sábado, 9 de octubre de 2010

El arte es complejo.

Con este posteo no voy a resolver la viejísima cuestión, sobre la que han chorreado tifones de tinta, acerca de qué es arte, o mejor dicho, qué hace buena a una buena obra artística. Los criterios varían, y con ellos, la composición del canon. Pero sí quiero referirme a un aspecto que me parece casi ineludible, siempre en mi no demasiado modesta opinión, en cualquier obra artística. Y este aspecto es la complejidad. Dicho en simple, una obra artística debe tener un cierto nivel de complejidad para asegurar su supervivencia como tal a lo largo del tiempo. Las obras simples pueden perdurar, pero el camino hacia el reconocimiento artístico les va a ser más difícil, y en cualquier caso dicho reconocimiento va a ser un tanto limitado.


Partamos con algunos ejemplos para aclarar la cuestión. En música, es claro que una sinfonía, una pieza de jazz o una línea de rock progresivo tienden a ser más complejos que una cumbia, una canción pop mascachicles o una tonada infantil. La diferencia está en la mayor cantidad de notas, en las armonías más intrincadas, en la instrumentación más cuidada. En literatura, el Quijote de la Mancha o Sherlock Holmes son personajes más complejos que los de los folletines de Corín Tellado. En pintura, el arte de los renacentistas es tanto más exquisito y cuidado, y por lo mismo complejo, que la labor de los pintores abstractos seguidores de Kandinsky. Y suma y sigue. En definitiva, las obras complejas presentan más elementos que las obras más simples.

Esto tiene un impacto definitivo en la profundidad de la obra. En la obra simple, ésta puede ser captada por el espectador más o menos avisado, o simplemente inteligente, de un solo tirón. Allí se agotan los significados. Pensemos en la clásica canción pop romántica. Las letras de esas canciones suelen ser estereotipadas, y las melodías muy sencillas y a menudo reminiscentes de otras melodías muy sencillas que se componen por ahí. Con esos pocos elementos, al primer golpe de oído ya captaste en líneas generales de qué se trata el asunto. Y como no hay mayor profundidad, no se le puede sacar más contenido. En la obra más compleja el asunto es diferente. Al haber más elementos en juego, estos entran en interacción de maneras más dinámicas, y a menudo novedosas e incluso extrañas entre sí. No siempre es posible darse cuenta de toda la riqueza de la obra al primer contacto, y a menudo es preciso rumiar el contenido para extraerle todo el jugo.

Pero no basta con que una obra tenga más elementos que otra para generar arte. La pura suma de elementos no genera más que caos. Y el caos en muchos sentidos es simple, no complejo. En el caos da lo mismo cómo ubiques los elementos, porque éstos son perfectamente intercambiables entre sí. En la pieza de un chico desordenado, por ejemplo, da lo mismo en qué lugar esté cada juguete: el resultado final seguirá siendo caos. Eso es simplicidad, no complejidad. Para que haya complejidad, se requiere que la gran cantidad de elementos agrupados dentro de la obra tengan un orden, una estructura, diríamos una arquitectura. Supongamos que agarramos todas las notas de una sinfonía y las reubicamos al azar sobre la partitura: lo que resultará no es música sino una cacofonía espantosa de ruidos sin sentido.


En resumen, para generar complejidad una obra debe tener muchos elementos, y disponerlos de acuerdo a un orden predeterminado. Mucho del arte vanguardista del siglo XX cayó en la trampa de la excesiva hipersimplificación (pintar un cuadrado negro sobre un fondo blanco pasaba por arte, por ejemplo), o bien en la trampa de ubicar muchos elementos de manera inconexa y caótica (la corriente de la conciencia, por ejemplo). En un caso tendremos un arte insípido, y en el otro un arte incomprensible, y peor aún, poco significativo.

Por supuesto que puede objetarse esta aproximación al arte, y en los hechos se ha criticado. Piensen por ejemplo en los defensores de la música popular, en los creadores de postales de día domingo, o en los escribanos de novelitas rosas. Muchos de estos defensores hacen apología de las obras que buscan deliberadamente la simplicidad. Creo que en esto no hay más que una vergonzosa rendición al misticismo, un intento por escapar de la razón, que se antoja así como una prisión. Porque una obra compleja será siempre una obra racional, una obra que más allá de la emoción o el placer estético, además haga pensar. No digo por supuesto que esas obras "simples" no debieran gustarle a nadie o debieran estar prohibidas. Creo que ninguna persona con un gusto estético más o menos refinado ha dejado de disfrutar alguna vez con algo simple, salvo quienes carecen por completo de sentido de humor. Pero una cosa es haber bailado una canción popular en una discoteca, y otra cosa muy distinta es que esa canción popular sea arte verdaderamente elevado. En materia artística no existe la democracia, o mejor dicho, la democracia tiende a hacer perdurar en el tiempo a las obras más complejas, no las más simples. Y eso va más allá de una cuestión de gustos, o mejor dicho, de los gustos de una persona en particular, sino de colectivos enteros a lo largo de extensos períodos de la historia del arte.

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