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miércoles, 12 de septiembre de 2012

¿De qué hablan los economistas cuando hablan de economía?

Adam Smith (1723-1790), fundador de la moderna teoría económica.
Nadie duda de que los economistas tienen un rol estelar en el mundo actual. La ciencia económica es considerada como el remedio y la clave para la solución de los problemas mundiales, en el discurso político al menos. Y no pocas gentes les hacen caso como si fueran oráculos. Por otra parte, está la ahora mítica imagen del economista que profetiza que todo marcha muy bien, mientras que por el contrario, todo pareciera marchar muy mal. Y claro, una explicación simple y breve sería que los economistas sólo dicen lo que los poderosos quieren escuchar. Pero esto también ha acarreado desprestigio sobre la economía como ciencia. Por lo tanto, antes de leer el diario o arrojar alguna piedra, metafórica o literal, bien podemos preguntarnos de qué hablan los economistas cuando hablan de economía. Porque a lo mejor todo lo que hay no es sino un monstruoso malentendido. Así es que, examinemos por un instante el discurso de los economistas, qué es lo que dicen, qué es lo que deberían decir, y cómo deberían decirlo.

Lo primero que debemos mencionar, es la separación entre ciencia económica y política económica. Dicho de manera muy simple, la ciencia económica es la descripción de cómo funciona la asignación de riquezas dentro de una sociedad. En otros términos, es la descripción de cómo las decisiones de los agentes económicos influyen en la creación o destrucción de riqueza para ellos y para los demás. La palabra clave aquí es descripción. La ciencia económica no recomienda ni receta nada: sólo se limita a decir cómo son las cosas. Una descripción hecha por la ciencia económica puede ser correcta o incorrecta, según si se ajusta a los hechos o no.

La política económica, por el contrario, se trata acerca de cómo queremos que sea la sociedad, en lo que a asignar recursos se refiere. La política tiene que ver con decisiones de orden valórico. Así, las decisiones de política económica no son correctas o incorrectas en lo que se refiere a la realidad, sino a una determinada escala de valores.

John Maynard Keynes (1883-1946), principal teórico del moderno estado del bienestar.

Un ejemplo práctico nos ayudará. Tomemos la afirmación clásica de que "si aumentamos la recaudación de impuestos, el Estado tendrá más recursos para invertir en programas públicos". Esa es una afirmación de ciencia económica, porque describe un hecho: si se recaudan más impuestos, en efecto las arcas fiscales estarán más llenas, y habrá más fondos para programas públicos o para lo que se tercie; asumamos para efectos que los funcionarios actúan con eficiencia a la hora de recaudar, y con corrección a la hora de resistir la tentación de no llevarse ese excedente para la casa, sólo para no complicar las cosas por el minuto. En cambio, la afirmación "deberíamos aumentar la recaudación de impuestos para que el Estado tenga más recursos para invertir en programas públicos" no es una afirmación científica sino política: no hay nada correcto o incorrecto en esa afirmación porque no estamos evaluando la realidad, sino expresando valores: consideramos que los programas sociales son tan importantes, que estamos dispuestos a sacrificar el bienestar económico de los privados para financiarlos. Si analizamos las afirmaciones contrarias, la diferencia se hace más aguda. La frase "si aumenta la recaudación de impuestos, el Estado tendrá menos recursos" es incorrecta, por razones que la más sencilla aritmética revela: esta afirmación no es científica. En cambio, no hay nada incorrecto desde el punto de vista científico con la frase "deberíamos disminuir la recaudación de impuestos, aunque el Estado tenga menos recursos", porque no estamos describiendo una realidad, sino sólo expresando un valor, a saber, que es mejor dejar el dinero en el bolsillo de los privados aún a costa de los programas sociales del Estado. Otro cuento es la corrección valórica de tal afirmación, lo que dependerá de la escala de valores de quien la formule. Así, un monetarista ortodoxo valoraría dicha frase de manera positiva, mientras que un socialista o comunista también ortodoxo la valoraría de manera negativa. Ese es un debate en el cual por supuesto no entraremos aquí: sólo queremos marcar la diferencia entre ambos grupos de afirmaciones.

