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domingo, 1 de marzo de 2015

6 cosas que los actuales escolares no sufren en sus investigaciones.


Por lo general, el período que abarca una generación, o lo que llamaríamos un recambio generacional, se mide en 30 años, tiempo suficiente para que una persona nazca, crezca, madure, se case, y tenga hijos a su vez. A veces sucede que el plazo se alarga a 40 años, como le pasó a Moisés, pero ésa era la edad de los patriarcas, en donde un Matusalén podía vivir 969 años y todos tan contentos aunque no había Libro de Record Guinness en la época. Aunque considerando lo precoces que están los chicos hoy en día, podríamos hablar de generaciones de 15 años, porque si la hija sale suelta, una madre también suelta a los 30 ya puede ser abuela. Pero en fin... treinta años. ¿Cómo era el mundo de la investigación escolar hace treinta años? En ese tiempo, los profesores enviaban trabajo para las casas, y los sufridos escolares debían llegar al colegio cargando con una copia física del mismo. En los treinta años intermedios llegó Internet, y con ello, la manera de hacer estas investigaciones cambió de manera radical. No sé si para mejor. Porque las nuevas generaciones están cada vez más acostumbradas a que la electrónica lo haga todo, en vez de usar la vieja regla de cálculos, la querida tabla de logaritmos, el ábaco, la pluma de ganso...

Por eso, a continuación, un repaso sobre esas seis torturas que eran el pan cotidiano de cada día de un estudiante de hace treinta años atrás, pero que el actual no debe afrontar a la hora de hacer un trabajo de investigación.

Y valga una nota, porque es de bien nacidos ser agradecidos. Este posteo vino en buena medida einspirado por sendos posteos de El Cuchitril de Cidroq, uno sobre las máquinas de escribir y otro sobre los mecanorma. Ojalá que esa serie sobre los objetos del pasado que ya no son, siga adelante y no se quede estancada como cierta otra serie que iba a repasar las últimas décadas de año en año, y desde 1.986 que no pasa nada... Desde la publicación referida a 1.986, no desde el año 1.986 propiamente tal, por supuesto, valga la aclaración, porque después no falta la gente despistada que cree lo contrario. Y ahora, sin darnos más vueltas...

1.- El viaje a la biblioteca.

Si el profesor se le ocurría mandar una investigación sobre los animales poiquilotermos, o sobre los manieristas, o sobre el debate entre culteranos y conceptistas, las cosas podían ponerse bastante ácidas para el estudiante. ¿De dónde iba a sacar información sobre el particular? En la actualidad es fácil: basta con meterse a Internet y guglear. O copiar y pegar desde la Wikipedia en español, aunque la propia mecánica de la Wikipedia tiende a expulsar a los buenos escritores y preservar a los mediocres. Pero hablamos de la década de 1.980, y allí no había Internet; en esa época los computadores servían apenas para matar figuritas abstractas en 8 bits que, se suponía, representaban enemigos comunistas comeniños de Occidente. Por no existir, no se había inventado ni siquiera la mítica Enciclopedia Encarta. Algo podía hacerse, si se tenía la suerte de estar al alero de un pater familias preocupado por la cultura, o que al menos hubiera coleccionado los 487 tomos de la Enciclopedia Larousse por fascículos que se publicaba en tal o cual diario en eras anteriores a las fotos de chicas con siliconas. Pero, ¿y si no? En ese caso, no quedaba más remedio que ir a la biblioteca. La primera era la biblioteca del colegio, por supuesto. La cual solía ser insuficiente porque el colegio compraba libros un poco al buen tuntún, más por instinto que por verdadero criterio pedagógico. De manera que la segunda escala solía ser la biblioteca municipal. Que también solía ser insuficiente porque la biblioteca municipal compraba libros un poco al buen tuntún, más por instinto que por verdadero criterio pedagógico; o eso, o había contubernio con tales o cuales editoriales. De manera que, raspando de dos o tres libros medio cayéndose a pedazos, había que armar algo. Así es como uno terminaba extrayendo información sobre el planeta Venus de un manual de la década de 1.950 con imágenes en huecograbado, en donde se explicaba que tal mundo era un pantano carbonífero repleto de dinosaurios, en la feliz ignorancia de que tales informaciones ya estaban por completo desactualizadas. La buena fortuna es que el profesor no solía estar mucho más actualizado. Considerando lo poco que vale actualizarse para un profesor, es una fortuna que ellos tengan un retraso de apenas diez años respecto de la punta del conocimiento en su área específica.

2.- El tipear el trabajo a máquina.

