miércoles, 23 de mayo de 2018

1.971: El año en que partió el moderno cine de acción (2 de 2).


En la primera parte de este posteo, argumentábamos que en 1.971 coincidió un ramillete de películas que, sin ser ninguna de ellas demasiado revolucionaria de por sí, en conjunto se las arreglaron para cambiar el panorama del cine de acción, dándole la forma que iba a tener más o menos hasta la actualidad. Después de referirnos a Los diamantes son eternos y Harry el Sucio, toca ahora el resto de la lista.

Contacto en Francia (The French Connection).

Me gusta ver a Contacto en Francia y Harry el Sucio como dos caras de una misma medalla. Harry el Sucio codificó al moderno vengador urbano en cuanto a personaje estándar de Hollywood, pero su argumento de perseguir a un asesino serial es quizás menos memorable; a cambio, el Popeye Doyle de Contacto en Francia interpretado por Gene Hackman es quizás menos memorable como personaje, pero el argumento de la película está mucho más en sintonía con la posterior evolución del cine de acción. El mismo es bastante simple: Popeye Doyle debe darle caza al poderoso cabecilla de una extensa red de narcotraficantes, interpretado por Fernando Rey. Y Popeye Doyle no se va a detener ante literalmente nada con tal de darle caza al villano. Ni siquiera ante la ley, porque... ya sabemos: hombres con los globos terráqueos para hacer lo necesario, etcétera. Todo eso, inspirado en un libro de no ficción sobre la verdadera historia de los policías de Nueva York que intentaban darle caza a los narcotraficantes de la época, aunque con los nombres cambiados por aquello de proteger a los inocentes.



El momento estrella de la película es, por supuesto, la salvajada que es la secuencia de persecución automovilística, de una bestialidad que ni con todos los efectos especiales, cámara epiléptica y cortes maniáticos de escenas que se usan hoy en día, ha podido ser replicada con la misma dignidad. No se tenía tanta experiencia rodando esta clase de secuencias, y aunque contó con el apoyo de oficiales de la Policía de Nueva York fuera de sus horas de servicio, el director William Friedkin se salió varias veces de libreto y zonas de seguridad, poniendo en riesgo las vidas de los citadinos hasta el punto que tuvo que indemnizar a varios conductores, mientras que él mismo se hizo cargo de una cámara porque el camarógrafo estaba casado y con hijos, y Friedkin no... Todo eso significa que si ven esta película, el peligro para conductores y peatones es real. Traten de rodar eso hoy en día, a ver cómo les va.

La película resulta también ser increíblemente oscura, con un argumento bastante realista en que el protagonista se ve una y otra vez impedido de cazar al narcotraficante debido a la interferencia burocrática de sus superiores, y a que simplemente el villano es demasiado elusivo y precavido como para ser pillado. En muchos sentidos, y aunque la premisa es distinta, esa idea de crear un drama policial mucho más realista y gris que lo habitual en la época, suena casi como un antecedente de lo que Jason Bourne hizo respecto del espía de martini y smoking, en la década de 2.000. Se llevó el Premio Oscar a la Mejor Película por las molestias, la primera película de calificación R que lo logró, aparte de otros cuatro calvos dorados por Dirección, Actor Protagónico, Guión Adaptado, y Edición. Además, tuvo el éxito suficiente como para que se estrenara una secuela, Contacto en Francia II, cuyo argumento es un poco más zafado y por lo tanto quizás menos memorable, aunque es una película muy disfrutable de todas maneras, así como un digno final para esta duología.

Shaft (Shaft).

Un brote inesperado que salió desde el movimiento por los derechos civiles de los negros, en la década de 1.970, fue el cine blaxplotation. El mismo es un fenómeno bastante ambiguo, lo que no debería extrañar a nadie, considerando que el maquiavélico plan de dominación mundial por parte de Hollywood incluye películas que dejen contentos a todos los públicos. Así, el cine de blaxplotation se presenta por un lado como reivindicando y empoderando a los negros, ofreciendo personajes negros resolutos y decididos a todo; mientras que por el otro, al incluir elementos típicos de la cultura afroamericana, como por ejemplo el uso extensivo de música Soul y Funk, por no hablar de los horrorosos peinados afro, se le acusó de perpetuar estereotipos asociados al racismo contra los negros. En medio de todo esto, Shaft fue la película que prácticamente incrustó el blaxplotation en la conciencia popular más allá del reducido ghetto que, se suponía, iba a identificarse con un héroe o una heroína negros.



La película, ambientada en Nueva York, se abre con el característico tema de Isaak Hayes, presentando a John Shaft, interpretado por Richard Roundtree, un detective privado negro, a quien vemos siendo perseguido por unos maleantes; andando un poco el asunto, se revela que en realidad esos maleantes trabajan para un jefe de la mafia que lo intenta reclutar para rescatar a su hija, que ha sido secuestrada. Por supuesto, Shaft es el hombre adecuado porque trabaja siempre al borde de la ley, pero imbuido con un fuerte sentido de la justicia, y además es capaz de moverse en un submundo criminal en donde los métodos de la policía no son los más adecuados para esta clase de situaciones. O sea, tiene los globos terráqueos, etcétera. Por su parte, Shaft es presentado como un tipo muy macho que se trajina a varias chicas, así como duro con el arma... de fuego, lo mismo que James Bond, Harry el Sucio, etcétera. Fantasías escapistas, que las llaman.

Resulta interesante observar, y esto se le escapa a mucha gente, que Shaft como película sigue al pie de la letra los cánones del antiguo cine negro, con su protagonista que es un detective privado de métodos dudosos y sentido justiciero, enfrentando al relativo glamour de una sociedad que en realidad está podrida en sus entrañas; un cuarto de siglo antes, ambientándola en Los Angeles o San Francisco, y contratando a Humphrey Bogart de protagonista, hubiera sido una película noir de manual. O de como en el fondo, Shaft es la adecuación de los antiguos códigos del cine noir, incluyendo su enorme carga de crítica social, a un nuevo milieu que no existía un cuarto de siglo antes, o que al menos carecía de la misma relevancia, cual es el mundo del ghetto negro en Nueva York. La película fue tan exitosa, que no sólo resultó uno de los pocos éxitos en un año particularmente malo para los estudios MGM, sino que además los salvó de la bancarrota. Lo que engendró las inevitables secuelas, tres en total hasta la fecha: Shaft's Big ScoreShaft en Africa, y Shaft de 2.000, en la cual Samuel L. Jackson interpretaba al sobrino del Shaft original interpretado por Richard Roundtree, y éste aparece como cameo y repitiendo personaje, por lo que técnicamente, cosa rara por estos días, es una secuela y no un reboot.

Implacable (Get Carter).

Esta película resultó bastante menos influyente que las anteriores. Mientras que Los diamantes son eternos pertenecía a una franquicia, y tanto Harry el Sucio como Contacto en Francia y Shaft engendraron secuelas, Implacable se quedó encajonada en una cierta condición de clásico de culto, y poco más. Pero a su manera, también ayudó a configurar el cine de acción de la época, en una vena distinta: el mundo suburbano británico. Porque la cinta se ambienta en el bajo mundo gangsteril de la Inglaterra contemporánea a la película, pero lo hace de manera diametralmente opuesta a lo que era el uso de la época. En ese tiempo, el retrato del gángster en el cine británico tendía a oscilar entre lo estúpido y lo divertido de ver, muy influido por el auge del cine de ladrones de guante blanco en la década anterior. Después de esta película... no mucho.



En Implacable, Michael Caine interpreta a un matón a sueldo del crimen organizado británico que, en la Inglaterra de provincia, investiga la muerte de su hermano; oficialmente, éste ha muerto en un accidente de automóvil, pero Carter, el protagonista, no se la compra ni por un minuto, y comienza a liquidar truhanes con una eficiencia digna de Charles Bronson, algunos añitos antes de las andanzas de Paul Kersey en el cine. Podría ser una película más o menos en la línea de lo que Guy Ritchie iba a dirigir un cuarto de siglo después... pero no lo es. Por el contrario, lejos del glamour de la decadencia con toques de comedia absurda que muestran los héroes ritchianos, Carter es un matón desagradable y sin casi ninguna cualidad que lo redima, capaz lo mismo de coser a balazos a un desgraciado que de faenarse a la casera que le arrienda pieza, porque... lo siempre. Fantasía escapista, lo ya dicho. Y sin embargo, es el héroe porque en realidad, la organización criminal a la que enfrenta son bestias incluso peores.

En su día, la película tuvo bastante éxito en Inglaterra, porque fue recibida como la necesaria dosis de oxígeno para renovar el cine de matones de poca monta. Pero no prendió tanto en Estados Unidos, que más o menos la ignoró. Usualmente se considera a Hit Man, película blaxplotation de 1.972, como un remake encubierto de Implacable; la premisa, por lo menos, es bastante similar, sólo que, por supuesto, ambientado en el mundo del ghetto. Un remake propiamente tal vino en 2.000, protagonizado por Sylvester Stallone, y con el propio Michael Caine en un rol secundario; sin embargo, la crítica la hizo pedazos, el público la ignoró de manera olímpica, y en general fue triturada en la taquilla. La Implacable original de 1.971 hoy en día es un clásico de culto, pero el remake, es seguro afirmar que yace en el más sepulcral de los olvidos.

Mención honorífica: Obsesión mortal (Play Misty for Me).

En realidad, ésta no es una película de acción, por lo que no deberíamos meterla en el listado. Sin embargo, como presenta algunas características comunes con las anteriores, probablemente por aquello que podemos llamar el espíritu de la época, vale la pena incluirla. El título en inglés es un juego de palabras que no puede traducirse al castellano, y por tanto, es perdonable que le hayan puesto un título diferente; en España se titula Escalofrío en la noche, sin ir demasiado lejos. Por un lado, Play Misty for Me es literalmente "Toca Misty para mi", siendo Misty la canción favorita de la villana, que se la pide al protagonista, un DJ de radio. Por el otro, misty puede ser a un tiempo algo envuelto en nieblas, o bien algo sentimental, por lo que traducciones más libres y metafóricas podrían ser "hazlo neblinoso por mi", o "pónete sentimental por mi". Dato de interés: aparte de venir protagonizada por Clint Eastwood como el mencionado DJ, el mismo año en que protagonizó Harry el Sucio, es también su primera película como director. Y una en donde vemos de sobra la buena madera sobre la cual edificó una carrera directorial que abarca casi medio siglo de largo, eso también debemos decirlo.



