bastante después de que Homero compuso sus poemas. Es decir, Homero describe una sociedad primitiva simplemente porque no conocía nada mejor.

Nausicaa por Frederic Leighton (hacia 1.879).
Esto es también evidente en la procedencia de muchas metáforas que usa Homero. Hoy en día, si una persona quiere ser entendida, hace comparaciones con elementos de la cultura popular tales como canciones, películas o series de televisión. Todos sabemos a lo que se refiere alguien cuando habla de "el lado oscuro de la Fuerza", o cuando canta "like a virgin". Pero el mundo de Homero era diferente: era un mundo de campesinos y ocasionales pastores de animales, y algún que otro pescador. Por eso, Homero debía espigar sus referencias en otra parte: en la naturaleza. Es por eso que en Homero, un guerrero cayendo al suelo, lo hace como un roble abatido por un rayo, por ejemplo. Entendiendo esto, es fácil admirar el talento que tenía Homero para conjurar imágenes vívidas en la mente de sus lectores. Hoy en día puede sonar algo melodramático, pastoril, o poco impresionante. Pero el verdadero talento consiste en la habilidad que tenía Homero para hurgar en el mundo natural a su alrededor, y convertirlo en poderosas imágenes narrativas.

4.- El Más Allá en Homero.

En alguna parte de Death Note, el protagonista Light descubre mediante el razonamiento que no existe un Más Allá: sobreviene la muerte, y no hay infierno, paraíso o ultratumba, sólo la disolución absoluta. Es algo chocante dentro de un universo narrativo en donde existen los shinigamis, los dioses de la muerte, aunque de eso se trata, porque es de Death Note que hablamos, después de todo. Pero lo chocante radica en que estamos acostumbrados a que nuestros mitos incluyan alguna especie de sobrevida. Incluso en Tolkien, en un universo en donde lo fantástico es parte de la realidad y por ende no justifica necesariamente una sobrevida como algo sobrenatural, existe la habitación de Mandos, una especie de benevolente Dios de la Muerte. Tenemos tan incrustada en nuestra mentalidad la idea de que la muerte no es el final, que esperamos encontrar ese concepto en nuestras narraciones. Eso también es la espina dorsal de nuestras historias sobre redención y sacrificio: esas cosas hacen sentido en nuestra narrativa porque el personaje que se sacrifica, resucita de una u otra manera, sea de manera simbólica como WALL-E, sea como fantasma como en Star Wars, o de manera literal como Neo en la primera entrega de Matrix. Después de todo, el héroe dudaría un poco más en sacrificarse si no hubiera una economía de la salvación de por medio, ¿verdad?

Homero arriba a las riberas del Hades, por Theodoor van Thulden.
En Homero, las cosas funcionan de manera distinta. Para Homero sí existe una vida de ultratumba, pero ésta es triste y desoladora. Los muertos, sean buenos o malos, se van a una especie de caverna subterránea en donde todo son sombras, y punto final. Los personajes de la Ilíada se refieren a esto varias veces, y en la Odisea, el protagonista desciende literalmente a los infiernos y conversa con sus antiguos camaradas de armas ya muertos. La escena es espeluznante: para conjurar a los muertos hay que derramar sangre, pero al hacerlo, éstos se abalanzan como vampiros, y están a punto de arrastrar al mismísimo Homero consigo. Este conocimiento cambia mucho de la moral de los personajes homéricos. Si ellos están dispuestos a afrontar los mayores peligros en busca de la gloria, es porque cualquier recompensa que puedan obtener, sólo la obtendrán en vida. En la muerte no hay nada que disfrutar ni que gozar. Aquiles prefiere incluso vivir una vida corta pero gloriosa, a vivir una larga y oscura, porque después viene otra vida todavía más larga y más oscura, la de la muerte. Y otro tanto pasa con los antagonistas. Los héroes homéricos tienden a ser egoístas, y no vacilan en matar a otros para cubrirse de gloria, es cierto, pero no es menos cierto que en realidad, si quieren algo en la vida, no tienen mayor alternativa, porque no hay un Paraíso con un San Pedro sosteniendo las llaves, para consolarse.

5.- Homero no escribe su historia de manera lineal.