El tipeo no ha desaparecido, porque las eternas promesas de que llegarán computadores que escribirán al dictado frente al micrófono, no han terminado de cuajar del todo, a inicios de 2.015 por lo menos. Este posteo, por lo menos, se está escribiendo en un QWERTY de toda la vida. Pero hay una diferencia entre escribir un trabajo en computador, y hacerlo a máquina, cual era la expresión utilizada respecto a las viejas máquinas de escribir o máquinas mecanográficas. Repasemos las varias ventajas que tiene hacer un trabajo en la actualidad, versus la sufrida máquina de escribir. Primero, la autocorrección, en que si uno mete la pata tipeando, el propio computador se corrige. Segundo, el subrayado en rojo de las palabras que el computador no reconoce (incluyendo, dentro de este posteo, los términos autocorrección, tipeando y posteo). Tercero, el redactar un párrafo entero de nuevo simplemente tipeando más. ¿Y cómo eran las cosas en la era de las máquinas de escribir? Autocorrección un sorbete: o uno sabía cómo se escribía una palabra, o tenía un buen diccionario al lado, o de lo contrario, a rogar que el profesor tuviera mala ortografía (lo que en esa época, a diferencia de ahora, era un casi imposible). Y si uno erraba la redacción, no había más remedio que escribir la página entera de nuevo. En la época era frecuente escribir el trabajo dos veces, primero a lápiz sobre un cuaderno o sobre hojas sueltas, y hacer ahí todos los borrones y enmendaduras que fuere menester, y luego traspasarlo a máquina. Por supuesto, si uno metía la pata con una tecla, siempre quedaba el líquido corrector, la celebérrima botellita de Typp-Ex, que hoy en día parece haber desaparecido de escena. Pero tampoco se podía abusar demasiado del Typp-Ex: entregar un trabajo lleno de manchones blancos no era la mejor manera de causar buena impresión.

3.- El tener que copiar párrafos letra por letra.

En todo trabajo académico llega el momento en que se debe citar. El texto original lo explica tan claro y bien, que no vale la pena redactarlo por uno mismo. Hoy en día eso es fácil: se copia y pega desde la fuente, y asunto arreglado. Pero hablamos de la era de las máquinas de escribir. En la época, la única alternativa válida era tipear letra por letra. Si el texto a copiar era un párrafo entero, había que leer palabra por palabra, tipear palabra por palabra, vigilar que no hubiera un solo error... una pesadilla. Uno podía casi sentir la presión física y psicológica de los copistas medievales cuando escribían la Biblia completa en sus escritorios, armados únicamente con sus plumas de ganso... y en latín. Por supuesto, esto obligaba a ser mucho más selectivo con lo que se copiaba, porque copiar era un esfuerzo. Es decir, nada de fusilarse la página entera pertinente de la Wikipedia, copiarla y pegarla, y entregarla sin más. Por supuesto, había una ventaja correlativa: si uno sacaba una información de un libro que el profesor no conocía, no había manera de que éste se enterara de algún eventual plagio. Incluso gente profesional podía mandarse las partes: fue muchos años después que me enteré de que el connotado historiador sueco Carl Grimberg, cuya historia universal me leí entera dos veces cuando todavía no salía del colegio, una buena parte del Imperio Romano se la redactó fusilándose a Suetonio a veces casi palabra por palabra. De todas maneras, hablamos de una época en que por cada materia había cuatro libros y nada más que cuatro libros, así es que existía una buena probabilidad de que el profesor se los conociera todos, de todas maneras. Hoy en día, en cambio, el copiar y pegar vale en ambas direcciones. Para el alumno, por descontado. Pero también para el profesor que a su vez copia y pega, luego busca la expresión en Google, y el plagio sale nítido y diáfano. Los tiempos antiguos podían ser terribles para la actividad intelectual, pero también tenían sus ventajas.

4.- El recortar las figuritas de los libros.

Los profesores parecían saber mejor que uno. Después uno crece y descubre que no es necesariamente así. Pero más sabe el zorro por viejo que por zorro, y tenían una noción y conciencia clara acerca del origen de las figuritas que los estudiantes pegaban en sus trabajos. En la época no existía el formato JPG ni el PNG. Ni siquiera el tosco y primitivo GIF. En la época, los computadores eran únicamente de texto; la tecnología estaba tan en pañales, que un juego de 8-bits en donde se reconociera la figura que uno tenía delante, ya era un prodigio. En esas condiciones, las imágenes debían salir por fuerza de... los libros. Esos que siempre han sido caros de recortar. Las casas de la época tenían siempre a lo menos una o dos enciclopedias, a veces de bonito papel cuché, con evidencia de haber pasado las tijeras por ahí. Para ira y desesperación de los padres. Pero ya en la época existía la economía del emprendimiento, y a la ristra salieron las láminas recortables, y las salvadoras láminas de Mundicrom. Estas venían en sobres de plástico y traían, o bien una lámina recortable, o bien varias estampas sueltas. A estas sacrificadas estampas se debe la salvación de numerosas enciclopedias de la época. Que hoy en día están desactualizadas, de todas maneras.

5.- El insertar los mecanorma.