El argumento: el DJ de marras, tiene una aventura con una chica que es su radioescucha y que le encanta la canción Misty, pensando en que el asunto, moral de la década de 1.970 aquí, no iba a pasar de un revolcón de una noche. Sin embargo, después del affair termina resultando que ella es una lunática de cuidado que no acepta un no por respuesta, y... ya se imaginan el resto. Un argumento que hemos visto repetido millones de veces desde Atracción fatal en adelante, pero esa película era de 1.987, más de década y media después, mientras que en los tiempos de esta película, era una historia todavía todavía fresca y original; de hecho, podemos considerar que es la película inventora del argumento en su forma moderna, con Atracción fatal como la gran codificadora y popularizadora de esta clase de argumento con chica de cables pelados buscando romperle... la vida a su ligue de un fin de semana.

Como decíamos, más allá de alguna secuencia de lo que podríamos llamar violencia casera, Obsesión mortal no es una película de acción ni le dio forma al género, pero presenta en común varios puntos con las anteriores. El personaje del DJ no es exactamente un héroe, sino un tipo mujeriego y algo egoísta que se mete en problemas no por una causa noble ni menos por salvar el mundo, sino simplemente porque confió demasiado en el poderío de sus machos. La película ni siquiera juega la carta del héroe como defensor involuntario de las relaciones estables tradicionales versus la arpía destructora de romances, carta que sí se jugarán Atracción fatal y sus clones, lo que lo ubica recto entre los antihéroes, un poco a la par de los que venimos reseñando. Si no la han visto, dénle una oportunidad. No sólo es la primera en su tipo, sino probablemente también la mejor.

¿Y después?

Como hemos esbozado, en este ramillete de películas, todas ellas de 1.971, nos encontramos con lo que van a ser las constantes del cine de acción en años sucesivos: héroes cada vez menos heroicos, acción cada vez más desaforada, violencia con cada vez menos justificación, etcétera. A casi medio siglo de distancia, el legado de estas películas es innegable, tanto para bien como para mal. Y sin embargo, uno puede preguntarse hasta qué punto seguimos profundizando en la ahora ya vieja fórmula. El antihéroe de acción sigue siendo el modelo a seguir, pero por otra parte, cada vez parece más necesario tomárselo a guasa para hacerlo aceptable en el público, señal segura de un cierto cansancio respecto de estas figuras. ¿Acabaremos dando la vuelta en círculo, y volviendo a los antiguos héroes de camisa blanca e impoluta, con una acción también rebajada en cuanto a tono, con héroes castos hasta la ingenuidad, versus villanos maquiavélicos en su monstruosidad? Parece poco probable, pero con franqueza, no me extrañaría si sucediera, si es que me lo preguntan.

domingo, 20 de mayo de 2018

"Erase una vez... la vida": Esa ciudad llamada el cuerpo humano.


Le hemos dedicado un cierto espacio acá en la Guillermocracia, a las viejas series animadas que produjo en su día el recordado y llorado productor francés Albert Barillé (1.920 - 2.009), creadas bajo el título genérico de "Erase una vez...", más la temática de turno. La primera fue Erase una vez... el hombre, a la que en su día dedicamos un posteo primero, y después una publicación adicional (¡en dos partes!) reseñándola episodio a episodio. Luego nos referimos a la segunda serie en cuestión, que fue Erase una vez... el espacio. Ahora toca el turno a la tercera de ellas, que fue Erase una vez... la vida.

La serie de marras constó, al igual que sus antecesoras, de veintiséis episodios, y fue una producción en conjunto por parte de una cantidad obscena de gentes de Francia, Suiza, Bélgica, España, Canadá y Japón, para que no falte aquí. En algunos países se estrenó como Micro Patrol, título quizás un poco más ajustado. Fue estrenada en 1.987, aunque en el mundo hispanohablante debimos esperar a la década de 1.990 para verla, si no me falla la memoria. La canción original fue cantada en francés por Sandra Kim, que había ido a Eurovisión en 1.986; por una vez en la vida, no se pusieron a meter mano en el asunto para la edición hispanohablante, y se limitaron a traducir la canción al castellano en vez de inventarse una nueva y encargársela al grupo Parchís. La un tanto flojita banda sonora es de Michel Legrand, quien recicló varios motivos musicales de Erase una vez... el espacio. O acaso no compuso nada nuevo, y se limitó a cobrar royalties por el reciclaje de su trabajo anterior. Ni lo sé, ni me preocupa la ignorancia sobre tal punto.

Erase una vez... el hombre había intentado recrear la Historia Universal mezclando narrativa educacional con personajes viviendo aventuras de la vida cotidiana en otras épocas, más unas pintas de humor slapstick para regocijar a los peques de la casa. Erase una vez... el espacio había dejado a un lado casi por completo el elemento educacional, y era más una serie de aventuras espaciales muy en la vena de lo que venía siendo la Ciencia Ficción europea en la década de 1.970. Para Erase una vez... la vida, giraron otra vez el dial, ahora con el elemento educacional al máximo. Con resultados quizás un tanto aburridos, si me preguntan. Porque intentaron encajar el viejo tratamiento de la serie, con un elenco de personajes estables, pero ahora dentro del cuerpo humano. Los resultados son... un tanto forzados.

Pedrito y Kira, glóbulos blancos patrullando el cuerpo humano.
A diferencia de las dos series anteriores, en donde vemos un desarrollo argumental, la Historia de la Humanidad en un caso y la aventura espacial en el otro, la propia premisa aquí hace imposible dicho desarrollo. Cada episodio de Erase una vez... la vida se refiere a un órgano, sistema o proceso fisiológico diferente, dentro del cuerpo humano por supuesto. Como debido a la premisa es casi imposible crear una línea argumental que vaya de principio a fin de la serie, termina resultando que cada episodio es más o menos autoconclusivo. Y repetitivo, además.

Así, vemos los personajes anteriores de las otras serie encajados en distintos roles en el cuerpo humano. Pedrito y Kira aparecen como linfocitos (glóbulos blancos, vamos) patrullando el cuerpo humano, y el robot Metro aparece como anticuerpo. El Maestro por su parte aparece en un doble rol: por un lado es quien está a cargo del centro de mando que es el cerebro, y por el otro, le vemos dentro del núcleo celular, controlando la actividad de la célula que se esté presentando en el minuto. Lo que puede ser algo confuso, por supuesto. A su vez, aparece un personaje que más o menos se parece al Maestro, y que comanda un trío de eritrocitos (glóbulos rojos, vamos), que con sus viajes por el cuerpo humano, se encargan de empapelarnos con murallas de información sobre lo que ocurre en tal o cual órgano. El Gordo por su parte aparece como un macrófago, uno de esos glóbulos blancos encargados de tragarse a los bichos hostiles. El Tiñoso y el Enclenque aparecen también, como microbios patógenos siempre a salto de mata intentando infectar el cuerpo humano. ¿No tienen idea de qué personajes hablo? Eso es porque no han visto las series anteriores. Pero para eso tienen los posteos que he publicado al respecto en la Guillermocracia y cuyos enlaces incluí más arriba: para documentarse. Así es que pueden leerlos si gustan; no se preocupen, porque yo los espero.

En cuanto al resto, sigamos. Respecto de la premisa argumental, es más bien poco lo que se puede comentar, por lo que decía: por la propia estructura de la serie, los episodios acaban por ser autoconclusivos. De manera que cuando un episodio se refiere al corazón, por ejemplo, no hay mucho más que comentar aparte de que... se refiere al corazón, a riesgo de ser redundante. Esto hace que mandarse una maratón de la serie acabe por resultar un tanto tedioso. Todos los episodios presentan más o menos lo mismo: Pedrito o Gordito en el mundo exterior haciendo cosas de niños como comer, correr o dormir, el Cerebro de Pedrito o Gordito preparando al organismo para la actividad que se viene, los linfocitos patrullando, el trío de glóbulos rojos explicando cosas, un ataque de microbios patógenos para amenizar las cosas, batalla final entre los patógenos y las fuerzas de seguridad, y fin. Una y otra vez, a lo largo del grueso de los veintiséis episodios.

El Maestro a cargo, o de cómo el cuerpo humano es una meritocracia en vez de un concurso de popularidad.
Además, el propio ritmo de cada episodio es bastante lento. Todos quienes hemos tenido el legendario manual de Biología de Helena Curtis en las manos, sabemos que se le puede sacar mucho jugo al cuerpo humano en términos de montarse explicaciones, pero es difícil ahondar sin volverse demasiado técnicos, y por tanto, impenetrable para los niños que se suponen son los destinatarios de la serie. Por lo tanto, la serie debe quedarse con los aspectos más esenciales del asunto. Que el corazón late e impulsa la sangre, o que el cerebro da las órdenes, etcétera. Al respecto, la serie hace un trabajo loable traduciendo a imaginería infantil algunos conceptos un tanto refinados como lo que es el impulso nervioso de neurona a neurona, los neurotransmisores, las hormonas, etcétera. Pero, lo ya dicho: hay un punto hasta el cual se puede profundizar, y a partir de ahí, detenerse. Esto resulta en que, para rellenar los veintialgos minutos de cada episodio, se necesite un montón de relleno, y esto lastra cada capítulo de manera fatal. La idea es educar entreteniendo, pero el segundo aspecto, quizás falla un poquito. O a lo mejor, a los niños les llega por el sentido de la maravilla. No sé. Sólo que si vieron la serie de niños y le vuelven a echar un vistazo de adultos, bueno, quizás...

