domingo, 19 de agosto de 2012

Crónicas Antrópicas 33 - "El descubrimiento del mundo microscópico".


Mientras en el siglo XVII se sentaban las bases conceptuales de la ciencia moderna, incluyendo la codificación del método científico, las ciencias de la vida iban a experimentar una muy profunda sacudida por el descubrimiento de todo un nuevo ámbito de investigación hasta entonces desconocido: el mundo microscópico. En realidad, mientras la Medicina, la Física y la Astronomía vivían profundas revoluciones, la Biología había permanecido un poco estancada en la Edad Media. En el siglo XVI, los estudiosos de la vida sólo se habían dedicado a clasificar plantas y animales, labor importante en sí misma, por supuesto, pero que no ayudaba a responder la cuestión más candente de todas: ¿qué es la vida, qué separa a lo vivo de lo inerte? En la época se aceptaban conceptos como la generación espontánea, por la cual lo vivo puede salir sin más de lo inerte. El principio de que toda vida procede de otra vida, que hoy en día es parte de la cultura común, en esa época era desconocido.



En el campo de la Optica, los titanes de los siglos XVI y XVII eran sin lugar a dudas los artesanos holandeses. Aunque perfeccionado por Galileo Galilei, el telescopio había sido en principio un invento holandés. A comienzos del siglo XVII ya había prototipos de un aparato que funcionaba en sentido inverso, para escudriñar en lo infinitamente pequeño, incluyendo un primitivo prototipo de microscopio creado por Galileo Galilei. Pero el salto de gigante fue dado por un especialista holandés llamado Antonie van Leeuwenhoek. La dedicación casi maniática de Leeuwenhoek a sus microscopios lo llevó pronto a hacer uno de los más trascendentales descubrimientos en la historia científica de todos los tiempos: la vida microscópica.



Van Leeuwenhoek es el primer estudioso dedicado ciento por ciento a la investigación de lo microscópico. Su curiosidad insaciable no conoció límites. Su hallazgo más desconcertante fue la existencia de pequeños animalitos invisibles a simple vista: van Leeuwenhoek había dado con los microbios. Hoy en día estamos acostumbrados a que el universo funciona a distintas escalas desde lo atómico a lo cósmico, y por lo tanto este descubrimiento pareciera no demasiada cosa. Y sin embargo, en la época significó una revolución mental: se trataba de admitir nada menos que la existencia de todo un universo nuevo y distinto, más allá del campo de observación habitual del ser humano. Poco a poco, la mentalidad científica debió habituarse a que el universo estaba lejos de haber sido diseñado para el ser humano, y que había cosas que serían quizás desconocidas para siempre, si no se contaba con los aparatos para escudriñarlas. Van Leeuwenhoek le sacó un enorme partido a sus microscopios, de los cuales llegó a fabricar unos doscientos, y descubrió también los capilares sanguíneos, los patrones microscópicos de las fibras musculares, y los espermatozoides, a los cuales bautizó (el nombre significa "animalito semilla" en griego).


Van Leeuwenhoek comunicó sus descubrimientos a la Royal Society de Londres, que en ese tiempo se consolidaba como uno de los primeros centros científicos en el sentido moderno del término. La relación al principio tímida se vio fortalecida con los años. Pero cuando van Leeuwenhoek anunció la existencia de vida microscópica, los miembros de la Royal Society temieron que su corresponsal holandés se hubiera vuelto loco; como mínimo, que se había vuelto demasiado maniático y estaba forzándose a ver cosas que no existían. De manera que despacharon una comisión a Delft, la ciudad de van Leeuwenhoek, y confirmaron el descubrimiento. Como signo de los tiempos, digamos que en la comisión no sólo iban sabios científicos, sino también un teólogo: aunque estaban rompiendo con la religión establecida, los científicos todavía creían estar investigando el plan de Dios. Este era también el punto de vista de Leeuwenhoek, quien era calvinista, y consideraba su labor de investigación como una ayuda para la mejor comprensión de la voluntad divina.



Mientras tanto un miembro de la Royal Society, Robert Hooke, hizo un descubrimiento trascendental: observando pedazos de corcho bajo el microscopio, descubrió que éste parecía elaborarse a partir de pequeños espacios que le recordaron a las celdas de los conventos; los bautizó de esta manera con la palabra latina equivalente a "celdilla", que es "célula". Aunque Hooke descubrió la existencia de las células, no llegó a adivinar la importancia de las mismas: inadvertidamente, había dado nada menos que con la unidad anatómica básica para todas las formas de vida sobre la Tierra. Pero faltaba todavía cerca de siglo y medio antes de que se propusiera de manera más o menos definitiva este aserto.

Próxima entrega: "El bienio milagroso".

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