domingo, 15 de enero de 2012

Crónicas Antrópicas 03 - "Bajo el imperio de los dioses".


En todas las grandes civilizaciones antiguas hubo progreso científico, pero en todas ellas, éste quedó encapsulado en castas sacerdotales que hicieron investigaciones y las mostraron sólo en la medida que les servía para ampliar su base de poder. Para el grueso de la gente, la religión siguió siendo la respuesta. Pero la religión simple y primitiva en que el ser humano entendía que la naturaleza estaba llena de fuerzas sobrenaturales escondidas detrás de cada arbusto o de cada trueno en el cielo, ya no podía explicarlo todo. A medida que numerosas sociedades se precipitaron por el camino de la civilización, la trama social se fue haciendo más compleja, y numerosas nuevas relaciones míticas y religiosas debieron ir emergiendo desde aquí.


Un punto importante de desarrollo, fue el hecho de que la mayor parte de las culturas empezaron a concebir a los dioses como una especie de superhumanos antropomórficos. Así, se personificó de alguna manera a las fuerzas sobrenaturales que hasta entonces eran concebidos como meros espíritus, y se crearon leyendas y mitos que explicaban muchas cosas de la naturaleza. Así, para los griegos la Vía Láctea se formó cuando el pequeño Heracles mordió el pezón de la diosa Hera y su leche saltó hacia el cielo. Muchos elementos de la vida social se explicaban también del mismo modo. El gobierno del faraón se justificaba por ejemplo considerándole la encarnación sobre la Tierra del dios Horus, que en la mitología egipcia había dado muerte a Set, el dios de la sequedad y el desierto, para vengar la muerte de su padre Osiris, el dios de la fertilidad.


Algunos patrones mitológicos se fueron repitiendo, como por ejemplo la presencia de “diosas madres” en numerosas culturas, que incluso hasta se parecen en los nombres: la Ishtar babilónica parece ser la Astarté cananea, que a la vez parece ser la Arinna hitita. Otra presencia repetida son los “dioses del trueno” tales como el Marduk babilónico o el Teshub hitita. Otro patrón repetido es el “dios muriente”, el hijo y amante de una diosa que muere y resucita, y que con dicha resurrección, asegura la subsistencia de las cosechas. Entre ellos están el Osiris egipcio, el Tammuz babilónico, o el Adonis griego. Bajo ellos subyacen dinámicas sicológicas comunes a todos los seres humanos: el miedo al cambio, el deseo de estabilidad y prosperidad, la redención por los pecados propios. Muchas de estas tendencias seguirán presentes en el ser humano hasta muchos milenios después, y serán el combustible que seguirán alimentando la devoción a las religiones.


A su vez, al producirse intercambios entre distintas civilizaciones, incluyendo conquistas de unas por parte de otras, los panteones mitológicos se fueron haciendo más complejos. La noción básica es el “dios tutelar”, una deidad elevada al rango de protector supremo de una ciudad o pueblo. Era común que los viajeros por civilizaciones lejanas, le rindieran culto a los dioses del lugar al que llegaban, en vez de seguir rindiéndole culto a su propio dios local, ya que estos peregrinos concebían al universo como repartido en distintos dioses, así como los reyes se repartían el mapamundi. Si un pueblo hacía campañas militares victoriosas y se creaba un imperio, su dios tenía enormes probabilidades de propagarse y ser el más poderoso del panteón; a veces, para congraciarse con los pueblos vencidos, el dios triunfante asumía características o títulos del dios derrotado, y con el paso del tiempo, se tendía a asumir que, en realidad, ambos eran más o menos el mismo dios. De esta manera se crearon extensos panteones mitológicos con decenas de dioses, relacionados entre sí por toda clase de vínculos de sangre, parentesco, y en algunos casos, de relaciones sentimentales o aún de violación. El caso más raro fue en Egipto, cuando hacia el año 1900 antes de Cristo, el antiguo régimen faraónico de la ciudad de Menfis fue reemplazado por uno nuevo con sede en Tebas. Como la principal deidad antigua era el dios solar Ra, y en Tebas el dios tutelar era el dios de la fertilidad Amón, los sacerdotes asumieron que era el mismo dios, y pasó a ser llamado Amón-Ra. La maniobra ayudó por supuesto a legitimar al nuevo régimen de Tebas como continuador del régimen de Menfis.


En algunos casos puntuales, este proceso de ir convirtiendo a algunos dioses en los más poderosos sobre los demás, fue llevado hasta el extremo lógico de concebir a todo el universo como el patrimonio de un único dios. Para los antiguos babilónicos este dios fue Marduk, que derrotó a la serpiente Tiamat que representaba el caos, y así impuso el orden en el universo entero. Lo mismo ocurrió en la antigua Grecia, cuando Zeus se transformó en señor supremo del panteón del Olimpo. Pero el ejemplo más extremo es probablemente la fuerte metamorfosis experimentada por el dios tutelar de un pueblo de pastores llamados los hebreos. Su dios YHWH (Yahveh) en la época mosaica fue concebido como un dios poderoso entre numerosos otros dioses, hasta que más o menos en la época del profeta Esdras, éste comenzó a ser visto como la principal fuerza motora de la Historia. Dicha idea pasará a ser después nuclear en todas las religiones llamadas abrahámicas (el Judaísmo, el Cristianismo, el Islam, y sus múltiples sectas y derivados), para las cuales en definitiva no existen otros dioses sino Yahveh, el Unico Dios, al que la Biblia llama el “dios celoso” porque sus fieles no deben tener otros dioses delante de El. Resulta curioso observar que en el camino, estos dioses únicos, omnipotentes y todopoderosos irán desperfilándose de sus rasgos antropomórficos, hasta que pensadores posteriores los interpretarán casi como abstracciones filosóficas. Todos los “dioses únicos” atravesarán de una manera u otra por este fenómeno.

Próxima entrega: "Los astrólogos".

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