Por supuesto, siendo la idea el darle a los niños de la casa una primera impresión acerca del cuerpo humano y cómo funciona, la serie probablemente da en el clavo. En el apartado visual, la serie es increíblemente suntuosa e imaginativa, y todo eso con los estándares más primitivos de lo que era la animación en la década de 1.980. Imagino que a muchos niños se les caerán las fauces mirando esas paredes capilares, esas células, esas válvulas cardíacas, etcétera. Los personajes también son muy coloridos e imaginativos. Y no solamente los protagonistas, sino también otras células. Vemos células musculares remando, células dérmicas trepando, plaquetas cicatrizando, y un larguísimo etcétera. Vemos conceptos que para los niños pueden ser bastante elaborados, como por ejemplo el ADN, el ARN, los procesos de transcripción de información a nivel genético, etcétera. Es muy posible que todo eso, a los niños les suene a chino, porque son ideas bastante complejas. Aunque eso da lo mismo. Lo importante aquí es que los niños tengan un primer contacto con estos temas, y en esto, la serie cumple de manera sobrada. Imagino que más de algún niño viendo esta serie en su día, quiso después estudiar Medicina, Enfermería o algo por el estilo, y eso está más que bien, por supuesto. Mejor que se dediquen a las ciencias del cuerpo humano que a actividades más deleznables como el narcotráfico, las estafas piramidales, o las conferencias sobre Economía en centros de eventos para grupos empresariales.

Hasta el minuto he puesto hincapié en que la serie puede ser un tanto morosa y repetitiva. Lo es. Pero sería injusto no mencionar que, a ratos, consigue sacudirse un poco. A veces con escenas de vida cotidiana simples, pero efectivas. Como por ejemplo en el episodio de la respiración, en donde vemos a los jóvenes hacer ejercicio, lo que aprovechamos para ver fugazmente el interior del cuerpo del Enclenque, lleno de las toxinas del cigarrillo, como ejemplo de cuerpo mal mantenido. Otras veces con inclusiones a hitos históricos, como una breve secuencia dedicada a Miguel Servet, a propósito de la circulación de la sangre. O paleontológicos, como una secuencia bastante extensa dedicada a cómo el cuerpo humano se adaptó en tiempos de los cavernícolas para responder a los desafíos ambientales de ese entonces. Son adiciones que se agradecen, porque le introducen algo de variedad a lo que de otra manera podría ser una serie un tanto monótona.

Vida saludable al estilo de la década de 1.980. Sin las mallas de Jane Fonda o Cindy Crawford, eso sí.
También merece alguna nota que la serie se las arregla para tener un comienzo y un final. El primer episodio parte por lo básico, por supuesto: la célula. Luego, el segundo episodio se refiere al nacimiento. El tercer episodio va sobre el sistema inmunológico, una elección rara en términos expositivos, pero que se justifica debido a la necesidad de presentar a Pedrito, Kira y Gordito como agentes de la policía biológica del cuerpo. Luego, se le dedican varios episodios a temas relacionados con la circulación de la sangre, lo que sirve para introducir al trío de glóbulos rojos, aunque eso podría haberse abreviado un poco... pero había que alargar hasta veintiséis episodios, supongo. El grueso de los episodios medios se dedican a los sentidos del cuerpo, a tales o cuales órganos, etcétera. Ya avanzando hacia el final se le dedican otro par de episodios a cómo el cuerpo se defiende de agresores externos, uno respecto de las toxinas y otro sobre las vacunas, este último de increíble relevancia en estos tiempos de nuevo oscurantismo en donde han surgido movimientos contra la vacunación por todas partes, porque la ignorancia nunca parece querer morir.

El final de la serie, por su parte, entra en un terreno bastante más psicodélico. El penúltimo episodio es dedicado al sueño. Por un lado vemos que el cuerpo se repara durante el sueño, pero por el otro, se nos rellena con una secuencia bastante extensa en donde vemos un sueño de Pedrito volando, que en realidad no añade demasiado, y ni siquiera es todo lo psicodélica que podría haber sido. El último episodio, por su parte, es... veamos. Podría decirse que es sobre la muerte y la vida. Parte con una extensa referencia acerca de cómo el cuerpo humano se va apagando con la edad, y que remata con la muerte del abuelo de Pedrito. Pero luego, ¡no nos deprimamos!, vemos cómo toda la actividad celular y biológica del cuerpo humano está al servicio de la expansión humana a través de la Historia, y en un futuro, del espacio exterior en donde no sólo colonizaremos otros mundos, sino que además tomaremos el control de nuestra estructura biológica vía Ingeniería Genética para... en efecto, la segunda mitad del último capítulo abandona por completo la premisa, igual como lo hizo en su día Erase una vez... el hombre, y entramos en una ida de olla con Ciencia Ficción pura y dura que incluye programas eugenésicos de mejoramiento de la raza humana, etcétera.

En definitiva, parte del goce de esta serie está condicionada a sus objetivos. A diferencia de las dos series anteriores, que son para niños pero pueden ser más o menos disfrutadas por un público adulto dentro de ciertos parámetros, en ésta los destinatarios exclusivos parecen ser los niños. Para ellos, tenemos un glorioso espectáculo que es una primera toma de contacto con las realidades propias del cuerpo humano, que además pone énfasis en la importancia de mantener una buena salud corporal y buenos hábitos de vida y alimentación. Para el resto de nosotros los mortales, la serie puede hacerse un tanto monótona y repetitiva. Es fácil verla entonces como una especie de hermanita menor, quizás no demasiado lograda, de Erase una vez... el hombre, aunque tampoco pretende ser otra cosa. Mi recomendación personal, adultos que están leyendo este mamotreto, es que si la vieron de niños, mejor se queden con el recuerdo. Pero no pierdan ocasión de hacerla ver a sus propios hijos. Aunque sea para que, desde chiquitos, vayan tomándole el peso a la importancia de alimentarse bien, de hacer ejercicio físico, de no fumar, de vacunarse, y no menos importante, de que una serie animada debe contar con buenos valores de producción, en vez de algunos horrores cubistas o surrealistas que pasan por animación en estos días.

El inevitable mercadishing, o qué esperaban.

miércoles, 16 de mayo de 2018

1.971: El año en que partió el moderno cine de acción (1 de 2).


Como cualquier otra forma cultural, el cine está en constante evolución. Tiene que ser así, porque la cultura sólo tiene eco más allá de los creadores artísticos si es que puede conectarse con los resortes psicológicos que mueven a las personas. Y considerando que la mentalidad de las personas sufre alteraciones con los cambios sociales, la cultura debe ir siempre a la siga, y no perderse demasiado lejos. Esto significa, entre otras muchísimas cosas, que el moderno cine de acción no estuvo ahí desde siempre. El condimento clave del cine de acción, la violencia, ha estado presente desde siempre en el cine porque a todo el mundo le gusta la experiencia catártica de una historia resuelta con aplicación física de mucho dolor, en particular contra el villano, claro está. Pero debido a cómo evolucionan las convenciones sociales, la aceptación respecto de cómo y cuánto plasmar la violencia en la pantalla, ha ido cambiando.

Así, por ejemplo, hoy en día, el grueso de las películas de acción muestran violencia, es cierto, pero lo hacen de una manera increíblemente estilizada para que no se vea sangre, miembros humanos mutilados, tripas afuera, etcétera, por un prurito de corrección política mal entendida. Puede hacerse, por supuesto, pero una película de estas características obtiene una alta calificación por edades, hace menos dinero, y por ende, más vale que cueste poco de rodar y mucha gente la vea, o puede acabar en un fiasco económico de proporciones. Me atrevería a decir que la edad de oro del cine de acción fueron probablemente las décadas de 1.980 y 1.990, justo el tiempo en donde menos se cortaban en mostrar violencia.

Que la cultura evolucione significa que no siempre hay líneas divisorias claras entre el pasado y el futuro. Esto significa que en la transición de una fase cultural a la siguiente, siempre es posible reconocer en el período anterior elementos que perfilan el futuro; de manera inversa, existen en el período posterior otros elementos que son reliquias del pasado. Por eso es tan inusual que podamos marcar un año en particular, 1.971, como el mejor candidato a inicio del moderno cine de acción, tal y como lo conocemos. Por supuesto, este cine de acción era primitivo y embrionario respecto de lo que vino después, pero sin embargo, ciertas películas ya dejaban caer un cierto cambio cultural. En este posteo en dos partes, cuya primera publicamos ahora, por supuesto, haremos un repaso de esas películas de 1.971 que, en efecto, resultaron fundacionales respecto del cine de acción posterior; probablemente ninguna de ellas fuera la revolución en sí misma, por supuesto, pero entre todas, cambiaron el mapa del cine de acción para siempre.

Hay algunas características comunes a este ramillete de películas, en cuanto a innovación narrativa. Una de ellas es una cierta aceptación moral de la violencia. Esto significa que los héroes están mucho más dispuestos a usarla en contra de los villanos, que el antiguo e impoluto jovencito que sólo recurría a la violencia en defensa propia o como último recurso; por supuesto, esta aceptación del héroe violento nos lleva de cabeza a la glorificación de los héroes hipermusculados de la década de 1.980. Los héroes que presentamos a continuación ya muestran ese desprecio supremo por la vida de los pobres diablos que se le ponen en el camino, que después exhibirán Charles Bronson, Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone, Bruce Willis o Chuck Norris, entre muchos otros.

Otra es una cierta exacerbación de la escala en la violencia propiamente tal. Por supuesto, el grueso de estas películas son casi un paseo de campo al lado de salvajadas más recientes como 24, por ejemplo, pero para su tiempo, eran el colmo de la rudeza, en cuanto a aporrear gente se refiere. También, el poner la violencia física al frente y al centro, en vez de privilegiar los elementos más aventureros o exóticos. Varias de estas películas, más allá de su nivel de violencia, son en realidad dramas urbanos bastante grises, lo que choca con el glamour de muchas películas violentas que se refugian en el exotismo de los paisajes distantes, como el subgénero de aventuras o las películas de James Bond, o de tiempos distantes como el epic bíblico o el Western. A partir de estas películas, se hizo aceptable que los elevados niveles de violencia transcurrieran en un entorno urbano, como barrios urbanos, edificios de altura, etcétera. Ya sabemos en qué acabó eso, por supuesto, pero veamos ahora las películas que fueron la bisagra hacia el nuevo cine de acción.