Las versiones resumidas de Homero para colegiales siguen el viejo patrón de que el capítulo 1 refiere el inicio de la historia, los siguientes la desarrollan en orden cronológico, y el capítulo final es también la resolución del conflicto. Pero ésa no es la manera en la cual Homero cuenta su cuento, y esto por una muy buena razón: porque en Homero, las historias paralelas tienen también su importancia. Parte de la grandeza épica en Homero radica en su manera de jugar con la cronología interna del relato, trayendo a colación eventos en distintos lugares e incluso épocas en donde está el protagonista, y ampliando así el horizonte épico. El tema principal de la Ilíada, por ejemplo, no es la Guerra de Troya en sí, sino específicamente la cólera de Aquiles, como lo declara él mismo en los primeros versos de su poema, que citábamos más arriba. Pero para Homero, limitarse a esto hubiera sido un poco pobre. En realidad, la cólera de Aquiles es el pretexto que utiliza para hablarnos de un tópico mucho más general: el heroísmo. En la Ilíada, esto lo consigue injertando, a través de las conversaciones de los personajes, diversas referencias e incluso historias completas de otros personajes. Así, vemos que la cólera de Aquiles es sólo un episodio épico más de muchos, aumentando así el nivel de la epopeya.

Ulises y las sirenas, por John William Waterhouse (1.891).
Mientras que la Ilíada tiende a ser idealista al último, con un retrato positivo del heroísmo, la Odisea es algo más cínica e incluso a ratos, francamente existencial, por lo que sacarle jugo desde el punto de vista épico era más difícil. No en balde, las batallas son más épicas que las peripecias navales, por muchas tempestades y monstruos que se le meta al argumento. Esto, Homero lo soluciona con un giro elegante. Su historia parte con Penélope y su hijo Telémaco acosados por los pretendientes, y con un Telémaco ya casi adulto, marchando a buscar a su padre Odiseo. Recién entonces, la narración gira hacia Odiseo. Y no lo hace al comienzo de su viaje, sino que nos muestra la estancia de Homero entre los feacios y su bella princesa Nausicaa. Las aventuras previas de Homero con el cíclope Polifemo, con las sirenas, con Circe, etcétera, son narradas en flashback. Esto le permite a Homero una jugada maestra: no narra la historia completa de sus viajes, sino que selecciona lo más granado y mejor, metiendo bajo la alfombra el resto. ¿Cómo es posible que las peripecias de Odiseo, por muy largas que hayan sido, duren diez años? La respuesta: Porque Homero no nos ha contado todo, sino sólo aquello que es más relevante y espectacular. Como puede observarse, el juego de Homero con la cronología realza mucho la épica de una narración que, seguida en orden cronológico, hubiera sido quizás más aburrida. Cuando imitó a Homero con la Eneida, Virgilio no entendió demasiado este punto, siguió un esquema lineal, partió con el Caballo de Troya, las aventuras de Eneas con Dido, y las guerras de Eneas contra los latinos, pero no siempre consigue mantener el tranco ni el interés, precisamente por su obligación autoimpuesta de hilvanar el suceso C a partir del suceso B, y a su vez, a partir del suceso A.

6.- La estructura episódica en Homero.

Tan interesante como la estructura cronológica que sigue Homero para narrar su cuento, es la manera como arma y remata los episodios. Homero no se anda con filigranas. Es plenamente consciente de que sus audiencias esperan batallas, peripecias, acción. Como el esquema seguido por Homero es bastante episódico, esto obligaría a una serie de introducciones y epílogos que serían otras tantas trancas en el desarrollo de la narrativa. Esto, Homero lo soluciona de una manera maestra: limita la introducción de cada episodio al mínimo, y luego llena de carne tanto el desarrollo como la conclusión. Y a continuación de lo anterior, remata con un epílogo rapidísimo, dejando todo amarrado y bien amarrado, incluso de manera precipitada, para presentarnos el nuevo episodio. Esto evita que argumentos reiterativos lleguen a ser aburridos: a la Ilíada sigue siempre una batalla detrás de la siguiente, y en la Odisea se trata de una peripecia de Homero detrás de la otra. Es decir, todo lo contrario que Dragon Ball Z, por ejemplo, con todo su infame relleno antes, durante y después de las batallas.