Si el trabajo en cuestión debía tener algún aspecto gráfico, había que apañárselas en solitario para dibujar una buena letra. Se hiciera como se hiciera, el alumno afrontaba siempre la frustración de que nunca, jamás, iban a quedar igual que un cartel publicitario. A veces, se tenía algún compañero que se demoraba horas en escribir algo con grandes letras góticas, pero pedirle que hiciera lo propio por uno era imposible. En particular, no si él había desarrollado la afición por la caligrafía luego de haber hecho un curso de especialización en dibujar el logotipo de Metallica anterior al Black Album, y uno todavía escuchaba... las cosas que escuchaba en ese tiempo. Frente a eso, la única salvación posible eran los mecanorma, unas tiras de plástico con letras pegadas; uno aplicaba la tira sobre el papel, raspaba con un lápiz, y la letra pegada se transfería mágicamente. Los mecanorma, habitantes habituales de las librerías de la época, fueron desapareciendo con rapidez a medida que por los computadores fueron pasando el WordStar primero, el WordPerfect después, y el Microsoft Word de Windows al último. Cuando Internet hizo posible descargarse cientos y cientos de archivos TTF (True Type Font) y disponer por lo tanto de un rosario hasta la fecha desconocido de letras con las cuales trabajar en el computador, aquello fue el clavo final. Descansen en paz, benditas mecanormas.

6.- El tener que entregar una copia física al profesor.

¿Y qué se hace cuando el trabajo está por fin listo? En la actualidad es sencillo, basta con convertirlo en un archivo PDF, o incluso guardarlo como un DOC de toda la vida, y se envía por correo electrónico. El cual sigue teniendo alguna utilidad, a pesar de estar bastante de capa caída frente a los Guasáp o la mensajería de Facebook. Pero en la época no había correo electrónico. Es más, no había Internet. Cada computador era una isla solitaria y aislada, sin conexión en red, una Isla de Pascua informática en medio de una Polinesia de computadores. De manera que se debía tipear el trabajo a máquina, lo ya dicho. Luego, la opción fácil era agarrar la perforadora, meter un par de agujeros a cada hoja, que uno ya había dejado con un generoso margen para la contingencia, e introducirlo dentro de una carpeta con archivadores. Y si realmente había presupuesto, y ganas de dejar mal parado al resto de los compañeros y sus humildes carpetas, podía mandarse anillar. Aunque ésta era opción para millonarios, porque, ¿para qué gastarse un dineral en anillado, cuando por ese mismo dinero uno se podía comprar una decena o veintena de fichas para meterlas en las máquinas arcade y jugar al Bubble Bobble? El día de la entrega venía el espectáculo en la mesa del profesor, de una veintena o treintena de carpetas apilándose, todas ellas forradas en un plástico tan resbaloso que el montón amenazaba con venirse abajo con cualquier movimiento brusco. El aspecto positivo es que se hacía visible el trabajo que iba a tener el pobre profesor en leer todo ese montón de marranadas escritas a última hora con visibles atentados incendiarios a la gramática y ortografía interesantes y esforzados trabajos de investigación hechos con todo esmero y dedicación. Mientras que hoy en día, al viajar los archivos por Internet, todo ese trabajo se hace invisible, y es más fácil olvidar todo lo que los profesores se sacrifican por los alumnos.

Eran otros tiempos, en definitiva.

Y eso que hace 30 años, ya se había desterrado la bendita palmeta.

Luego se preguntan por qué las nuevas generaciones están saliendo como están saliendo.



3 comentarios:

Cidroq dijo...

Gracias y ouch, por la mención jeje, aunque ya está publicado el año 1987, si sirve de algo a mi defensa jaja . Gran representación de la época, tienes razón, esas láminas recortables eran la onda, respecto a las bibliotecas, en mi caso era la de un municipio pequeño, a la que caían las sobras de los más grandes, pero siempre era una aventura buscar lo que te habían pedido

Seanna dijo...

Yo soy tan de las nuevas generaciones, que sólo me ha tocado las láminas recortables (monografías las llamamos aquí) y que me sacaron más de una vez de un buen apuro.
Por lo demás, no sé si lamentarme por la flojera de mi generación (que sí, si lo es), o alegrarme porque nuestra vida ha sido muchísimo más sencilla.

Guillermo Ríos dijo...

@Cidroq, ésas son las cosas que ocurren cuando se deja un posteo programado en el congelador durante unos cuantos meses, que en el intertanto la serie de posteos en cuestión se reactiva y nos regala la entrada correspondiente a 1.987. En mi caso, la biblioteca municipal era la de una de las ciudades más importantes del país, y... el estado de actualización y conservación de los libros era algo que daba pena. Era de verlos y ponerse a pensar con qué se las barajaban en las ciudades realmente de provincia. Es una suerte que en mi casa nunca faltaron los libros, porque en muchas materias estaba más actualizado en casa que afuera. Y una suerte para mis lectores también, porque eso me dio la formación necesaria para crear el espinazo cultural con el cual levanto día a día la Guillermocracia...

@Seanna, si sirve de consuelo, nuestros profesores decían que nosotros éramos la generación floja. Y es que, claro, a algunos de ellos en sus respectivas educaciones secundarias les tocó estudiar latín. Considerando que el común de la gente hoy en día a duras penas se las puede conjugando verbos en castellano, ya no digamos el parto que significaría tener que practicar declinaciones en una lengua muerta...

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