Los diamantes son eternos (Diamonds Are Forever).

Partimos con un ejemplo algo suave y menor, pero que también aportó lo suyo. En realidad, puede considerarse a James Bond como el primer héroe de acción moderno. Las audiencias pudieron ver en 1.962, concretamente en El satánico Dr. No, la escena de la ejecución a sangre fría del malvado Strangeways, y no pocos quedaron escandalizados por el comportamiento prácticamente sociópata de Bond a la hora de matar al susodicho, de manera no muy diferente a cómo hoy en día no poca gente rechaza el Bond de Daniel Craig por sanguinario y gris; como pueden ver, en este respecto el Bond de Craig no inventó nada que no estuviera ya en el Bond de Connery, con las obvias licencias de acuerdo a la época de cada uno. De hecho, el Bond de Connery inventó la tradición de andar soltando chascarrillos a la hora de cargarse pobres desgraciados, para que esa dosis de humor aligerara los aspectos más sociopáticos del personaje.



Sin embargo, mirando en retrospectiva, las primeras películas de Bond son más deudoras del thriller de espías a lo Hitchcock, e incluso de las seriales dominicales de aire pulp; de hecho, según dicen por ahí, Hitchcock fue uno de los nombres que se barajaron para dirigir la primera película de Bond, aunque como sabemos, esto no llegó a ser. En cierta medida, fue Los diamantes son eternos de 1.971, la película que, de manera inadvertida para sus propios productores Broccoli y Saltzmann, mostró los gérmenes de un cambio. En primer lugar, ésta es la película de argumento más estrambótico de Sean Connery en el personaje, y ese carácter estrambótico será una marca de la casa en el cine de acción posterior, reemplazando al realismo por la exhibición desaforada de acción, lo que alcanzará un paroxismo en las películas de acción y Ciencia Ficción de la década de 1.980. Además, relacionado con lo anterior, nunca los matones de villano en una película Bond habían sido tan caricaturescos como aquí, hasta el punto que su presencia es casi comedia involuntaria. Lo que no quita algunas escenas de bastante brutalidad para su tiempo, como la pelea de 007 contra dos asesinas machorras en una piscina, por ejemplo.

En forma adicional, es la primera película Bond en que vemos una persecución automovilística en forma, en Las Vegas en Estados Unidos. Sin lugar a dudas influida por la icónica Bullitt de 1.968, que mostraba algo similar en las calles de San Francisco. Ni qué decir, hoy en día es impensable una película Bond que no muestre a lo menos una escena de autitos chocones dándose vueltas de campana y reventando en gloriosas explosiones tecnicolor. De haber sido estrenada esta película y ninguna otra de la lista, no habría revolucionado por sí misma el cine de acción, pero acompañando a las otras, sin duda que ayudó a marcar tendencias. Los productores de Bond desharían algo de camino en las dos películas inmediatamente siguientes (Vive y deja morir de 1.973, y El hombre del revólver de oro de 1.974), se enfrentaría a amenazas más terrenales, el narcotráfico y la crisis energética respectivamente, en vez de supervillanos ávidos de conquistar el mundo, y desde entonces, la franquicia oscilaría entre épocas de mayor realismo, dentro de lo que cabe, y de mayor camp, también dentro de lo que cabe.

Harry el Sucio (Dirty Harry).

Resulta curioso observar, desde el presente, que en muchos sentidos y un poco a lo tonto, el personaje de Harry el Sucio tuvo éxito allí en donde el xXx de Vin Diesel acabaría por fracasar: ser la respuesta moderna a James Bond. Bueno, moderna para su tiempo, eso es. Porque Harry el Sucio, el personaje interpretado por Clint Eastwood a partir de 1.971 en cinco películas (Harry el Sucio de 1.971, Magnum 44 de 1.973, Sin miedo a la muerte de 1.976, Impacto fulminante de 1.983, y Sala de espera al infierno de 1.988), puede ser visto como un héroe de acción casi en las antípodas de James Bond. Así, Bond es un espía internacional que se mueve en ambientes lleno de lujo y glamour, y que hace uso y abuso de su licencia para matar, mientras que Harry el Sucio es un más bien opaco y desastrado inspector de policía encajonado en San Francisco, siempre San Francisco, cuyo constante ponerse al filo de la ley en materia de uso de fuerza letal le pasa trayendo problemas con sus jefes a veces más preocupados por la imagen pública y política de la policía que de, ya saben, parar la delincuencia.



El argumento mismo de la película prácticamente justifica la violencia al margen de la ley. Un misterioso asesino llamado Scorpio extorsiona a la Municipalidad de San Francisco pidiendo gruesas sumas de dinero a cambio de no ponerse a tirotear fulanos al azar. Scorpio, se ha observado repetidas veces, está inspirado en el Zodíaco, el asesino en serie que obró en San Francisco por esos años, y sobre cuya identidad hasta el día de hoy sólo se puede elucubrar, hasta el punto que en Zodíaco de David Fincher, en 2.007, se pitorreaban con elegancia de este hecho, en la escena del detective Toschi (el real falleció ahora, en 2.018) retirándose del cine, sintiendo que Harry el Sucio se burlaba de él. Como sea, a Harry el Sucio no le queda más opción que tomarse muy en solfa la letra y espíritu de la ley, si es que quiere acabar con semejante amenaza. La más que discutible moraleja es clara: el orden público sólo se consigue gracias a hombres con los globos terráqueos necesarios para hacer lo necesario, los derechos humanos son para los humanos derechos, etcétera.

Por supuesto, en su minuto el personaje fue lisa y llanamente acusado de fascista. Tuvo que venir al rescate la primera secuela, Magnum 44, en la cual los villanos eran una banda de policía ejecutores de criminales, más harrystas que Harry si se quiere, para desbaratar en algo las acusaciones en contra del personaje. En cierto sentido, lo que James Bond había hecho en 1.962, corriendo el margen de lo aceptado en materia de violencia fílmica, volvió a hacerlo Harry el Sucio. Porque para la época, muchas gentes encontraron excesivo el regusto casi sádico con el que Harry el Sucio decía su mítica frase, amenazando a un pobre fulano con su Magnum 44: "Tienes que preguntarte una sola cosa. ¿Me siento con suerte hoy? Y bien, ¿te sientes con suerte, escoria?". Así, siguiendo la estela de Bullitt de 1.968, Harry el Sucio prácticamente codificó la figura del vengador urbano que trabaja al filo de la ley o directamente contra legem, abriendo así el camino para tipos todavía más zafados como Paul Kersey, John McClane, Jack Bauer, y un larguísimo etcétera.

James Bond y Harry el Sucio, ambos son platos contundentes, qué duda cabe, pero la próxima entrega pisa fuerte lo mismo, ya que incluimos una película que consiguió abrirse paso hacia los Oscares, además de dos películas que aplican las constantes de este nuevo cine de acción en ámbitos más alejados de los barrios anglosajones de Estados Unidos, además de una mención honorífica que, sin ser película de acción propiamente tal, la incluimos porque guarda una cierta semejanza con las anteriores en lo ya dicho: antihéroes, una cierta dosis de violencia urbana...

domingo, 13 de mayo de 2018

25 años después de "Un día de furia".

¿Necesitas ayuda para hacer funcionar tu bazuka? Pregúntale a un niño, ellos lo saben todo por estos días...
"¿Cómo sucedió? ¡Hice todo lo que me dijeron! ¿Sabes que yo construía misiles? Ayudé a proteger a América. Debería ser recompensado por eso. Pero en vez de eso, se lo dan a los cirujanos plásticos, sabes que me mintieron" - Bill Foster, interpretado por Michael Douglas, en Un día de furia (1.993).
En Febrero pasado se cumplieron veinticinco años desde el estreno de una de las películas más iconoclastas que ha parido Hollywood desde siempre. Un tipo de cine que en esa época podía más o menos pasar por la mesa de los productores, e incluso tener algún éxito discreto entre el público, pero que en los actuales tiempos de corrección política sería imposible de rodar como corresponde. Me refiero a Un día de furia (Falling Down), el clásico de 1.993 en que Michael Douglas emprende su cruzada particular contra la ciudad y sus circunstancias. Y siendo una película tan atípica dentro de lo que es corriente en Hollywood, se merece un análisis un tanto más detenido. Por supuesto, asumo que los lectores han visto la película, de manera que habrá su buena ración de spoilers sin advertencia previa a lo largo del posteo; si no han visto la película ni saben de su devenir argumental... háganse un favor, véanla, y luego regresen por aquí. Los espero.

En cuanto al resto de los lectores... recordemos. La película sigue las peripecias de Bill Foster, antiguo trabajador al servicio de una empresa contratista de defensa que en la actualidad se encuentra desempleado; son malos tiempos para el negocio armamentista porque el Muro de Berlín se vino abajo, ahora todos somos amigos, es el triunfo de la democracia liberal y el fin de la Historia según Fukuyama, etcétera. Qué tiempos aquellos. El caso es que el señor Foster se encuentra separado de su señora y con orden de restricción, pero es el día de cumpleaños de su hija, y Bill Foster está decidido a verla, no importa qué. Si eso incluye cargarse pandilleros y neonazis, y causar millones de dólares en daños contra la propiedad, pues... bienvenido a esta loca y deshumanizante sociedad moderna. Bill Foster es interpretado por Michael Douglas, en el que posiblemente es el rol de su carrera.

Una subtrama de la película va sobre el sargento Prendergast, interpretado por el siempre impecable y caballero de antigua estampa que es Robert Duvall. Es el clásico oficial de policía que está a punto de retirarse, y que por su carácter algo blandengue, es el centro de las pullas y abuso verbal de sus compañeros. En conjunto con su compañera, interpretada por Rachel Tichotin, a quien habíamos visto en El vengador del futuro unos añitos antes, Prendergast conecta los varios incidentes que se van produciendo en Los Angeles, descubre que Foster está tras ellos, y se aboca a impedir que éste llegue a alcanzar a su familia porque, siendo Foster un tipo algo inestable, pues, no es como para dejarlo suelto y sin correa.