Príamo pidiéndole a Aquiles el cuerpo de Héctor, por Alexander Ivanov (1.824).
Esta manera de introducir y despachar los episodios, pone de relieve también cuáles eran los énfasis que interesaban a Homero. Tanto la Ilíada como la Odisea tienen epílogos que al lector moderno pueden antojárseles larguísimos. Un escritor moderno hubiera rematado la Ilíada con Aquiles matando a Héctor, que es la gran escena de acción final, pero Homero sigue adelante: refiere el rescate del cuerpo de Héctor por Príamo, y luego los juegos funerarios en honor de Patroclo. Y otro tanto ocurre con la Odisea, que no termina con Odiseo masacrando a los pretendientes, que sería el gran final para el escritor moderno, sino que añade todavía otro episodio más, en donde Penélope y Odiseo por fin se reencuentran. Pero en Homero, esto tiene su razón de ser. Homero nunca pierde de vista que está tratando con personajes de carne y hueso, no con asesinos robóticos estilo Hollywood. Estas escenas sentimentales con las cuales cierra sus obras, tienen por objeto recordarnos qué ha sido lo que ha estado en juego a lo largo de toda la obra. El drama principal para Homero no es el conflicto del bien contra el mal, como ya detallamos, sino el conflicto interior de cada personaje; así, el conflicto final de Aquiles contra Héctor, o el de Odiseo contra los pretendientes, no representan el final sino el inicio de la resolución de la obra. El verdadero acento de la obra no está puesto en el conflicto entre personajes, sino en su vida interior. Curiosamente, el abrir y rematar con rapidez los episodios intermedios, pone aún más relieve este punto, al utilizarlo en finales algo lentos para la mentalidad moderna, pero muy significativos dentro suyo.

7.- La psicología de los personajes homéricos.

Muchos eruditos literarios piensan que la literatura psicológica es un invento del siglo XIX. Y esto es una mentira cochina. Los personajes de Homero no son meras máquinas brutas de matar, o héroes simplones de afrontar mil peligros con una sonrisa. Pero en una lectura casual, sí podría parecer que los personajes de Homero son planos porque Homero jamás se detiene a explicarnos qué es lo que están pensando. En vez de ello, lo que vemos es que cada personaje declama parrafadas a veces bastante largas, y recibe de respuestas otras parrafadas. En Homero hay algo de teatral, en que vemos la externalidad de los personajes. Homero pareciera no tener el concepto de vida interior, y no lo plasma en su obra... a primera vista.

La ira de Aquiles, por Jacques-Louis David (1.819).
Como dijimos, la obra homérica era para ser escuchada, no leída, por el auditorio. En estas condiciones, el autor no puede permitirse el lujo de ser demasiado abstracto. El lector debe conjurar imágenes en la mente de sus escuchas, y éstas deben ser bien concretas. De ahí que en Homero se presentan dos características muy interesantes. Por un lado, la teatralidad de la que hablábamos, y que es análogo al recurso del monólogo por el cual los actores del teatro explican a sus personajes frente a la audiencia. Y por el otro, el uso que hace Homero de los dioses. Porque en efecto, mucho de las interacciones de los personajes con los dioses sirve para hacer eco de la mentalidad de los personajes. Como Homero no explica la interioridad de éstos, no podríamos saber... pero sabemos gracias a que los personajes hablan de viva voz con los dioses. En la Ilíada, por ejemplo, en un minuto Aquiles es refrenado por Atenea invisible para matar a Agamenón; es posible que Homero lo escribiera de manera literal, pero leído en clave psicológica, es una manera de exteriorizar el conflicto interior de Aquiles, sin tener que abrir la caja negra de su mente. Y en la Odisea, la constante aparición de Atenea ayuda a que se nos perfile la interioridad de Odiseo, un personaje que por definición es un solitario, como único sobreviviente de su propia expedición. Es decir, los personajes de Homero sí tienen una psicología, pero la manera de expresarla es una adecuada para el público escucha de su época, no necesariamente para los lectores de la nuestra.

Estatua de Homero en la Biblioteca Estatal de Baviera (Bayerische Staatsbibliothek), en Münich. Fotografía de J Williams (2.006).

2 comentarios:

Cidroq dijo...

Creo que la clave para entender y apreciar como debe ser a Homero y en general a toda obra extemporanea, es saber acotarse a los parametros que existian en la epoca en que se creo, si se logra eso, creo que se le puede sacar mayor jugo.

Guillermo Ríos dijo...

Creo en eso a medias. Una parte de entender la obra es comprender la intencionalidad del autor, por supuesto, pero otra también es qué elementos puedo extraer de ella y que sean beneficiosos para mí, tanto intelectuales como de mera entretención. Por supuesto, para esta segunda operación, uno se beneficia mucho de saber qué era lo que quería decir el autor en primer lugar, incluyendo algo sobre su contexto histórico, técnicas narrativas, etcétera.

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