Hasta ahí es muy sencillo. Pero las cosas se complican. Por un lado, la economía tiene una desventaja como ciencia: trata con gente. Un veterinario puede estudiar a un perro y un geólogo una roca, y el perro cuando mucho morderá al estudioso, y la roca cuando mucho aprovechará cualquier descuido del geólogo para vengarse resbalando y cayéndole sobre el pie; pero en principio, las opiniones del estudioso a la hora de estudiar al perro o la roca le serán indiferentes a estos sujetos de estudio. El economista, en cambio, si intenta observar la sociedad y operar sobre ella para experimentar, tendrá resultados que serán demasiado complejos para obtener conclusiones definitivas, en parte por la reacción de las personas, y en parte porque la sociedad misma es tremendamente compleja.

Además, están los intereses creados. Como con las afirmaciones de política económica no se puede decir que sean correctas o incorrectas, no hay manera de ganar un debate de esta naturaleza. Por lo tanto, los políticos y economistas suelen optar por el camino de disfrazar afirmaciones de política económica, como si fueran afirmaciones de ciencia económica.

Tomemos un ejemplo. Una frase recitada como mantra en estos días es "si flexibilizamos el mercado laboral, habrá más empleo". En realidad, la afirmación es cierta en términos de ciencia económica, pero este empleo será también un empleo de peor calidad, porque la misma ciencia económica enseña que al disminuir las protecciones al trabajador, el empleo se hará más precario. Lo que tenemos por lo tanto es una afirmación disfrazada de ciencia económica, pero que no lo es: es una afirmación de política económica. Lo que el economista o político de turno quiere decir en realidad es "debemos flexibilizar el mercado laboral, y que el grueso de los trabajadores sufra precarización es un mal necesario". El problema es que si lo dijera así, se encontraría con una violenta oposición por parte de quienes no quieren flexibilizar el mercado laboral, por lo que debe disfrazar sus afirmaciones como ciencia económica para tener un mínimo de respetabilidad. Y la gente que no entiende de la diferencia entre ambos grupos de afirmaciones, o se compra el discurso porque viene avalado por los aromas de santidad de una actividad científica, o lo combate por sus consecuencias prácticas sin darse cuenta de que la ciencia económica no es su enemiga porque esta última es valóricamente neutra.

Milton Friedman (1912-2006), principal exponente del monetarismo neoliberal.

Al prestarse al juego de venderse a la política económica, y en particular a ciertas políticas económicas bien conocidas en particular, los economistas han terminado por desprestigiar su propia disciplina. Los economistas tratan todo lo posible de que sus recomendaciones aparezcan avaladas por la ciencia, pero la trampa es que desde el momento en que dejan de describir y pasan a recomendar, ya no están actuando como científicos sino como políticos. Por supuesto que lo negativo no es que los economistas hagan recomendaciones políticas: nadie mejor que ellos para hacerlas, habida cuenta de que son los mejores expertos dentro del campo. Lo negativo es trasvestir afirmaciones políticas, que pueden ser cuestionadas desde el punto de vista valórico, y en última instancia de qué queremos como proyecto de sociedad, en afirmaciones científicas que estarían así blindadas de cualquier crítica valórica.

La ciencia económica es algo positivo, porque nos ayuda a entender cómo funciona la sociedad como un todo, y es la base para implementar políticas económicas. A la vez, la política económica es importante porque ayuda a guiar el funcionamiento global de la sociedad en lo que a asignación de recursos se refiere. Pero para obtener el mejor rendimiento de ambas actividades, la ciencia y la política, es necesario mantener las aguas separadas. Se pueden practicar ambas actividades incluso al unísono, pero sus conclusiones deben separarse. Si no se separan, el economista está pecando por falta de honradez intelectual.

Pero no debemos culpar de todo a los economistas que por ego académico o por intereses creados tratan de pasar ideologías por ciencia. También la culpa de este trasvestismo la tiene el grueso público. Si el común de la gente no entiende de economía y no sabe cómo funcionan las cosas, es fácil engañarle. En así que se allana el camino para que la práctica de la economía termine por transformarse en el mero recitar de mantras y consignas, tanto por parte de los liberales como de los socialistas, por ponerles nombre a las dos posiciones más importantes de los debates económicos cruzados. Nadie está diciendo que el grueso público deba tener un magister en finanzas o algo, pero entender cómo funcionan los aspectos más básicos de la economía ayudaría un montón a separar el grano de la paja, y a valorar la actividad de los verdaderos economistas por sobre los que fungen de portavoces de intereses económicos creados y más o menos inconfesos.

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