La película se rodó un poco de casualidad. El guión era considerado radioactivo, y ningún estudio lo quería. El director Joel Schumacher lo hizo llegar a Michael Douglas, quien se entusiasmó lo suficiente como para subirse a bordo a pesar de que estaba planeando un breve retiro de la actuación para descansar; incluso llegó a rebajar sus demandas salariales para facilitar el financiamiento, el que además fue alzado por el tirón que el estrellato de Douglas podía darle a la película entre el público. Por una tétrica sincronía, la película fue rodada en Los Angeles en 1.992, a tiempo para colisionar con las revueltas que se vivieron en ese tiempo, tan icónicas que fueron citadas en el prólogo de Black Panther en 2.018, un cuarto de siglo después. La película fue estrenada con un relativo éxito de taquilla, y con amplia aclamación crítica. Y con el tiempo, se ha transformado en un pequeño clásico del cine de la década de 1.990.

¿No es adorable, como este tipo dejando heridos, muertos y miles de dólares en daños a la propiedad por el camino, en realidad lo único que quiere es reencontrarse con su hijita...?
La premisa de la película pareciera sencilla, pero esta apariencia es engañosa. En realidad, parte importante de por qué esta película es un clásico del cine, es la enorme mala leche que derrama sobre todas las nociones morales asociadas a la civilización capitalista. Al principio, es fácil empatizar con el protagonista. Seguimos la película desde su punto de vista, y cuando lo vemos pararse en sus dos pies y empezar a sembrar el caos entre toda clase de mala escoria, eso resulta en una catarsis para todos los espectadores, porque mentiroso quien diga que no ha fantaseado con hacerse de una buena UZI para enmendar bellacos a base de bien. Pero poco a poco, vamos viendo que el protagonista en realidad es el villano de la función, cada vez más perdido dentro de su propia insania... sólo que, ¡momento!, dentro de su visión delirante de la realidad, resulta que al final sus críticas contra el sistema tienen más de algún punto de razón. Entonces termina la película, y uno se queda rumiando acerca de que, enfrentados el personaje éste y el policía que lo persigue, quién de los dos es el héroe. Mi respuesta personal es: ambos, y ninguno, a la vez. Estos son dilemas morales de los buenos puestos en cine, y no la solemnidad falsa y vacía de Batman vs. Superman.

Una manera algo discutible de explicar esta película, aunque bastante sencilla para propósitos, es ver a Bill Foster como una especie de Quijote al revés. En la obra cervantina, el Quijote se vuelve loco leyendo libros de caballería, y sale a los caminos como caballero andante para impartir justicia, desfacer entuertos, etcétera. Podría ser la historia de un pobre diablo, pero poco a poco, vemos que el Quijote tiene un método dentro de su locura, y Cervantes se juega la carta de mostrar que, quizás, el Quijote es en realidad el único tipo cuerdo, y que el mundo entero está loco. Es esta ambigüedad ética lo que le ha conferido a la obra de Cervantes la inmortalidad más allá de la burla básica en contra de los libros de caballería. El recorrido de Foster puede verse como una versión paródica del mismo cuento: Foster se ha vuelto loco, en parte porque alimenta ciertos ideales vinculados al patriotismo estadounidense, y a lo largo de la película se comporta como un loco cada vez más peligroso... sólo que dentro de su locura, muestra una genialidad a través de la cual podemos cuestionarnos si es el mundo alrededor el que verdaderamente está loco, y Foster el único cuerdo para verlo.

Por supuesto, la película se da un festín picando en cuadritos los valores propios del individualismo capitalista. Recordemos que fue rodada en las postrimerías del gobierno de George Bush padre, que fue el colofón de esa era de neoliberalismo desatado que fue el Reaganismo. Durante el Reaganismo, el gran personaje fue el yuppie, el joven emprendedor que todo lo avasalla para hacerse millonario y rodearse de bellas mujeres y cocaína antes de los treinta años, el tipo que opina que "la codicia es buena" a lo Gordon Gekko de la media década anterior Wall Street. Bill Foster parece una parodia maliciosa de los personajes a lo Gordon Gekko, y que ambos sean interpretados por Michael Douglas tiene su punto de mala leche. Igual que los yuppies, Foster es un tipo centrado en sí mismo, que en el pasado ha tratado a su señora y su familia no como personas sino como objetos para alimentar su ego. Y además, muestra el reverso de lo que le pasa a los yuppies cuando envejecen: si no han conseguido instalarse, el sistema los desecha por necesidades de mercado, y si no conseguiste armarte tu tienda de campaña, entonces mala suerte para ti.

Un matiz importante de esta película, es que Bill Foster ha trabajado en el rubro de defensa. Es una parodia del yuppie, claro, pero también es una parodia del patrioterismo clásico de Estados Unidos. En este sentido, Bill Foster tiene un punto de parecido con John Rambo. En Rambo de 1.982, la primera película del personaje, veíamos que éste resentía haber sido llamado para luchar en Vietnam, y luego, al regresar a casa, nadie valora su sacrificio, lo que se salda con una senda de destrucción. Terminada la guerra en Vietnam, Rambo se ha quedado varado y sin nadie que lo escuche, igual a como Bill Foster se ha quedado en la nada después de terminada la Guerra Fría contra Moscú. Incluso los resultados son similares, aunque Rambo deja su senda de destrucción en un pueblo de la América Profunda, mientras que Foster lo hace en Los Angeles. Y al policía en Rambo le va harto peor que al policía de Un día de furia, también.

Ya sabía yo que las grandes compañías como la de teléfonos son buenitas que se desviven por hacernos felices, son los sueltos de gatillo quienes tienen la culpa por los problemas de servicios...
El mundo alrededor de los personajes es por supuesto el de un capitalismo desatado, casi a niveles distópicos. Uno en donde los coreanos llegan a montar tiendas en donde cobran precios abusivos por bebidas gaseosas, porque... libre mercado, y si no te gusta, no compres. Uno en donde existe una política bastante liberal respecto de las armas, con las consecuencias nefastas que vemos a través de la película: balaceras, explosiones, incluso algún muerto. Uno en que no hay repercusiones para un neonazi vendiendo material de guerra y hostilizando a los homosexuales, salvo que se meta con el tipo equivocado, claro. Uno en que las cadenas de comida ofrecen un producto en propaganda, y la sombra del mismo en su versión real. Uno en que los cirujanos plásticos, una de las especialidades más inútiles de la Medicina, viven en enormes casas. Un mundo en definitiva sin otra ética más que el "eres libre para hacer lo que quieras, y sólo serás un réprobo si es que fracasas porque el éxito justifica los medios". Lo que vienen siendo las raíces puritanas calvinistas de la cultura de Estados Unidos. La escena en que aparece un pobre fulano con un cartel diciendo "económicamente no viable", es una que rompe el corazón. Los que tenemos uno, por supuesto.

Una constante del cine del director Joel Schumacher es enfatizar el subtexto de los móviles sexuales apenas agazapados por debajo de los conflictos humanos. A veces lo hace bien y le salen filigranas como Generación perdida, Enlace mortal, o El Fantasma de la Opera; a veces se pasa de madre y le salen cosas como los pezones de Batman y Robin. En Un día de furia, este juego con el subtexto sexual le viene a la película de maravillas. Parte importante del conflicto de Bill Foster y su perseguidor Prendergast, tiene que ver con la manera de abordar su propia masculinidad. La tesis de la película pareciera girar sobre cómo existe una íntima vinculación entre capitalismo y masculinidad; la sociedad capitalista, pareciera decírsenos, es una jungla darwiniana desatada porque es el reflejo de pulsiones sexuales más profundas, en donde nuestras motivaciones finales funcionan en torno al buen y viejo impulso de reproducirse y perpetuar la especie.

Bill Foster aparece así como un comentario muy malicioso respecto del estereotipo masculino clásico del cine estadounidense. La mentalidad de Foster se nos presenta como la propia de un buen y recto padre de familia de la década de 1.950: él aspira a ser el proveedor del hogar, en casa se hace lo que él dice, y su trabajo no solamente sirve a su familia sino que también al país. Por supuesto, las cosas no son así en la era moderna. Foster es mutilado sistemáticamente en su economía cuando queda cesante, en su masculinidad cuando su esposa decide botarse a independiente y ponerle una orden de restricción, y en su patriotismo cuando de pronto su trabajo fabricando misiles ya no es necesario, y la institucionalidad de su Patria lo ignora por completo, e incluso, puede decirse, se vuelve en su contra.

"¡Allá yo estaba a cargo de millones de dólares en equipo, acá no puedo tener un empleo ni lavando coches!" (Bueno, esa cita era de Rambo de 1.982, pero más o menos calza, ¿no?).
Frente a él tenemos a Prendergast. Cuando vi por primera vez la película, toda la subtrama del policía me pareció superflua, aburrida e insufrible; en conversaciones con otras personas, me he encontrado con pareceres similares. Es viendo la película más de una vez, cuando caí en la cuenta de que este personaje es realmente imprescindible. Porque a través de él, vemos la otra cara del sistema. Prendergast es la representación de la institucionalidad. Esto es un clásico en el cine de Hollywood: la exaltación del individualismo y la desconfianza respecto del sistema. Pero nunca demasiado. Hollywood prefiere retratar al sistema como ineficiente, pero no como corrupto; si hay manzanas podridas, el sistema se encargará de ponerlas en su lugar. Una cosa es exaltar el individualismo para halagar la mentalidad criptocalvinista de las audiencias en Estados Unidos, y otra cosa muy distinta, promover el anarquismo. La anarquía, después de todo, es mala para los negocios, y el cine es ante todo un negocio, no debemos olvidar esto. Díganselo a los tipos que han explotado a los que compran máscaras de Guy Fawkes para rebelarse contra el sistema que le vende, entre otras cosas, máscaras de Guy Fawkes, y todo porque lo vieron en una película producida por gente del sistema.

De esta manera, toda la subtrama de Prendergast nos muestra el vientre de la bestia. Prendergast también es un modelo masculino discutible. Es un nene que sufre a manos de una señora abusiva. De manera merecida, porque la película insinuó que contrajo matrimonio con ella por motivos bastante superficiales; en una línea de diálogo, Prendergast deja caer que la señora alguna vez fue bella, pero ahora que ha envejecido, ya no le queda nada. Prendergast representa así una masculinidad reprimida y emasculada que acepta esto porque... bueno, el sistema es así, y si ya eres un perdedor, te va mejor asumiéndolo y no haciendo olitas. Irónicamente, su compañera pareciera tener interés romántico en él porque ve las cualidades positivas en Prendergast... pero resulta claro que no concretarán nada porque si ambos dieran el paso, a ella se le caería Prendergast del pedestal. Por supuesto, toda esta situación convierte a Prendergast en motivo de abuso verbal por parte de los machos alfas que son el resto de los policías.

La jornada de Prendergast a lo largo de la película implica ponerse los machos y transformarse en un hombre hecho y derecho, en un modelo de masculinidad. Pero al hacerlo, en cierta medida pierde las características que lo han hecho un personaje simpático en primer lugar. Igual que Foster, Prendergast era un descastado del sistema, y al igual que Foster, Prendergast termina rebelándose. Sin embargo, Prendergast tiene éxito allí en donde Foster fracasa, por una diferencia esencial: Foster se rebela y se pone a sí mismo fuera del sistema, mientras que Prendergast aprende a hacerlo respetando las dinámicas institucionales. Prendergast aprende que puede salirse con la suya poniéndose agresivo y hostil, mientras lo haga sin cuestionar a ese sistema que aprueba esa agresividad y hostilidad, en definitiva.

El secreto de mi éxito: Rebelarme, pero lo justito, y con un bigote conservador para dar nota de que no soy peligroso.
Al final, todo lo anterior significa que las peripecias de Foster y Prendergast no han cambiado realmente nada. A lo largo de la película vemos que el sistema entero se encuentra podrido, porque a través de la libertad y el espíritu permisivo los seres humanos no se cultivan ni convierten en seres de beautitud rousseauniana, sino por el contrario, en bestias darwinianas ávidas de explotar en su beneficio cualquier parcela de poder que puedan extraer, cargándose en el camino a cualquiera que les represente un estorbo en vez de, ya saben, tratar de entenderse con el semejante, construir acuerdos, aplicar la compasión, etcétera. Irónicamente, la única manera de conseguir salirse con la de uno es estar acorde con el sistema podrido, en podrirse uno mismo, en cierta medida, porque no hay otra elección sino la de transformarse en un abusador para no acabar del lado de los abusados, porque el abuso en sí es consubstancial al sistema, y rebelarse contra ello es, en definitiva, un ejercicio de futilidad.

Es una moraleja muy difícil de tragar, y por cierto, una que no vemos con demasiada frecuencia en el cine de Hollywood. Este nos vende una y otra vez la misma historia, la del antihéroe o el perdedor que usa su individualismo y libre albeldrío para salvar al sistema, ser aceptado por éste, y triunfar en la vida, porque al final, pese a sus deficiencias, el sistema es inherentemente bueno. Un día de furia en cambio plantea un sistema podrido hasta la médula porque el mismo ha sido construído por una sociedad entera de crápulas. Si esta película se hubiera ambientado "treinta años en el futuro", sería cine distópico de manual. Cuando Foster protesta que "le han mentido", la respuesta de Prendergast es casi orwelliana: "¿Estás enojado porque te mintieron? (...) ¡Hey, le mienten a todo el mundo, le mienten a los peces! Eso no te da ningún derecho a hacer lo que hiciste hoy día". Por supuesto, Prendergast tiene un punto: Foster no tenía derecho a sembrar el caos de la manera en que lo hace a lo largo de la película. Pero uno puede preguntarse hasta qué punto los demás alrededor de Foster tenían derechos, y uno acaba reparando en que los demás sí que los tienen en tanto lo hagan dentro del sistema. O de cómo al final el sistema santifica los medios: está bien ser un desgraciado mientras lo hagas de manera callada, soterrada, en baja intensidad. O dicho más en breve: no existen los santos. Y la respetabilidad no nace de observar una buena conducta, amar a tu prójimo, seguir la Regla de Oro, o adscribir a la tradición de la philosophia perennis, sino de ganar un concurso de popularidad en que el más popular es el más abusivo y bravucón, lo suficiente como para acallar al resto y obtener sus votos, quebrándolos psicológicamente hasta convencerlos de que están dando sus votos de manera libre, llegando al doblepensamiento de no ver el látigo con el cual se los coerciona a votar.

Todo lo anterior redunda en que esta película no es realmente de un héroe contra un villano, porque ningún personaje está realmente luchando a favor o en contra algo que podamos calificar como el bien o el mal. Foster no es realmente un héroe, aunque el personaje se nos haga simpático por el factor catarsis; al final es un tipo violento y destructivo al cual puedes aplaudir desde la comodidad de tu asiento viendo la película, pero que no te lo quieres cruzar en la vida real. Pero su oponente Prendergast tampoco lo es, en realidad, porque al final acaba defendiendo a un sistema que no merece ser defendido. En el fondo, la triste realidad es que acabamos de ver una película sobre dos descastados que luchan por integrarse y hacerse de un lugarcito en un sistema que los ha desplazado, un sistema estructurado para que siempre alguien pierda, porque dentro del corazón humano late la crueldad, la Schadenfreude, el regocijo de ver caer al semejante. Al final, la gran moraleja de Un día de furia viene siendo que el ser humano es una mala raza.

"Nosotros... no somos lo mismo. Yo soy un americano, tú eres un cabrón enfermo". Una perla de diálogo que en alguna parte tenía que meterla.

miércoles, 9 de mayo de 2018

En Chile - "Inquietante".


Animar un personaje de CGI es tarea fácil: basta con tener un programa de computador más o menos decente, y dedicarse horas y horas de trabajo para conseguir resultados. Animarlo de manera correcta, eso es lo realmente satánico. Un personaje de CGI animado de manera básica es sólo un monigote sin gracia. Puede animárselo de manera caricaturesca, lo que es el siguiente nivel de dificultad, pero aunque no tan difícil como una animación realista, sigue siendo apenas una caricatura. Que el personaje de CGI se mueva de manera adecuada, eso es lo difícil, porque, o se triunfa o se fracasa. No existen personajes de CGI que sean casi realistas o casi humanos. Los que son sólo “casi”, los que llegan hasta ese nivel sin ser completamente humanos, caen en el “valle inquietante”, el “uncanny valley” como se llama en el mundo anglosajón, personajes que se ven y se comportan como humanos, pero no por completo, abriendo así una diminuta puerta para la percepción de que hay algo en ellos que está fuera de lugar, una cierta sensación lovecraftiana de que son humanos falsos, impostores, máscaras ambulantes sin sentimientos y sin alma. Como buen especialista en efectos especiales por computadora, Diego estaba atento a este peligro, mientras laboraba horas y horas en su computador, desarrollando su trabajo en conjunto con su amigo y socio Fornidosson, uno en Noruelandia y el otro en Chile.

Diego levantó la mirada. Tenía los ojos cansados e irritados. Por alguna razón, el condenado monigote en que estaban trabajando, se negaba a quedar por completo al natural. Afuera estaba atardeciendo.

Y de pronto escuchó un ruido de algo deslizándose a través de la reja de su casa. Levantó la mirada. Había alguien al otro lado de la reja, yéndose con premura. Diego se paró y salió al jardín, a echar un vistazo. El personaje en cuestión ya se había ido, pero en el suelo estaba la razón de ser del ruido de deslizarse: una hoja de papel, probablemente un volante. Diego lo recogió.

Luego del encabezado, “Estimado vecino(a)”, se extendía una invitación a los miembros del barrio para ir a un bingo en la casa de la Junta de Vecinos, el día sábado, a beneficio de uno de los vecinos, que estaba enfermo de cáncer y necesitaba dinero para el tratamiento. Diego movió la cabeza negativamente. Chile es el país más liberal de Latinoamérica, y sus defensores presumen de su sistema privado de salud, basado en compañías de seguros llamadas ISAPRES, superiores en todo al sistema estatal llamado FONASA; es también el país en donde la gente enferma, para financiarse su salud, deben organizar rifas, bingos, completadas y otros eventos sociales, a los cuales se presentan todas las gentes que apenas saludan en la calle, pero que se aparecen a tales eventos de barrio para aparentar generosidad. Los impuestos en Noruelandia pueden ser un asco, reflexionó Diego, pero al menos los noruelandeses tienen la salud más o menos garantizada.

Pasaron los días, y llegó el Sábado. A pesar de no conocer a nadie, Diego había decidido ir. Aprovecharía de socializar un poco, conocer a los vecinos, trabar nuevas amistades… Llevaba un tiempo ya en Chile, pero no había podido conocer a mucha gente. Los chilenos son fríos y hostiles con los extraños. Además, estaba toda la publicidad que le habían hecho los medios de comunicación, tratándolo como un caníbal que defeca en la calle; todo eso iba quedando en el olvido, porque el chileno es de memoria corta y lo que desaparece de los medios de comunicación, también desaparece de su campo de percepción, pero aún así, había gente que se acordaba todavía. De manera que… fue.

En la puerta había una dama delgada, de rostro anguloso, y cuyo cabello teñido impedía determinar si era simplemente adulta, o ya estaba en camino hacia la tercera edad. Cuando se dirigió a Diego, su tono de voz era mesurado, con la formalidad propia de quien le importa un rábano quién está delante suyo.

– Son mil pesos, con derecho a un vaso de bebida y a un cartón – dijo la dama, con desapego.

Diego, que había saludado con amabilidad, suspiró, extrayendo un billete y pagando. La dama le pasó un cartón. El agradeció, pero la dama, distraída por otra señora que le dirigió la palabra, no respondió.

El salón no era realmente espacioso, pero tenía un tamaño adecuado para recibir a una reunión de vecinos de cierta importancia. Miró en todas direcciones, buscando en donde instalarse. Todo el mundo había venido en grupos, y Diego no tenía ninguno. Empezó a preguntarse si había sido una buena idea.

Se acercó a una mesa en donde había un grupo de gente en la cincuentena. Saludó con cortesía, y empezó a explicar su situación, antes de preguntar si podía sentarse con ellos, pero una niña de unos cuatro o cinco años tiró levemente de la manga de quien probablemente era su madre, una señora gorda y de lentes, y le dijo con voz suave e incluso más infantil que sus años, propia de chica malcriada:

– Mira, mamá, es el caníbal que hace en la calle…

Todos en la mesa miraron a Diego de manera significativa. Los personajes empezaron a conversar entre sí, debatiendo respecto de si Diego se parecía o no al caníbal que habían presentado en la televisión hace un tiempo atrás, intercambiando pareceres y juicios en voz alta como si Diego delante suyo fuera en realidad una pintura inanimada, incapaz de escucharles.

Diego suspiró, y sacando su boleto de entrada, dijo:

– Voy a cambiar mi bebida… con permiso…

Acercándose a la mesa en donde servían bebidas, vio a la gente preparando italianos: pan de mesa, salchicha, tomate, palta y mayonesa. Echó un vistazo hacia un costado, a través de la puerta que daba hacia la cocina. Parecía verse limpia. En sus primeros días en Chile, el delicado sistema digestivo noruelandés de Diego le había jugado varias malas pasadas con la comida preparada con los estándares sanitarios chilenos. Pero ya se estaba acostumbrando. Podía darle una oportunidad al completo, al menos porque la palta que se compraba en Noruelandia era carísima, y por tanto, casi un plato de lujo.

Mientras le daba su primer mordisco al completo que acababa de pedir y recibir, Diego miró alrededor. La gente, o no le prestaba atención, o si lo hacía, era con una cierta mirada de temor. Acabó por fastidiarse un poco, y se dirigió a una mesa bastante grande, en donde se había sentado una familia; quedaban tres o cuatro sillas libres, de manera que Diego podía poner distancia entre la familia y él mismo, algo bastante apreciable cuando Diego se sentó y la familia dejó bruscamente de hablar entre sí y reirse, para mirar a Diego con cara de asco, como si un leproso se les hubiera acercado. Diego ignoró esto, y siguió mordiendo su completo, al tiempo que lo regaba con su vaso de bebida.

En una mesa vecina, descubrió Diego, había una señorita que se vestía de manera quizás no demasiado vistosa, pero que tenía un cierto atractivo. Intentó sonreirle y movió el vaso en el aire de manera amistosa, con gestos de estar pasándolo bien para crear una atmósfera distendida y generar una oportunidad de acercamiento. Apenas hizo esto, la chica, que sin verlo de manera directa tenía la mirada en su dirección, enderezó la cabeza y movió el pelo con evidente desdén, y adelantó el cuerpo hacia otra persona para conversar con ella, dando a entender que no daba recibo. Diego suspiró.

Como persona que trabaja en cuestiones gráficas, Diego estaba acostumbrado a la observación y al detalle. Era quizás la primera vez en que tenía oportunidad de observar a los nativos en su medio ambiente natural, en un clima de relativa distensión, y eso podía ser una buena experiencia.

Diego tenía en la mente el cliché del latino amable y acogedor. De hecho, alguna vez había paseado por países ribereños al Caribe, y se había encontrado con una Latinoamérica llena de encanto y amabilidad. Era un buen contraste con los noruelandeses, que como buenos escandinavos, eran gentes en general más frías y apáticas de modales, aunque en su comportamiento resultaba claro que eran gentes serenas y afectuosas, aunque introvertidas.

En cambio, observó Diego, los chilenos eran algo diferente. Actuaban y se movían de manera robótica, predeterminada, predecible. Eran corteses, pero una cortesía fría que estaba puesta ahí para reemplazar a la verdadera empatía. Aquí y allá en el salón habían gentes que de repente, en un desplante, se reían a mandíbula batiente, pero eran las excepciones; y todas esas excepciones eran varones. El grueso que sonreía, por la manera dejada y cansada en que lo hacían, dejaban claro que lo hacían por el compromiso social, razón por la cual sus sonrisas eran en realidad muecas forzadas.

Diego había estado peleando toda la semana contra el valle inquietante en sus personajes de ficción, para que parecieran verdaderos seres humanos y no copias robóticas de uno, y ahora estaba rodeado de una convención entera de valles inquietantes ambulantes, de chilenos, de gente que fingía afectos humanos, y que generaba un contraste irresoluble entre los gestos gruesos por un lado, y las pequeñísimas, casi invisibles, expresiones de frialdad y desprecio que se movían por debajo, contraste que se resolvía en una tensión de músculos faciales y corporales que sólo aflojaba muy rara vez.

En cuanto a estudio, venir al bingo había sido una buena idea; en términos sociales, definitivamente no.

Siempre podía pararse e irse, pero decidió quedarse hasta el final. Al menos, podría observar.

– Damas, caballeros, si me prestan su atención un minutito, por favor… – dijo una señora que se había plantado con un micrófono cerca de la mesa en donde se entregaban completos y vasos de bebida. – Vamos a comenzar el bingo aquí… Todos tienen su cartón, ¿verdad? Bueno, si quieren pueden comprar otro cartón distinto, y así aumentar las posibilidades de premio… Nuestro primer premio es una canasta familiar, con alimentos no perecibles que donaron nuestros vecinos…

La señora que estaba hablando en el micrófono tenía esa media sonrisa que ponen los chilenos cuando se ven en la obligación social de sonreir, y no quieren realmente hacerlo.

Comenzaron a cantar los números. Diego descubrió que habían dejado un pequeño saquito con porotos crudos en cada mesa, pero él mismo estaba en un rincón de ésta, de manera que por fuerza tuvo que acercarse a la familia. Ellos lo miraron ahora con abierta hostilidad.

– Perdón, es que… para marcar el cartón con los porotos, perdón… – dijo Diego.

La hostilidad de la familia no disminuyó en lo absoluto. Diego todavía ignoraba que a un chileno jamás se le dice “perdón”, por la misma razón que no se diluye una gota de sangre delante de un tiburón.

La dama con el micrófono seguía cantando números, con la frialdad apática de un profesor jefe a meses de jubilarse, que estuviera leyendo un informe en una reunión de apoderados.

– ¡Bingo…! – gritó una voz cantarina atrás. Era una señora gorda y vieja, rodeada de la que parecía ser su familia. Dicho grupo familiar la congratuló, aunque había algo de falso en las felicitaciones. Una señora más joven, probablemente la hija o sobrina de la ganadora, extendió la mano hacia la canasta de manera imperiosa, recibiéndola con la prepotencia propia de quien se siente con derecho a ganar y poseer todo lo que es ajeno como si fuera propio. Miró el interior de la canasta, vio algunos productos, y levantando un tarro de conservas, respingó la nariz con desprecio.

– El siguiente premio es un set de belleza, con cremas y sales de baño… – dijo la dama del micrófono.

– Quien tiene tiempo para sales de baño con cuatro hijos – masculló una señora por lo bajo, con tono de amargura, pero de manera bastante audible, cerca de Diego.

El ganador del set de belleza fue un caballero que parecía de origen humilde. La dama del micrófono hizo un comentario de broma, que realmente no era gracioso, acerca de que tenía algo para regalar a una dama. El caballero tomó el set de belleza y se lo llevó a quien claramente era su mujer, pasándoselo a manera de regalo, con un beso en la mejilla que ella recibió con condescendencia, mientras el rostro de él se iluminaba por la única sonrisa más o menos auténtica que Diego había visto en la tarde.

– La próxima será de la suerte – soltó Diego a la familia con la que compartía mesa, sonriendo a la manera noruelandesa, con la suerte de afecto contenido propia de los escandinavos. La familia, que seguían conversando entre ellos, lo miró como si el noruelandés fuera un lunático sin medicación.

Por toda respuesta, Diego soltó un comentario sardónico, aunque no insultante, en noruelandés, bien a sabiendas de que no lo iban a entender.

– Oiga, si va a estar en nuestra mesa… sin garabatos, ¿eh? Mire que hay cabros chicos aquí – dijo el que a todas luces era el padre de familia, con tono amenazante.

Diego iba a responder algo, pero la señora, zamarreando levemente al que parecía ser su marido, le avisó que la señora estaba cantando números de nuevo. Diego masculló una palabra ahora sí muy injuriosa, pero siempre en noruelandés, para no ser entendido.

Durante el resto de la tarde desfilaron algunos premios más, ganados con más o menos entusiasmo.

Pasó una chica, claramente una adolescente, vendiendo unos boletos para un sorteo rápido. Costaban doscientos pesos cada uno, de manera que Diego compró cinco. El sorteo consistía en meter la mano a una bolsa en donde estaban las contrapartidas de los boletos cortados. Diego fue lo suficientemente avizor como para notar que la adolescente había metido la mano casi empuñada. El número que salió, era uno que poseía una señora que, rato atrás, parecía muy cercana a la adolescente de marras. Diego suspiró. ¿Era Chile un país tan corrupto que hasta en los bingos de barrio hacían trampas…?

Al día siguiente, que era Domingo por supuesto, Diego y Fornidosson volvieron a trabajar, conectados entre Chile y Noruelandia a través de Internet. Esta vez, el trabajo salió rapidísimo. Fornidosson le hizo a Diego un comentario acerca de lo bien que había resuelto los movimientos y expresiones del personaje que estaban animando.

– Estuve en el asunto del uncanny valley, ayer en la tarde – contestó Diego, por toda respuesta. Fornidosson no preguntó qué significaba eso, y Diego no quiso amargarse la vida explicándoselo.

Próximo episodio: "Embajada".

domingo, 6 de mayo de 2018

Indio o hindú y otros gentilicios dudosos.


Por acá en la Guillermocracia son días de calma chicha. Consecuencia lógica de que existe algo allá afuera que se llama la vida, el nombre corto que recibe ese restaurante en donde el pez grande se come al pez chico. Es por eso que, una vez más, publicaremos un posteo que sirva de relleno por mientras tanto, que sea más ligero y con menos preparación que otros. En esta ocasión echaremos una mirada sobre esos gentilicios complicados del idioma castellano. Porque todos nos hemos preguntado alguna vez: ¿es indio o hindú? ¿o es brasileño o brasilero? Y en un momento cumbre de flojera un inspirado rapto de profundidad académica, recurriremos nada menos que a lo establecido por el Diccionario Panhispánico de Dudas, porque ahora se nos antoja seguirlo y otro día puede que no el grupo de académicos que se ha preocupado de compilarlo, sabe un poquito más sobre el idioma que nosotros, que hablamos guillermocratés castellano. De manera que, acá en la Guillermocracia, sin más preámbulos, vamos a tratar un poquito el tema de esos gentilicios complicados o rebeldes. De nada.

La gente de la India.

¿El gentilicio de la India? Ese es fácil. Hindú, ¿verdad? No, no es verdad. El gentilicio de la India es indio. Sí, igual que los indios de América. O mejor dicho, es al revés: los indios de América se llaman igual que los indios de la India. La cuestión es que el país se llama India, sus habitantes son los indios, y cuando los españoles llegaron al Nuevo Mundo, como pensaban que en realidad habían llegado a la India y no a un nuevo continente, los llamaron justamente por el nombre que pensaban: indios. Y si se sienten un poco esnobs y quieren recurrir a un cultismo y un arcaísmo, pueden usar indo. Un hindú puede ser un indio, por supuesto, pero no todos los indios son hindúes, ni todos los hindúes son indios. El hindú es quien profesa la religión del Hinduísmo, que se llama así porque a su vez surgió en la India, claro está. Cerca del ochenta por ciento de los indios son hindúes, cuatro de cada cinco, vale, pero también existen importantes minorías de musulmanes, cristianos, sijes, budistas y jainas. Aunque sospecho que con el tiempo, el mal uso acabará por transformarse en uso a secas, y sea la propia palabra indio, aplicada a los habitantes de la India, la que acabe siendo un arcaísmo... Si no lo es ya en la actualidad.

Ingleses en su isla.

Confiésome culpable. Yo también uso mal la palabra inglés. Técnicamente, el inglés es el habitante de Inglaterra, y sólo de Inglaterra. Hasta ahí, claro como el agua, ¿por qué pierdo tiempo en la Guillermocracia con estas perogrulladas? Todos sabemos que la gente de Londres, la de Edimburgo, la de Cardiff o la de Belfast son ingleses, ¿no? No, no lo son. De la lista anterior, sólo los londinenses califican. Edimburgo queda en Escocia y por lo tanto son escoceses, Cardiff queda en Gales y por lo tanto son galeses, y Belfast queda en Irlanda del Norte, y por lo tanto son norirlandeses. El nombre completo del país es Reino Unido, porque surgió de la unión entre cuatro reinos bajo una misma cabeza coronada, la reina Isabel II de Inglaterra al momento de dejar esto listo para publicación porque la señora ya va para los 92, y quién sabe... El caso es que esos cuatro reinos son Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda del Norte. El gentilicio propio del Reino Unido no es inglés sino británico. O sea, un escocés es un británico pero no es un inglés. Y ya lo decía al comienzo de este artículo: yo llamo inglés a todo Cristo en el Reino Unido, así es que incurro en pecado mortal, que la Real Academia perdone mis pecados, amén. Aunque, pensándolo bien, y sólo por ánimo de trolear... ¿por qué no empezamos a llamarlos reinounidenses, a ver cómo reaccionan?

Los holandeses no son los holandeses.

Nosotros los llamamos holandeses, y Holanda a su país. De manera absolutamente incorrecta, desde un punto de vista histórico. El nombre del país en su propio idioma es Nederlands. Y el gentilicio, así como el nombre del idioma, es neerlandés. A su vez, idiomas germánicos ambos, neder en neerlandés equivale al inglés nether, que significa inferior. O sea, Nederlands traducido acaba siendo... Países Bajos. Apuesto a que no lo veían venir. ¿Y Holanda entonces...? Holanda es simplemente uno de los varios Países Bajos. Llamar Holanda a los Países Bajos es como llamar Castilla a España, o... iba a decir Santiago en vez de Chile, pero en realidad, Santiago es Chile. Por supuesto, el uso cotidiano ha hecho que hasta los propios holand... neerl... ellos, se hayan rendido, y el sitio oficial del Gobierno para el turismo es www.holland.com. Por cierto, nota erudita aquí. Otro de los Países Bajos, ustedes lo conocen por otro país que se hizo famoso adoptando el nombre anteponiéndole un "Nueva". En efecto, Zelanda es otro de los Países Bajos, igual que Holanda, pero sólo los frikis de la Geografía saben que de ahí salió el nombre de Nueva Zelanda. Bueno, sabemos, lo anterior debería haberlo escrito en primera persona plural.

¿Estados Unidos o América?

Si teclean "America" en el buscador de Wikipedia en inglés, no les sale el continente; para eso, deben buscar "Americas" en plural. En vez de eso, "America" en la Wikipedia en inglés redirige a "United States". Una muestra del ego descomunal que se gastan los estadounidenses, hinchándose ellos mismos hasta ocupar toda América. Y que los canadienses por un lado, y los espaldas mojadas desde el Río Grande hasta la Tierra del Fuego por el otro, que se asfixien en los costados. En castellano, el nombre correcto es Estados Unidos, y el gentilicio es estadounidense. América es el nombre del continente. Por cierto: el nombre del país de marras significa simplemente que son un montón de Estados reunidos en un piño único. O sea, Estados Unidos de América significa simplemente que son un grupo de Estados que se unieron en América. Si quieren hacer chistes respecto de la relativa poca creatividad cultural de Estados Unidos, pueden ir partiendo por el nombre del país. La Guillermocracia viene a significar "el gobierno de Guillermo", pero al menos lo condimento con la raíz griega que significa Gobierno, para que no suene tan pobre.

¿Brasileño o brasilero?

He aquí uno interesante, ya que casi todo el mundo ha caído en la trampa alguna vez en la vida. Etimológicamente, el sufijo de pertenencia en castellano se forma a partir de la raíz latina -ēnus... como en castellano justamente, que significa "de Castilla". De ahí vienen los sufijos -ano (mexicano, por ejemplo), -eno (chileno, por ejemplo) y -eño (brasileño, por ejemplo, ya que estamos). La otra raíz, brasilero, estrictamente no es una palabra castiza castellana, ya que es una derivación del portugués brasileiro. Con el sufijo portugués -eiro que también deriva de otra raíz latina de pertenencia. Y por favor. Por el amor a los siete cielos mahometanos. "Carioca"... no. Simplemente no. Brasileño. Gracias.

El pueblo de Finlandia.

Esta es una de hacerse bolas. Ustedes han visto dos gentilicios respecto de Finlandia: finlandés, y finés. Y aquí viene lo bueno: uno deriva del otro. El gentilicio más primitivo es finés, que designa a los pueblos más antiguos que ocuparon dicha región. Dicho pueblo ocupó un territorio que por ellos pasó a llamarse Finlandia, que por lo tanto significa... Tierra de los fineses. Hablando en plata, técnicamente "finlandés" significa "habitante de la Tierra de los Fineses", o sea... finés. Como sea, hoy en día tiende a preferirse "finés" para el pueblo antiguo, o bien para el idioma, y "finlandés" para los habitantes modernos del territorio. Y eso me da una idea muy maligna. Llamemos "Españolandia" a España, y hagamos que mañana, quinientos a mil años en un futuro, el idioma y el pueblo antiguo sean "español", pero el gentilicio correcto sea "españolandés", que técnicamente significa "habitante de la tierra de los españoles"... Ustedes, amables lectores, pueden ir haciendo apuestas: ¿quién de los eruditos de la RAE que llegue a leer esto, va a perder primero el pelo y sufrir un ataque cerebrovascular masivo ante tanta creatividad en materia de terrorismo lingüístico...?

¿Japonés o nipón?

Uno que tiene truco. La palabra más popular para referirse a los habitantes de Japón es japonés, aunque con gravure idol en cercana competencia. Pero de tarde en tarde, salta algún nipón por ahí. ¿Es correcta esta última palabra? ¿Lo es, pero es un arcaísmo que ya nadie usa...? La verdad es que, técnicamente, el gentilicio nipón, así como el posible topónimo Nipón si existiera, son más correctos que japonés o Japón. Irónicamente, el nombre viene de China, aunque traducido desde el japonés, eso sí. El gentilicio chino es Nippon, que significa "origen del Sol", o sea, el conocido sobrenombre de País del Sol Naciente. Pero al chino mandarín, fue traducido como Jih Pen Kuo, desde donde Marco Polo sacó el topónimo medieval Cipango. Pero a su vez, Jih Pen Kuo pasó al malayo como Japang, y de ahí a nuestro moderno Japón. De manera que tanto japonés como nipón son correctos desde un punto de vista etimológico, pero nipón es una variante menos corrupta por el salto entre idioma e idioma, que japonés. Aunque ya sabemos cómo funcionan los idiomas: el uso ha consagrado más japonés que nipón, y esta última en la actualidad, en la práctica es un culteranismo más que otra cosa.

Y listo, mis pequeños saltamontes. Ya tienen material para impresionar al resto de los concurrentes a una reunión social cualquiera. Pueden disertar con tono sabihondo de voz, diciendo: "¿Sabían ustedes que es más correcto decir neerlandés que holandés, y nipón que japonés...?". Demolición a golpes por preciosos ridículos, ciento por ciento de garantía de eso.

Related Posts with Thumbnails